La inocencia no perdura

Por ladymarwen
Enviado el 27/05/2016, clasificado en Fantasía
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Érase una vez una ninfa milenaria que habitaba en los bosques frondosos del Norte.

Su misión era cuidar la Naturaleza y preservarla de las catástrofes que podían provocar las abundantes personas idiotas.

Su labor era constante y laboriosa, pero ella aceptaba su destino con complacencia y buen humor.

Era la hada más juguetona y avispada de toda la comunidad y le encantaba participar en todas las fiestas y reuniones con los demás seres prodigiosos de esos bosques legendarios.

Tanto ella, como esos otros seres "especiales" de la Madre Naturaleza, tenían prohibido aparecerse ante los humanos. Su existencia debía ser secreta y nunca reconocida su dedicación.

Pero, había una singularidad muy particular: Si algún mortal poseía un corazón inocente y libre de cargas, tenía el magnífico poder (sin él mismo saberlo), de visualizar a esta ninfa maravillosa, aunque era muy diminuta ante nuestros ojos.

A veces, nuestra alegre protagonista, se tornaba melancólica porque deseaba encontrarse con una persona excepcional y poder establecer entonces una relación de amistad con ella, por pequeña que fuera...

¡Pero ya ni alcanzaba a recordar la última vez que se hizo visible en su prolongada existencia!

Inesperadamente, un día de tormenta, una dulce niña se escapó de su familia ante los ruidosos truenos y los centelleantes relámpagos.Así, asustada y en un mar de lágrimas se adentró en este mágico bosque.

Cuando las dos cruzaron sus miradas se quedaron atónitas, aunque el hada se sorprendió aún más que la niña de este encuentro y se sonrojó.

Nuestra recién llegada, mudó sus llantos por risas. Miraba con curiosidad al ser fantástico que también le devolvió una sonrisa de bienvenida. Ya no tenía miedo, se sintió tremendamente arropada y protegida en ese nuevo entorno de fábula.

Las dos fueron bendecidas por la lluvia. Ésta había purificado aún más sus espíritus bulliciosos.

A partir de aquel día, se reunían en secreto con periodicidad para jugar, reir y admirar las estrellas.

Fueron así amigas incondicionales, hasta que la niña se convirtió en adulta y aunque se empeñaba en volver al bosque una y otra vez, ya nunca pudo encontrarse con su ninfa favorita de la infancia.


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