Despertar...

Por Luna White
Enviado el 02/04/2016, clasificado en Amor / Románticos
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No quería abrir los ojos, la realidad le esperaba y sentía no tener fuerzas para enfrentarse a ella; llevaba mucho tiempo evitándola y creía poder continuar así hasta..., hasta que sucedió.

Se levantó, corrió las cortinas y un haz de luz la deslumbró. « Necesito un café, o quizá uno tras otro». Se encaminó despacio hacia la cocina, parecía no poder dar un paso tras otro; sentía sus piernas pesadas cuando recordó o más bien fueron las imágenes que aparecieron sin pretenderlo en su cabeza, lo que le hicieron verse tumbada en la cama, entre las sábanas, entre sus brazos. No dejaban de acariciarse, sus sexos se llamaban a gritos en un silencio que llevaba demasiado tiempo ahogado, escondido bajo llave en lo más profundo de sus anhelos. No pudo evitar estremecerse cuando volvió a sentir de nuevo esa corriente entre sus piernas, tanto, que estuvo a punto de caer al suelo. Sintió cómo la humedad invadía su ropa interior, su corazón comenzaba a palpitar más rápido y su cara, la de él, tan perfecta, tan inmejorable, tan de otro mundo..., no parecía querer abandonarla. Tenía mucho en qué pensar, desde que hacía años, quizá desde la adolescencia sino antes, nadie había entendido su necesidad de darle tanta importancia al sexo, a esa intimidad que se compartía más allá de los cuerpos. Para ella era mucho más, esas sensaciones que se compartían, esas miradas en las que se podía perder y encontrarse sin brújula que marcara el rumbo..., hasta el día que llegó él y solo quiso vivirlo todo a su lado. Pasaron los años, llegaron los hijos, las enfermedades, las alegrías, llegó... la vida. Todo parecía encajar, encontrar su sitio. El sexo había supuesto la primera conexión; cada noche eran uno. Descubrían cada recoveco, aún podía recordar la noche en la que sus morenas areolas fueron arrulladas, desnudadas, examinadas hasta cotas inimaginables mientras sus pezones no fueron capaces de ablandarse. No pudo evitar que el recuerdo dibujara una sonrisa melancólica en su rostro.

El silbido de la cafetera la devolvió a su cocina, a su realidad, aún con la humedad presente entre sus piernas. Se sentó despacio tras colocar unas galletas en un precioso plato, tan bonito casi como ella. Adjetivo que tantas veces había escuchado y nunca hasta ese día había creído. Llegó por casualidad —como todo lo que realmente merece la pena en esta vida— y ni siquiera se percató hasta aquella mañana. Estaban sentados en una terraza del centro, el sol de la primavera ya comenzaba a sentirse en cada rincón de la ciudad y de su cuerpo. Una fina camiseta con unos pantalones vaqueros ceñidos, marcaban sus curvas. Esas que tampoco llegaba a creer que fueran diferentes a las del resto. Sin saber cómo, comenzó a evadirse de la conversación, sus ojos parecían ver a cámara lenta como esos perfectos labios se deslizaban sobre su lengua frente a ella; cómo sus impecables dedos se movían pareciendo llamarla; cómo esa mirada era capaz de haberle hecho perderse sin necesidad de brújula pero con un rumbo frente a ella que se asemejaba a la perfección que tenía frente a ella.

« ¿Qué está pasando? Estoy casada, tengo hijos, una vida..., soy feliz, ¿verdad? Nunca me he planteado lo contrario».

Cuando llegó a casa y cerró la puerta tras ella, se sentó en el suelo y dejó el bolso entre sus piernas. No paraba de pensar en lo que había ocurrido, en todas esas sensaciones que siempre iban ligadas al sexo, a compartir cuerpo y alma..., « ¿cómo ha podido pasar si ni siquiera nos hemos tocado, ni besado...?». Se mantuvo horas allí, perdida, confundida, desorientada. Cuando su marido llegó la encontró frente a la televisión, ella se giró, le miró a los ojos e intentó buscar aquello que encontró tantos años atrás. Y ahora, tras despertar, sentada en un taburete en su cocina, volvía a sentir lo mismo que aquel día sentada en el suelo. « ¡¿Cómo ha sido todo tan intenso?! ¡¿Cómo puedo encontrar el camino?!». Su móvil vibró sobre la mesa, era un mensaje, lo abrió y una canción —su canción— sonó, rompiendo las puertas a todas esas lágrimas que llevaba meses conteniendo.

Y así, sin más, decidió que la vida seguiría su curso decidiera lo que decidiera... ¿Por qué no simplemente vivirla con intensidad?


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