Ese mensaje

Por Liteteti
Enviado el 07/07/2016, clasificado en Amor / Románticos
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La vibración del móvil la despertó. Eran las dos de la madrugada i todo el pueblo dormía. El silencio de la noche, acompañado por la tranquilidad que esta transmite, fue interrumpido por un mensaje. Abrió la lámpara para poder leer su contenido. “Hola. He visto tu número en Instagram.”, decía. Ella, inquieta, miraba el techo pensativa, preguntándose quién podría ser aquel desconocido. Sin embargo, el sueño pudo con ella y no se despertó hasta las diez de la mañana.

El sol dominguero penetraba por los agujeros de la persiana dibujando un bonito mosaico en la pared que quedaba a su izquierda. Con su cuerpo tumbado de lado, cubierto por las sábanas que llegaban hasta su axila y dejaban su brazo derecho al exterior, admiraba la obra que, espontáneamente, se había dibujado en la pared. Pensaba en el mensaje que recibió a medianoche. ¿Tenía que contestar? Su curiosidad e inquietud le dieron el impulso que necesitaba para descubrir quién era aquella persona.

Se hacía llamar Cris, tenía tres años más que ella y era bastante conocido en las redes sociales. Empezaron a chatear día tras día, noche tras noche, hasta que decidieron verse.

Él ya conducía, así que se desplazó hasta el pueblo de la chica. Tras caminar por la villa, se sentaron en un banco solitario. La sombra y el viento aliviaban ese calor de un sábado soleado y sofocante. Él pasó el brazo por encima de los hombros de la joven, y ella dejó apoyar su cabeza en su pecho. Algún elemento le despertaba cierta incomodidad, pero ella no le dio importancia y se dejó llevar por los besos que recibía en su cabeza. Sentía una felicidad suprema, estaba en otro lugar, en un sueño, en una utopía. Finalmente pasó lo que tenía que pasar. El encuentro de las dos bocas los trasladó hacia una fantasía que persistió considerables besos, caricias y algún que otro ¡oh! Así hasta que llegó la hora de la despedida y, tras un largo beso junto con un largo abrazo, el chico entró en su coche deportivo. Ella lo contempló hasta que el humo y el polvo hicieron desaparecer esa maravilla, ese sujeto que no solo le había cambiado el día, sino el año.

Siguieron en contacto cada noche, mensaje tras mensaje hasta que él o ella caían dormidos en la cama. No fue hasta el fin de semana siguiente que se volvieron a ver. El domingo él no trabajaba, así que aprovechó para ir al pueblo a ver a su “amiguita”. Ese día, la chica estaba sola en casa, y esperaba a Cris con un body de lencería fina y elegante, que cubría seductivamente las zonas más íntimas de su cuerpo. Los dos sabían a qué iban. Tras oír el timbre, se dirigió hacia la puerta y abrió. Cris se lanzó hacia ella y cerró la puerta. La joven se dejó llevar hasta la cama, y allí empezó lo que ellos esperaban. La chica empezó recibiendo besos al cuello, que poco a poco fueron bajando hasta sus senos y, apartando la lencería, el chico empezó a saborear el pastel más bueno que jamás había probado. Con los pezones en punta, contactando con la lengua del chico, cada vez estaba más excitada. Sintió como los besos y las lenguaradas bajaban cada vez más hacia su otro regalo. Ella se dejaba hacer de todo, era él quien mandaba entonces. Su excitación llegó a tanto que necesitaba quitarle la ropa. Intentaba desabrochar el botón de los pantalones con la boca, cruzando sus miradas y acariciándose cautivadamente. Él miraba sus nalgas que quedaban en pompa, pues ella estaba a cuatro patas, intentando abrir con la boca el obsequio que esperaba recibir. Cuando ya había quitado el envoltorio, algo le sorprendió. No se acababa de creer lo que veía. ¿Dónde estaba? ¿Dónde se había metido?

      -  Aún no te lo había contado… ­­­- dijo él, un poco avergonzado.

Y después de hablarlo, la joven descubrió que la persona que la había trasladado a otro mundo no se llamaba Cristian, sino Cristina. Pero los momentos vividos, los sueños, la fascinación y la felicidad que experimentó estando a su lado superaron toda vergüenza y todo miedo al qué dirán.

Y empezaron una relación que, aún hoy, sigue en pie, tres meses más tarde. Todavía duran esas miradas, esas sonrisas, esas caricias y esos besos.

Y pensar que todo empezó con ese mensaje que la despertó. 


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