Mi libro, C. 27

Por Jesús A.
Enviado el 18/05/2016, clasificado en Varios / otros
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Aunque, después de fallecer Basilio, reyes más incompetentes subieron al poder en Bizancio, mientras que en la distancia aparecía un nuevo reto que venía del Asia Central. Eran los otomanos, etnias trashumantes que, con el paso de un tiempo, se transformaran al islam. Una de todas esas etnias, los turcos selyúcidas (ese mote proviene del famoso dirigente Selyuq), atacó al Imperio de Constantinopla. En el año 1071, en la combate de Manzikert, las abundantes tropas imperiales fueron derrotadas por el ejército turco, y un co-monarca ha sido atrapado. Tras este desastre, Bizancio perdió la mayoría de Asia Menor (en este momento esencia de Turquía) ante los selyúcidas. Luego existían tropas árabes acechando a poca distancia de Constantinopla.

Por otro lado, los turcos progresaran hacia el sur, su objetivo era Siria y Palestina. En poco tiempo las poblaciones del Mediterráneo Oriental se les rindieron, con anterioridad a Manzikert, en 1070 penetraron en Jerusalén, la Ciudad Santa.

Estos dos acontecimientos impresionaron mucho a la Europa Occidental y a la Oriental. Las dos comunidades comenzaron a tener miedo de que los turcos sometieran poco a poco a los cristianos, hasta hundir sus creencias. También, comenzaron a oírse muchos murmullos por los martirios y demás tormentos hechos por el gobierno turco a los penitentes en Jerusalén.

La Primera Cruzada no fue la primera Guerra Santa de los cristianos contra los árabes organizada  por los papas. Antes el papa Alejandro II predicara por dos veces la guerra contra los impíos musulmanes. La que inició las predicas ha sido en 1061, en el trascurso de la ocupación de Sicilia por los normandos, y luego en 1064 en el momento de las luchas de la Reconquista española, con la Cruzada de Barbastro. Las dos veces el papa brindó Indulgencia para los cristianos que lucharan.

El papa Gregorio VII, en el año 1074 reclamó a los milites Christi ("soldados de Cristo") para que acudiesen en apoyo del Imperio bizantino después de su fuerte debacle en el combate de Manzikert. Su reclamo, aunque ha sido muy rechazado además de tener mucha obstrucción, sin embargo la enorme cifra de penitentes que caminaban a Tierra Santa, en el transcurso del siglo XI, a quienes la ocupación de Anatolia cortara los caminos por tierra con dirección a Jerusalén, valieron para orientar la mayoría de la vigilancia del occidente en los sucesos del oriente.

En 1081, alcanzó el poder en Bizantino Alejo Comneno, un militar competente, que se dispuso a enfrentarse de forma decidida al crecimiento turco. Sin embargo no tardó mucho en percatarse de que sin ayuda él no podría vencerlos, por ese motivo comenzó conversaciones con el Occidente, aun a sabiendas que en 1054 el Gran Cisma fracturó el vínculo de los cristianos del oriente y del occidente. Alejo deseaba contratar a unas tropas occidentales pagadas que, juntándolas a su ejército, atacarían a los turcos en su origen y que los enviaran de nuevo a Asia Central. Quería en exclusivo utilizar tropas normandas, las que ocuparan la monarquía de Inglaterra en 1066, además por aquel tiempo arrojaron del sur de Italia a los bizantinos. Por este motivo, Alejo sabía que los normandos eran poderosos. Por lo que deseaba tenerlos como amigos. 

 Alejo mandó diplomáticos para parlamentar en persona con el papa Urbano II, para solicitarle su mediación en el alistamiento de los asalariados. El Papado ya se había manifestado competente para participar en problemas bélicos al proclamar la denominada "Tregua de Dios", por la que se vetaba  la lucha a partir del viernes al anochecer hasta el lunes por la mañana, lo que redujo mucho los conflictos entre al nobleza camorrista. Esta era otra ocasión para exhibir el poderío del papa en el viejo continente.

Urbano II, en 1095 congregó un sínodo en la población de Plasencia. Donde explicó la proposición del Emperador, aunque las disputas entre los obispos presentes en el sínodo, abarcando al Papa, con el Sacro Emperador Romano Germánico, Enrique IV (el que ayudaba a un antipapa), prevalecieron ante la solicitud de Constantinopla. Así Alejo no tuvo más remedio que aguardar.

Los países europeos, en su acaecer, fueron juntando mucho armamento. De otro lado, el islam se constituyó en un comprometido y duro rival. Todo unido desembocó en las Cruzadas, planeadas por la Cristiandad Occidental para proteger a la Cristiandad Oriental de los mahometanos. Aunque, el desenlace, no fue la que esperaban y, con claridad, el resultado de las cruzadas, estimado tradicionalmente, han sido un descalabro cuestionable (a pesar de que pasar de un centenar de años de negocio digan otra cosa).

Steven Runciman lo abrevia de esta manera: En el momento que Urbano II pregonó su extensa homilía en Clermont, los turcos se disponían intimidar al Bósforo. En el momento que el Papa Pío II difundió la última cruzada, los turcos se encontraban pasando el Danubio. Rodas, una de las últimas ciudades ganadas por el desplazamiento, se rindió a los turcos en 1523, y Chipre, asolada por los enfrentamientos contra Egipto y Génova, y al final agregada a Venecia, en 1570 la conquistaron los turcos. En definitiva a los colonizadores Occidentales solo les quedaba unas pocas ínsulas griegas que Venecia sostuvo como pudo bajo su dominio.

La progresión turca ha sido frenada por el sacrificio reunido de la cristiandad, y por la actuación de los Estados que estaban más cercanos, Venecia el Imperio de los Habsburgo y Francia, la vieja luchadora de la guerra santa, apoyando al pagano continuamente. A partir del siglo XI hasta el siglo XIV llevaron a cabo ocho cruzadas.

Primera cruzada: La reconquista de Jerusalén en el transcurso de la Primera Cruzada. Gregorio ha sido quizás el papa que más ayudó a los cruzados en la península ibérica contra los musulmanes y el que, viendo las victorias logradas, imaginó usarla en Asia Menor para resguardar a Bizancio de los ataques turcomanos.

Su sustituto, Urbano II, ha sido el que la puesto en curso. La convocatoria precisa se produjo el martes 27 de noviembre de 1095, poco antes de terminar el Concilio de Clermont (Francia). En un conclave común excepcional hecha a las afueras de la catedral, el papa se volvió hacia la muchedumbre de clérigos y seglares reunidos para darles una nueva muy particular. Demostrando su facilidad de palabra, manifestó el requisito de que los católicos del Occidente se involucraran en una guerra santa contra los turcos, los cuales ejercitaban crueldades en las monarquías cristianas del Oriente excediéndose con los penitentes que se dirigían a Jerusalén. Aseguró el perdón de los pecados para los fueran, un cometido al nivel de las demandas de Dios y una opción ilusionante para la desdichada y pecadora existencia mundana que soportaban. Tendrían que permanecer dispuestos para salir en el próximo verano, y gozarían con la dirección celestial. La muchedumbre contestó ardorosamente con voces de Deus le volt ('¡Dios lo quiere!') y muchos de los asistentes se postraron delante el papa pidiendo su consagración para aliarse con la santa expedición. La Primera Cruzada (1096-1099) se iniciara. CONTINUARÁ


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