Introducción: Charlotte

Por Sylvia
Enviado el 21/03/2016, clasificado en Drama
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Las hojas de los árboles caían lentamente encima del lago. Jonathan hacia días que debido a la enfermedad de su mujer no podía trabajar con la misma intensidad de antaño, a consecuencia de sus necesidades especiales. Enfermiza y débil, no podía levantarse de la cama. Con una larga melena negra, siempre la llevaba recogida en una trenza, de estatura baja y de facciones bonitas y dulces, por su alba tez se asemejaba a una muñeca de porcelana.  Sin embargo, Jonathan a penas la veía sonreír.

Era muy joven, de unos dieciocho años y desde que se conocieran que se habían enamorado pasionalmente a pesar de negativas familiares, pues los Constanti, la familia de Jonathan, no aceptarían nunca abrazar como a una hija una mujer sin ninguna clase de renombre.

Los Constati siempre había sido una familia adinerada y afamada que, sin embargo, por un revés bursátil del capital invertido había acabado en otras manos, reduciendo su patrimonio en pocas hectáreas de campos lejos de la capital, que a la muerte de sus padres, heredó Jonathan y a partes iguales con sus tres hermanos, Valentino Constanti, Jonh Constanti y Vincent Constanti. Pero todos ellos vendieron los terrenos para mudarse, junto a sus familias, a la ciudad, como gran parte de la sociedad rural, pues muchos rumores corrían sobre las ventajas y altas retribuciones que se recibían en las grandes urbes infestadas por humo y vapor. Mayores posibilidades de trabajo unido a un salario asegurado eran lo que empujaba a miles de estos hombres a trasladar toda su vida, arrastrando a sus respectivas familias, a las nocivas calles Lyon. Fueran los motivos que motivasen a los tres hermanos, lo cierto fue que dejó a su hermano menor, a su cuñada embarazada y a su sobrino en el pueblo y ellos marcharon en busca de riquezas y aventuras.

Jonathan Constanti y su esposa, la enfermiza Lida, tuvieron dos hijos, de nombres Eaton y Pierre, que ya en su nacimiento se veía que sería revoltoso y conscienzudo: sus sollozos no eran acallados ni por las nanas de su hermano ni por más leche leche materna en el regazo de su madre. La familia vivía en un cobertizo construido por sus antepasados, dueños de los campos que los rodeaban, sus vecinos se limitaban a las cuatro casas que como ellos malvivían y sobrevivían al mal temporal como podían. «Cada familia es un mundo», solía decirle Lida a su pequeño Eaton, aún embarazada.

 

(Continuará)


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