El observador

Por KatWinchester
Enviado el 14/07/2016, clasificado en Adultos / eróticos
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En una noche de invierno hay un auto estacionado a la orilla de un camino. A lo lejos se oye el ir y venir de una ruta cercana y el silbido del viento. Dentro del auto hay dos amantes besándose apasionadamente. Uno de ellos reclina el asiento del pasajero y se trasladan a la parte de atrás. Los vidrios están empañados y el aire es denso pero a ellos no les interesa.

El primero de ellos es el sueño hecho realidad de cualquier ama de casa ignorada o un marica superficial. El pelo rubio le cae sobre los inocentes ojos azules, sus labios rosas y llenos se curvan en una sonrisa seductora. El otro es bastante más mundano. Cabello oscuro,  cara de imbécil y el seguro al día, con verlo uno podría apostar que su nombre es Juan Pérez.

El adonis rubio se encuentra a horcajadas sobre Juan, besando y mordiendo cada espacio de piel visible con pasión. El otro solo alcanza a amasarlo con las manos, tiene la mirada perdida y la boca abierta. El rubio desviste a Juan con prisa. Juan intenta hacer lo mismo pero sus manos parecen enredarse, Adonis suelta una carcajada y se deshace el mismo de su ropa.

Con menos tela en el medio Adonis baja hasta el suelo del auto, entre las piernas de Juan y juega con su pene sobre la ropa interior. Mira hacia arriba y encuentra la mirada de un hombre hipnotizado, la cara del pobre es digna de una historieta cómica. A medida que Adonis acerca su lengua al notable bulto frente a él los ojos de Juan se van abriendo y su respiración se vuelve audible, solo es capaz de mover su mano para tomar un puñado de pelo rubio de forma que el otro sea incapaz de escapar. Adonis sonríe  y en sus ojos se enciende un brillo diabólico mientras en dos movimientos rápidos saca el miembro del bóxer y lo lleva a su boca.

La visión de Adonis con un pene profundamente enterrado en la garganta es demasiado para Juan que suelta el cabello para arañar el tapizado del auto. Adonis sube y baja diligentemente sobre el miembro sacándolo de su boca ocasionalmente para dirigirle una mirada pornográfica a su acompañante y proseguir con su tarea.

Juan se siente cada vez más débil, como si este tipo lo estuviera matando con una mamada. "De algo hay que morir”, se dijo y se relajó en el asiento dejando que el otro hiciera a su antojo.

 Adonis interrumpió su tarea y volvió a ponerse a horcajadas sobre Juan, pero esta vez llevo una mano a su espalda.  Juan estaba a punto de ser montado por Adonis, o por lo menos esperaba que fuera así.

Adonis metió el pene de juan en su culo luego de haberse estirado a conciencia y empezó a subir y bajar lentamente, con sus manos entrelazadas detrás de la nuca de su compañero  y su lengua haciendo magia en la boca de este. Su rostro se había transformado, de un demonio capaz de dar mamadas asesinas a un angelito inocente, incluso parecía avergonzado, como si estuviera sorprendido de su propio placer.

Juan ya había dejado de pensar coherentemente, aunque pudo hacer una observación. Alrededor del auto las sombras se arremolinaban y deshacían como si estuvieran jugando a la escondida, parecía que alguien los espiaba detrás de ellas.

El pensamiento se diluyo al instante, el hombre que se estaba deshaciendo en gemidos entre sus brazos requería su atención. Tomo el pene de adonis en sus manos y comenzó a masturbarlo. Por desgracia Juan era de los que no pueden subir una escalera y masticar chicle. Adonis saco las manos de miembro y las dirigió a sus glúteos con una risita tonta.

Afuera las sombras crecían y se agitaban, se podía oír un murmullo como el de una respiración agitada entrecortada por algunas risitas traviesas. Los dos amantes no estaban solos en su escondite.

 El primero en darse cuenta fue Adonis, quien interrumpió su cabalgata cuando descubrió dos ojitos brillantes observándolo desde el parabrisas trasero. Estaba paralizado mientras recorría la forma extraña del otro lado de la ventana. Era una figura horrenda, su piel obscura y llena de irregularidades lo camuflaba en la oscuridad, sus ojos eran pequeños y negros  y de su sonrisa despareja caían varios hilitos de baba. Se podía ver que era una criatura alta pero estaba tan retorcida que sus ojos quedaban justo a la mitad del parabrisas.

Juan se dio vuelta al notar la expresión horrorizada de su pareja pero del otro lado del vidrio solo había oscuridad. En el momento que se volvió  noto una respiración a su lado. Se giró lentamente y se encontró a su observador cara a cara.

Juan fue incapaz de gritar. Adonis estaba petrificado, lagrimas corrían por su cara y tenía la mirada perdida en el camino que se veía por el vidrio trasero.

La criatura se movió hacia ellos, Juan trataba con todas sus fuerzas de hacer funcionar sus piernas pero parecía estar bajo el mismo hechizo que su amante. Unas manos negras y frías tomaron a Adonis para desencajarlo de Juan, su cuerpo se movía como el de una muñeca de trapo. La criatura lo acerco a su cara como quien huele una fruta fresca.

Algo hizo clic en el cerebro de Juan. Casi por reflejo agarro sus pantalones y en un segundo salió del auto por la puerta de atrás. No miro lo que estaba pasando adentro, solo corrió hacia el camino.

El silencio que lo rodeaba era aterrador, si por lo menos escuchara gritos sabría que no lo estaban persiguiendo. La imagen de su amante en las garras de aquella cosa parecía estar congelada en su memoria, el terror y la súplica en su mirada, pero Juan Pérez no había nacido para ser héroe.

Lloro y corrió hasta que le fallaron las piernas, ni siquiera paro a ponerse los pantalones. Alguien aviso a la policía que un hombre desnudo corría por la carretera y estos llegaron para detenerlo, con los pantalones en la mano, bañado en su propia orina y murmurando algo sobre un monstruo quitándole el ligue. Ingreso a la comisaria donde le tomaron declaración solamente por escuchar el resto de la historia y tener algo gracioso para contar.

La mañana siguiente un patrullero fue enviado a revisar el lugar donde encontraría un auto, un homosexual y un monstruo. Este decidió que era mucho trabajo ir hasta allá, y además, si encontraba algo seguro le iba a tomar toda la tarde y él tenía que ver la novela a las cinco. Reporto que en el sitio no se encontró absolutamente nada y  se relajó en su asiento.

Una vez que Juan dejo de ser gracioso fue entregado al hospital regional de donde paso a una residencia psiquiátrica. En dicha residencia se le asignó una habitación con una pequeña ventana desde donde podía ver las copas de los árboles y algunas noches el monstruo pasaba a saludar.

 


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