Uno, dos, tres

Por V.M. San Miguel
Enviado el 09/04/2016, clasificado en Drama
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-Ven-pide ella.

    Pero él permanece ahí, de pie, en la ventana.

    -Yo…

    -Lo sientes-termina él-. Dime algo que no me hayas dicho antes.

    Se hace el silencio en la habitación; ella es incapaz de responder. Una sonrisa aparece en los labios del chico, pero ella no puede verla: él está dándole la espalda. El sol está justo frente a él así que no, definitivamente no puede ver aquel hosco gesto de su rostro.

    -¿Por qué?-pregunta él, más para sí mismo que para ella. A su espalda, entre lágrimas fingidas, ella responde:

    -Fue un simple error. Te lo juro, no volverá a suceder.

    La sonrisa triste del hombre se hace aún más amplia.

    -No, no volverá a suceder-asegura él-porque quiero que te vayas ahora mismo de mi casa.

    Apenas escucha el atenuado gemido de sorpresa que escapa de los labios de ella cuando él termina la frase.

    -No-dice ella.

    -Sí-dice él, y se da la vuelta. Aún sonríe tristemente, pero, a contra luz, ella no puede ver lo aciago de su mirada, ni lo negro y malévolo de aquella fiera sonrisa rabiosa-. Te irás. Ahora mismo.

    Ella se pone de pie, olvidándose por primera vez de su desnudez (una, faltan dos) y se acerca a él con las lágrimas aun resbalando en sus mejillas. Le toca el hombro e intenta hacer que la mire, pero él mantiene invariable su expresión rabiosa y su mirada fija al frente.

    -Mírame-pide ella, sus ojos están abiertos como platos por el horror y tiene una expresión crispada en el rostro-mírame-pide ella una vez más, y él accede-. ¿Lo dices enserio? ¿Realmente-hace una dolorosa pausa para tragar saliva-, realmente, me echarías a la calle?

    -Sí-. Ni siquiera titubea mientras lo dice, como si, en el fondo, no le importara en absoluto.

    Ella se derrumba contra su pecho entre sollozos.

    -Por favor no lo hagas-susurra, pero él la aparta de sí y la empuja hacia la cama, como si le diera asco tenerla cerca. Quizá así sea.

    -¿Sabes?-pregunta él, sacando algo del bolsillo de su chaqueta-tenía pensado…

    Entonces el sol cae directamente sobre el arma que él tiene en la mano y esta comienza a emitir deslumbrantes destellos.

    -Una pistola-dice ella retrocediendo todo lo que puede antes de toparse con la cama.

    -… matarte-termina él ignorándola.

    Su mirada es totalmente fría, no hay nada en ella que recuerde al hombre que fue. Así mejor, así mejor para él.

    -Dime-su voz está quebrada por el espanto-¿vas a hacerlo? ¿Vas a matarme?

    La sonrisa reaparece en los labios del hombre y esta vez ella puede verla perfectamente. Olvidándose por segunda vez de su desnudez (dos, solo falta una), se lleva la mano al cinto donde regularmente porta el arma; no está ahí, por supuesto.

    -Que poco me conoces-afirma él-si crees que voy a hacerlo-y deja el arma de lado.

    El alivio de la mujer es tan notorio que él no puede evitar sonreír. Es entonces cuando ella se da cuenta de lo que eso significa.

    -No puedes-afirma ella, pero eso no es cierto y ambos lo saben.

    -Sí, sí puedo. Quiero que te vayas ahora mismo de mi casa.

    Ella no puede con ello, y se derrumba en el suelo entre genuinos lloriqueos. Quizá las primeras lágrimas verdaderas de toda su vida. Él le permite que se quedé así un rato, llorando, pues, a pesar de aquello también le duele a él, siente que aquello es lo más justo para ambos: que ella sufra.

    Se vuelve hacia la ventana para no ver aquella escena, pero tampoco ve a través. ¿Quién querría mirar el mundo que hay más allá, totalmente podrido? Más bien imagina como todo era antes, o cómo cree él que todo era antes. Imagina cosas que no ha visto jamás. Imagina enormes y frondosos jardines cultivados a conciencia, imagina calles pulcras y noches en las que en el cielo se pueden ver las estrellas. Imagina, imagina, un mundo donde no existe la maldad, donde no hay ni bien ni mal, tampoco hay día ni noche, no hay alfa y beta. No, no hay. No hay porque todo es uno, todo es uno solo. Nadie está dividido por la condición social, ni por lo que antes fue…

    -Mátame-pide ella detrás de él, interrumpiendo sus pensamientos-. Prefiero que me mates. Ambos sabemos que me estás mandando a un destino peor que la muerte.

    Y eso es cierto. Él también lo sabe. Sonríe. Ya no le queda nada de bondad, toda le ha abandonado.

    -No. Vas a irte. Ahora mismo.

    Ella está a punto de decir: no lo harías, pero el cañón del arma que le apunta no vacila lo más mínimo, ni siquiera una ligera oscilación. Sabe, antes de que él le responda que sí, que sí lo hará. En contra de su voluntad se pone de pie y se dirige en dirección a la puerta de la habitación.

    -Me las pagarás-jura.

    -No prometas nada que no puedas cumplir-una risa escapa de sus labios, pero es corta, casi fingida.

    -Me las pagarás-vuelve a jurar ella, saliendo de la habitación y cerrando la puerta tras de sí.

    Sus pasos descalzos retumban por las escaleras mientras ella baja y se aleja por las escaleras en dirección a la puerta principal. Mientras lo hace, mientras baja, ella ve todo tipo de cosas que podría usar para subir y partirle la cabeza, pero, por alguna razón que desconoce, quizá tiene miedo, decide no hacerlo.

    Llega por fin a la puerta principal de la casa y ahí vacila un poco antes de abrirla, pero lo hace. Un repugnante hedor le inunda las fosas nasales, y todavía no ha llegado lo peor. Sale y cierra la puerta tras de sí, diciéndose que debió dejarla abierta para que el hedor inundara la casa. Camina en dirección a la enorme verja de hierro que divide la propiedad de la calle. Ve a esos monstruos paseándose aquí y allá y se llama estúpida por no haber traído nada con lo que defenderse. No, se llama estúpida por no haber usado una de esas cosas para partirle la cabeza…

    Sale donde el putrefacto hedor es más repugnante y, cuando una de esas cosas la ve, sabe que se ha acabado todo. Mientras “eso” salta hacía ella, se vuelve en dirección a la ventana por donde él antes mirara, pues sabe que él seguirá ahí sin duda. Lo que ve la hace olvidarse por tercera vez de su desnudez (tres). Una chica de pelo rubio lo besa apasionadamente y ella sabe que aquel espectáculo está diseñado especialmente para ella. Lo último que ve es el juvenil rostro que tiene la chica, sin duda una de las supervivientes salvadas que entre los dos rescatan cada que tienen oportunidad, es joven, sí, casi tan joven como el chico con el que ella estaba en la cama, cuando él llegó de una misión de…

    La bestia le encaja sus enormes garras en la garganta y ella muere.

    (Muere)


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