Letra a letra

Por Carlos Caro
Enviado el 22/07/2016, clasificado en Cuentos
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Con la mente nublada en textos sin comprensión, con la conjetura extraviada en diccionarios que nada definen y el sabor, rancio, de las frases caídas como hojas de otoño. Repasa el peine los cabellos y el metal la barba. Unas gotas en los ojos para que brillen y la loción para que aplaque el ardor, perfume y tonifique las mejillas. Sin embargo, el reflejo que devuelve mi alma no me engaña y sé que me mira el indiferente. El que al nacer sus hijos tomaba a sorbitos el café caliente y leía las noticias del diario. Que saludaba a los parroquianos con un cabeceo o una sonrisa de molde. Aquel que olvidó como amnésico cada cumpleaños, cada buenas noches y cada beso de cariño que le hiciera padre. Título que no ganó y que lo destina a un fin de soledad sin que le importe.

Emerge, abriéndose paso, quien cree ser mejor. Así lo hizo su ego, así lo deformó la competencia. Quiere figurar, ser el primero pese a quien pese y pise a quien pise. Su ambición ganará la carrera sin pensar en el síncope que lo conduce al nicho.

Cambia la luz y el enfoque. La mirada se achina suspicaz, la duda hierve y aparece el desconfiado. El que no cree en el amor ni en Dios ni en el diablo. Aquel que cuenta los favores en una suma cuyo total es insuficiente y anota a los amigos en la columna del debe con precisión contable. Sin embargo, le tiembla la mano mientras calcula y calcula la cifra, cuándo debe registrar algún mínimo haber. No recuerda los nombres en las entradas, tan pocas son que ni imagina su final sin lágrimas, pues los apodos de los compañeros, licencioso, no atesoró.

Verde. El verde de los celos irrumpe como prisión. La razón perece y aferro, mío, tu corazón ¿Cómo obligar a un ideal? ¿Por qué pensar que a otros mirarás? ¿O lo que busco es tu cuerpo, tu voluntad y tus días? Te busqué con denuedo, mostré las más bellas cualidades y cuando rendiste tu cariño enloquecí, perdí tino e inteligencia al someterte. No creí, en locura, que así en mis días postreros ni siquiera tu ánima tendría.

Ese porvenir despierta al desesperado, el que te ama más que a nada y que a nadie. No hay cielo ni infierno que lo distraiga en su afán. No hay pecado que no cometa ni virtud que no lleve por tu querer. Se agita en el terror del abandono e, iluso, cree que su empeño doblegará su sino de desamor.

Aparece el melancólico, pálido y sin rumbo, arrastra sus recuerdos con una angustia laxa. Todo fue. Hijos, amigos y tu presencia. Sombras de momentos, fantasmas de vivencias y rescoldos de aquella hoguera que consumió su pecho. Vaga en la última penumbra, hace caso omiso a los ladridos de Cerbero y, mientras Caronte espera, duda si cruzar y terminar.

Al fin emerjo, payaso, entre los personajes. La sonrisa brota cínica en la mueca de mi cara, la falsa carcajada vuela y el espejo se deshace en pedazos. Mi ánimo se encoje y junta toda la tristeza de la memoria. Son los años que giran en el carrusel delirante del narrador, el que me arrastra y hunde entre los renglones, el que me desangra letra a letra, con la maldición aciaga del escritor.

 

 

Carlos Caro

Paraná, 19 de julio de 2016

 


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