El sueño de Caín

Por Caín
Enviado el 19/06/2016, clasificado en Amor / Románticos
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Lucía era alegre y cándida, como el vuelo primaveral de las mariposas y tan inconsciente de su inocencia, que podía revolotear como una más entre ellas sin llegar a molestarlas. Tronaba una noche de Mayo cuando, agitada, vino a cobijarse bajo la carpa colorida de un carrusel. Fue entonces cuando miró en mis ojos para, sin apartar los suyos, acercarse a mi lado. Con un leve gesto de su mano me invitó a acompañar su dulce balanceo. Posé mi mano suavemente sobre su talle y el mundo comenzó a girar al ritmo vertiginoso de un vals que desdibujó las grises siluetas que nos rodeaban. El soberbio carrusel se alzaba ahora, como una ciudadela sobre una cúspide luminosa de la que surgía un mundo de fantasía que arrojaba sus colores, como dardos electrizantes, con el chisporroteante centelleo de un artificio pirotécnico.

La lluvia cesó y asiendo fuertemente su mano, brincamos sobre las calles empedradas de adoquines, que en sus junturas encharcadas atrapaban la serenidad de la negra noche. Salpicados de reflejos de estrella ascendimos por el bulevar, jalonado de edificios de estilo colonial, que nos saludaban desde sus miradores adornados con desgastados relieves, tallados sobre ostentosas maderas nobles. Con la danza irisada de los colibrís volamos entre las flores de los parterres ajardinados, mancillando con nuestro zumbido el terso candor de sus pétalos mientras nos deteníamos para bautizar cada una de sus fragancias. Amaneceres de Damasco fue la más fresca y vivaz y llamamos también luz de Mármara al perfume sofisticado e intenso que evocaba el fulgor purpureo del ocaso en los reinos orientales.

Por estrechos y oscuros callejones llegamos hasta la arboleda que conduce al bosque en las afueras de la ciudad. Bajo el pabellón de ramas entrecruzadas que reverenciaba el camino, las gotas de lluvia reciente descendían impregnadas en vapores de magnolio, perfumando el aire que envolvía el trote de sus cabellos. Abandonamos la vereda arbolada para seguir un sendero agreste, iluminado por un rastro de enamoradizas luciérnagas y, moviéndonos entre los recios troncos y los arbustos del bosque, alcanzamos un claro abovedado por la cúpula celeste donde, engarzadas con el arte de Fabergé, destellaban titilantes una miríada de estrellas. Una tela de araña, tendida entre las ramas de un fresno, lucía argéntea bajo la luz de la luna y, perlada por las gotas de lluvia, vibraba con la sinfonía indómita de los murmullos del bosque, el canto esporádico de las aves nocturnas y el rumor majestuoso de los astros.

Bajo aquel santuario, acercamos nuestros rostros hasta sellar con un beso el dulce roce de los labios. Y el aroma recóndito de la tierra mojada, el perfume de los magnolios y las fragancias florales se fundieron en una esencia de místico cariño. Con la mirada pendiente del más leve de sus pestañeos me abandoné al encantamiento de su voz que, con la cadencia de un conjuro, susurraba un poema.

Sumido en el brillo de su mirada e hipnotizado por su voz, ni atendí ni entendí una sola de sus palabras, tan sólo miraba absorto sus ojos. De pronto, sentí miedo. Aturdido e inmovilizado, sin nada hacer por intentar retenerla, la vi alejarse hasta desaparecer. Una racha de viento frío abofeteó mi cara para despertarme y, arrastrando la hojarasca, elevó un estruendo que acalló la música del bosque. Rápidas, las nubes, velaron la cúpula celeste ensombreciendo un ambiente que se tornó hostil. Caminando torpemente entre árboles y arbustos regresé a la ciudad y al llegar a la plaza encontré el carrusel amortajado entre lonas grises que lo guardaban de la intemperie. La magia se había desvanecido y aquella velada sombra gris, en nada recordaba a la colorida fortaleza de la que antes surgiera esta quimera.

No hubo romance, tan solo fue un sueño. O tal vez la magia de un instante, confirmando la máxima que dice “no hay nada que dure para siempre”. El miedo que aviva el deseo de eternidad nos sumerge en el misterio de lo efímero, de esos instantes de vida sobre los que, celosos, los dioses, derraman secretamente algunas gotas de ambrosía.


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