La vida, la vida y la vida...

Por Carlos Caro
Enviado el 28/07/2016, clasificado en Amor / Románticos
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De la noche vengo, niebla soy y, posado sobre el césped, tranquilo, espero al alba para echar a volar. Volaré hacía el mundo, dirán, pero el alma me impulsa más allá.

Un cielo sin colores me recibe, y juntos nos tornamos en gloria, en presencia y en incendio al arder las nubes con un espasmo de brillo que solo el celeste podrá apagar.

Mis alas son las del viento, las de los pájaros, o las de coloridas mariposas. Se apaga el lucero, se esconde la luna, y aparece el curvo horizonte que torna redonda a la tierra. La vuelve planeta girando en un sistema que vaga hacia su destino milenario. 

La luz del día descubre al río que vuelve a correr desde la fría oscuridad en olas que la reflejan y, a su vez, extingue la orgullosa y eléctrica del hombre.

Ante una mesa tatuada de letras, herida de frases y manchada de versos, discurren los cuentos. Manuscritos en lápiz sobre papel, en letras de molde que destellan en la pantalla o en extrañas visiones que construye el intelecto. Lo hacen con propiedad y sapiencia, o con locura y alienación. En soledad, reina la imaginación y en compañía, la musa y los personajes.

 De día, con fiebre, se escriben y de noche con anhelos, se piensan. No hay paz ni tregua, todo es tema o reflexión. El veredicto es la condena a una sinrazón durante lo que reste de existencia. Como no alcanza, crucificamos al reloj con sus agujas, y herido, se desangrará en regueros de tiempo.

Así, me confunden los caminos que recorro pues, aunque parecen divergir, sé que el destino los hará uno. El que sigo desde hace décadas, con tragedias que sumergen y cimas de genio y amor que tocan las estrellas, se ha complicado. Sin suspirar, he agonizado y al ver el semblante macabro, con pavor quise huir y pedir socorro.

¿No estaba acaso preparado? ¿No había hecho las paces con Dios y con el hombre? ¿Fue falta de fe y miedo a lo desconocido?

No. Me dice la mente. No, me dice el corazón. Y no, me acorrala el alma. De las telarañas del tiempo volvió tu sonrisa, tu compañerismo y tu por siempre jamás. Aquel que no pronunciaste, aquel que en silencio me diste y al que te ató el  amor.

El cariño me acuna como entonces, en la fiera lucha te encuentro a mi lado y en el rendirse, nunca. Aquí y ahora, resisto por tu voluntad, por tu cuidado y por tu enseñanza de lo que fui, soy y seré. Así, contigo la huella se alarga y la holla también la progenie. Los hijos maduran más allá de los primeros sueños y los hijos de los hijos crecen, felices, hacia un futuro no soñado.

Con asombro, todos me hacen entender que la trascendencia no necesita de la muerte, sino de la vida, la vida y la vida…

 

 

Carlos Caro

Paraná, 22 de junio de 2016

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