*** El mendigo y la princesa Divila

Por Victoriano Sánchez
Enviado el 04/03/2016, clasificado en Cuentos
313 visitas

Marcar como favorito

Era una vez un joven mendigo que vivía en una humilde choza de barro y paja en el extrarradio del burgo de Flix, protegido por una nutrida guarnición del Rey, en el castillo de Constanza.

Un domingo, día de mercado que se celebraba en la plaza mayor del pueblo se encontraba el joven mendigo. Hacia varios días que no había llenado el estomago, y buscaba algo para saciar el hambre. En ocasiones, los mercaderes al montar los tenderetes con sus víveres, se les caía por azahar alguna manzana o producto de la huerta, y aprovechaba el descuido para mitigar sus necesidades para sobrevivir. Estaba claro que, el afán de supervivencia le había enseñado a agudizar su ingenio.

Mientras se encontraba en estos menesteres, escucho las trompetas que anunciaban la llegada del séquito real, y vio entrar por la entrada principal de la plaza porticada, por un arco de medio punto a la escolta real que portaba a la hija del Rey. Al observar la belleza de la princesa Divila se quedo maravillado. Lo que le cautivo no fueron los ropajes, ni las alhajas propias de su rango, sino la refulgencia que emanaba de su presencia y su extraordinaria belleza.

Tras el inesperado encuentro, el mendigo transcurría todo el tiempo meditando sobre el sentimiento que se había apoderado de su ser, y pasaba los días atormentado por lo imposible de su lance.

Hasta que, pensando en voz alta dijo;
- Debo conseguir un presente para poder demostrarle a la princesa lo que siento por ella.

Pero además, tras largas horas de reflexión, pensó que para agasajar como se merecía, no podía elegir algo material para regalarle, ya que no disponía de monedas, ni tampoco se encontraría a la altura de sus expectativas, y se convención que debería ser algo no terrenal.

Y pasaban los días y las noches sin que el humilde joven encontrará descanso.

Una noche que se encontraba recostado en el río, acongojado por el amor que le embargaba, observo un reflejo en las tranquilas aguas, y alzó la vista hacia la cúpula celeste, observando la trayectoria de una estrella fugaz, y observó el resplandor de una de las constelaciones que más brillaban del firmamento.

Tras esta revelación, se convenció que tenia que regalarle una estrella. Tal vez, de ésta manera conseguiría sorprenderla y podría conseguir su inalcanzable propósito. Aunque, por un instante dudó, al creer que no podría ser cualquier estrella.

Pasó muchas noches contemplando el firmamento, obsesionado casi con el propósito, procurando localizar un astro singular, hasta que vio una que le llamo la atención por la luz que desprendía, en el hemisferio norte y junto a la Osa Mayor, en una constelación con numerosas de estrellas.

Ahora, hecha la elección y para ofrecérsela a la Princesa Divila, debería averiguar su nombre.

Al día siguiente, penso en quién podría ayudarle y decido consultar al Sabio de la corte. Entusiasmado con la ocurrencia, esa misma noche se persono en la residencia del Sabio.

Y cuando hablaba con él, explicándole el asunto, señalaba con el dedo índice al cielo. Entonces prometió ayudarlo.

De inmediato, se dirigieron a la biblioteca, una sala recubierta con estanterías de madera que se encontraba repletas de viejo tomos. Tras una búsqueda minuciosa, encontró entre todos los libros un vetusto “Tratado de Astronomía” recubierto por una ligera capa de polvo. Cogió el viejo tomo, y colocó el incunable en un atril de madera de roble. Lo abrió por su índice y pasando el dedo por el sumario, llegó al apartado que trataba de las estrellas.

Tras unos minutos de lectura apasionada, de repente el Sabio alzó la mirada y dijo;

- ¡Eureka! Ya la he encontrado.

Era una de las estrellas más brillantes de la Constelación de Orión, conocida popularmente como “Las Tres Marías”. Se trataba de una de las estrellas más luminosa de la vía láctea y su nombre era “Bellatrix”

Y el Sabio añadió;

- !Mi querido amigo¡ Has hecho una excelente elección.

Tras el fenomenal descubrimiento, se despidió afectuosamente con el Sabio, y especialmente agradecido por la ayuda recibida. Marchó a casa eufórico, porque estaba convencido que iba a lograr su objetivo.

Esa noche durmió plácidamente porque su anhelo iba a ser realizado.


Compartir el relato

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

Ellas buscan... MiPlacer.es
TvReceas - Videos de recetas de cocina Haz tu donativo a cortorelatos.com