Bello Amanecer

Por RICARDO PERALTA
Enviado el 18/05/2016, clasificado en Terror
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Ese maldito amanecer lucía oscuro y denso, despertaba de un perturbador letargo, mis ojos ardían, confundido y mareado, mi cabeza reventaría en cualquier momento, sentía como si hubiese una fiesta sadomasoquista en mi interior, me dolía absolutamente todo, mi aspecto era asqueroso y maloliente, mis manos completamente ensangrentadas, lucía  barba de un mes y era evidente de que algo nada de bueno había sucedido a mi alrededor.

Me hallaba en ese  oscuro cuartucho, iluminado solo por la tenue luz que se colaba por las rendijas de las paredes y del techo, el intenso hedor a humedad, carne en descomposición, orina y a mierda era insoportablemente vomitivo, tras arrastrarme cómo pude buscando una salida, observé un espectáculo macabro… Una cobarde masacre dantesca se exhibía ante mí. Habían cabezas de niños colgando de uno ganchos encadenados al techo, su estado de descomposición era evidente, miraba la sangre seca en mis manos y en mis ropas, y no podía creer lo que imaginaba, en el suelo habían cuchillos dentados, navajas, machetes y sierras manchadas de sangre, en unos tambores de aceite viejos y sucios, pude ver  los restos putrefactos de los cuerpos de los niños mordisqueados por la plaga de ratas que los infestaban, las vísceras pútridas infestadas de gusanos que brotaban rebosantes desde su interior. Este infernal espectáculo era amenizado por una tétrica melodía infantil medio repetitiva y penitente que sonaba en una vieja y sucia radio una y otra vez.

Desesperado por salir de ese maldito lugar me arrastré hasta lo que parecía ser la puerta, la abrí torpemente y en ese momento llegó la patrulla que me trajo hasta acá….No tengo recuerdos de quién soy, ni de nada que haya pasado hasta después que desperté en ese cuartucho de mierda…Tienen que creerme no sé nada más de lo que ya les he dicho!, les gritaba e imploraba vehemente.

Los doctores, enfermeras y policías que estaban en la habitación del hospital al cual me llevaron, quedaron estupefactos e incrédulos ante lo que escuchaban, en especial el detective Martínez. Más aun cuándo tras revisar los exámenes para determinar mi identidad no encontraron registro alguno, inexplicablemente mis huellas digitales coincidían con Jonás Borja, un pequeño  huérfano de seis años que había sido cruelmente decapitado por su supuesta madre hace 30 años.

Nadie podía dar crédito a lo que sucedía, Martínez, desesperadamente exigía respuestas coherentes a los peritos respecto a mi identidad, sin embargo nada ni nadie podía calmar la furia de este…uno de los niños encontrados en ese cuartucho era Felipe su único hijo de seis años, que había desaparecido.

Con el pasar de las horas, la infernal migraña que me aquejaba se acrecentaba, al punto que me mantenía insomne, encerrado en ese calabozo oscuro, solo escuchaba confusos pero furiosos gritos y murmullos exaltados, veía solo sombras por la rendija que quedaba entre la puerta y el piso, angustiado y confundido cerraba mis ojos para intentar recordar, y no, nada, no recordaba absolutamente nada.

De improviso y violentamente irrumpe en el calabozo y totalmente iracundo Martínez, quien se abalanza sobre mí con furia y comienza a golpearme brutalmente hasta quedar inconsciente, esposado de pies y manos no pude hacer nada por defenderme…

Reacciono en una camilla esposado, entubado completamente, vendado, y con dolores insoportables pese a lo dopado que me tenían.

Con mi visión nublada y distorsionada aún por los potentes sedantes que suponía me habían suministrado para mitigar mis dolencias por la terrible golpiza que había recibido de parte de Martínez.

Esa noche, estando drogado de analgésicos, al fin pude dormir, tuve un sueño, en realidad una perversa pesadilla.

En ella, yo era un niño pequeño me veía feliz y travieso corriendo y jugando en unos parajes idílicos, como un bosque paradisiaco, junto a quien al parecer sería mi madre.

A ella se le veía dichosa de estar conmigo, tenía una hermosa y cándida sonrisa, su cabello azabache y salvaje contrastaba con su angelical rostro, de piel blanca y ojos celestes que irradiaban amor y felicidad, de improviso, el cielo se tornó de un escarlata sanguinolento, lo que parecía un paraíso comenzó a arder vorazmente, ella, mi madre, me abrazaba fuerte y tiernamente, mientras me murmuraba una canción… la misma canción infantil  que sonaba en la radio aquel maldito amanecer.

La sensación de pánico en el sueño era indescriptible, las llamas que hacían arder el paraíso, emitían desgarradores alaridos de dolor infante, una especie de llanto profundo, colmado de pena y sufrimiento.

Mi madre se mantiene recalcitrante murmurando repetitivamente la canción mientras me abraza cada vez más fuerte, en su regazo, siento como caen sus lágrimas sobre mi cabeza, de reojo la miro, y veo tatuado el miedo en su rostro petrificado de pavor.

En esa angustiante situación me encontraba, hasta que una luz blanca cegadora y fulgurante, iluminó todo, acompañado de un terrible ventarrón, el cual me hizo volar lejos y separarme de mi madre.

Medio aturdido, miro a mi alrededor y trato de moverme y buscar a mi madre, sin embargo mis intentos son estériles, mi cabeza está separada de mi cuerpo en un charco de sangre, es en ese momento en que despierto violentamente gritando.

Lloro profusamente, pero extrañamente ya no estoy entubado ni en una camilla, me encuentro en una habitación infantil, en la que irrumpe…Martínez a consolarme. Me abraza fuerte y me dice: “Tranquilo Felipito, papá está aquí”.

Mientras Martínez consuela y contiene mi angustia y pánico infantil, miro por la ventana y vislumbro una perturbadora figura que merodea, que espía e invade mi espacio.

Nervioso aun, comienzo a quedarme dormido, Martínez finalmente me recuesta en mi cama, besa mi frente y se va, tras el cierre de la puerta y apagar la luz, siento un golpeteo en mi ventana que me despierta, al mirar, me sorprendo, ¡soy yo!, o a estas alturas no sé si sea yo o no, es Jonás Borja luciendo como un indigente macabro…


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