Al salir de clase 5/5

Por EvaManiac
Enviado el 17/08/2016, clasificado en Adultos / eróticos
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-"Me parece que ya estás listo para entrar", le runruneé al oído acercando su cabeza a la mía. Yo estaba tan congestionada que apenas podía moverme. Quise desabrochar su bragueta estirando mis brazos, pero me fue imposible. David debía estar alucinando con la situación, y se sentía algo cohibido, pero tomó las riendas del momento y sacó su polla erecta del pantalón golpeando con ella la zona más sensible de mi cuerpo. Cuando fui consciente de eso, agarré un lado de mi braga y la deslice hacia el contrario, destapando toda mi concha y mostrando los hilos brillantes de mi éxtasis reciente. Agarré su trabuco como pude y lo guié hacia mi cueva humeante. Las manos del chico permanecían sobre mis rodillas, y su miraba se fijaba en mi maniobra de introducción con la tela sucia a un lado. Sudoroso y ruborizado, no sabía muy bien cómo podía ayudarme, así que decidió empujar su cadera hacia mí, obligando a su enorme bate a entrar cuidadosamente entre mis labios.

-"Lentamente, que es muy grande", le rogué mientras yo seguía orientando la invasión.

Esas palabras le hicieron sentirse orgulloso y más seguro de sí mismo, y entonces se implicó en el avance usando sus dedos para lubricar cada movimiento haciendo uso de mis líquidos. Esa circunstancia y la insistencia de sus riñones por avanzar más y más, hizo que el trabuco acabara finalmente entrando de un solo envite dentro de mí. Fue delicioso sentir de nuevo una buena polla forzando el anillo de mi vagina, rozando las paredes que lo abrazaban, y fue también una gozada comprobar cómo aún era capaz de embadurnar de blanco un intruso así. Ambos gemimos al unísono esa entrada, que para él era la primera, y para mí era un reencuentro con el deseo. David ni siquiera me miraba a la cara. Fijó sus ojos sobre la herramienta que, por primera vez, taladraba las carnes de una mujer, y parecía estar muy concentrado en moderar sus embestidas, supongo que convencido de que podría hacerme daño, pero también evitando una sobreexcitacion que adelantara un orgasmo no deseado aún.

-"Dios, Eva, estás ardiendo ahí dentro", confirmó mi montador.

Pero yo estaba demasiado abstraída gozando una estaca de ese tamaño que, si me distraía, podría causarme dolor. Notaba claramente cómo llegaba a hacer fondo en cada movimiento, y debía regular esa sensación que pocas veces se había dado en mis relaciones íntimas. Al mirar hacia abajo la forma en la que David aumentaba el ritmo, también era testigo del engrudo que se iba acumulando sobre sus huevos. Yo intentaba no mostrar demasiada excitación, tal vez porque mi orgullo impedía mostrar que un primerizo pudiera hacerme llegar al paroxismo con tanta facilidad. Tras el gemido inicial de entrada, supe mantener bastante bien, y en todo momento, un forzado silencio que solo se rompía de vez en cuando con un leve gemido, siempre en función de la fuerza de la embestida. Mis ojos estaban ya en blanco y la respiración se tornaba abrupta e irregular. Procuré no mostrar con sonidos lo que iba a pasar a continuación, pero sí que le dije al muchacho, muy sigilosamente, y de forma pausada, "me voy a correr". Lo repetí una segunda vez, pero de forma más confusa. "Meviacorré". David no sabía muy bien qué es lo que debía hacer ahora, así que se limitó a acelerar la follada hasta que emití el sonido final y estiré mi cuerpo como una tabla, lo que le obligó a parar en seco dentro de mí.

-"¡Joder!", vociferó el chico al sentir cómo mis espasmos le ordeñaban el miembro.

Yo me llevé una mano a la boca para no gritar de placer durante las convulsiones, y cuando mi cuerpo me dio un respiro, aparté hacia atrás a mi amante para que saliera de mi interior. Agarré entonces su miembro reubicándolo otra vez entre mis labios gelatinosos, para invitarle a ensartarme y a repetir. Pero el chaval tampoco era un héroe, y tan pronto como notó mis dedos sobre su glande, debió recordarle lo que ocurrió unos días atrás y, precediendo con un sonoro y largo ¡"ahhhh!" agarró su propio miembro para guiar varias salvas solemnes y calientes sobre mi estómago, manchando también mi braga aparcada a un lado, y embadurnando todo el pubis y la zona superior de mis labios menores y mayores. Es decir, una vez más acabé semi cubierta con la densidad albina de David que, esta vez, no se ofreció a limpiarme, sino que cayó como una piedra sobre la alfombra, mostrando un estado de agotamiento que soslayaría cualquier atisbo de caballerosidad posterior. “Estás aprobado”, finalicé yo.

Fin


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