Bruma en el páramo

Por François Lapierre
Enviado el 17/05/2013, clasificado en Terror
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Siempre he tenido la firme convicción de que no soy un tipo con suerte, por eso cuando aquella espectacular morena se acercó decidida al rincón donde nos encontrábamos mi amigo y yo tomando unas copas y charlando sobre los últimos acontecimientos de esa semana, supe inmediatamente que el objetivo era él. Y aunque se sentó entre los dos y, amablemente, nos pidió si tendríamos algún inconveniente en que nos acompañase, yo sabía que, finalmente, él sería el afortunado y yo volvería a mi casa como había venido.

Aquella tarde había ido a visitar a mi amigo a su pueblo, un pintoresco pueblo de la sierra, de casas blancas y tejados rojos que escarpaban la montaña en vertiginosa carrera hacia la cima, carrera que terminó ganando la iglesia románica, monumental, y como no, reclamo turístico del lugar, que la coronaba cual emperador. A los pies de la montaña, donde finalizaba la carretera que llevaba hasta el lugar, se encontraba el bar de copas donde terminamos la tarde. Y siguiendo por la carretera flanqueada de viejos álamos hacia la salida del pueblo, un hostal de reciente creación, para descanso de los visitantes. A la derecha, tras la alameda, destacaba un páramo. A la izquierda, la carretera subía para bordear la montaña que cerraba la visión del pueblo desde el otro lado.

Fue tras el almuerzo cuando mi amigo, conocedor del lugar, me invitó a tomar un trago antes de emprender el camino de regreso. Acepté, aunque le advertí que solo tomaría una copa, ya que debía conducir, pero, como suele ocurrir, no fue solo una. Tras la segunda copa apareció la mujer que, como ya he dicho, era espectacular. De grandes ojos verdes, fina nariz, sensual boca carnosa y una voz delicada que enamoraba, tenía todo lo que un hombre puede desear en una mujer. Y no hablemos de su cuerpo, un cuerpo torneado que dibujaba a la perfección aquel vestido negro ajustado, de falda ligeramente por encima de las rodillas, rematado por unos zapatos de tacón alto, también negros. Ese negro que, no se sabe por qué extraña razón, vuelve locos a los hombres. Seguro que las bragas, diminutas, también serían negras.

La conversación se fue animando, empezando por las preceptivas identificaciones personales, dedicaciones laborales, aficiones, situaciones familiares, hasta desembocar en un ambiente más relajado donde empezaron a hacerse bromas y a contarse chistes en los que participábamos sin exclusión. La chica se alojaba en el hostal de la entrada al pueblo y, según dijo, estaba haciendo un trabajo sobre la arquitectura de la iglesia. No le llevaría más de dos o tres días más de permanencia el acabar, tras lo cual volvería de nuevo a su ciudad, que no llegó a mencionar. Tomamos, no sé si fueron, dos o tres copas más. Ella quiso correr con parte de la cuenta y el resto lo abonó mi amigo. A continuación abandonamos el local.

Ya se había hecho de noche y el trayecto hacia el hostal no sobrepasaba el medio kilómetro pero, por caballerosidad, decidimos acompañar a la chica hasta su alojamiento. Recuerdo que íbamos bastante calentitos, tanto por la cantidad de alcohol que habíamos ingerido como por la sensualidad de la chica y, en mi imaginación, rondaba la idea de meternos los tres en la habitación y pasar una noche sublime, porque ella era sobrada para los dos. Descarté la idea por fantasiosa.

Además de haberse hecho de noche, se había formado una espesa niebla que no dejaba ver más allá de cuatro o cinco metros. El frío era intenso y mi amigo se quitó la chaqueta para colocársela a ella por encima, gesto que agradeció con una amplia sonrisa que dejó entrever unos dientes blancos perfectos, con unos colmillos ligeramente puntiagudos, pero que le daban una belleza sin igual al conjunto. La niebla descendía formando pequeñas nubes a nuestros pies, que enseguida noté irse enfriando a medida que nos alejábamos del pueblo. La chica tuvo la feliz idea de que la acompañáramos hasta el bar del hostal, porque no quería acostarse tan pronto y se encontraba muy a gusto en nuestra compañía. Aquello prometía, por lo que no opuse ningún reparo a su propuesta. Aquel día se había transformado en mi día de suerte. Después de todo, mi fantasía no lo parecía ya tanto.

Cuando nos encontrábamos a poca distancia del hostal, la chica se excusó y se adelantó, rogándonos que la esperásemos allí ya que nos iba a dar una sorpresa. No se veía el hostal y nos preguntamos cómo sería capaz de encontrarlo con la espesura de la niebla. Podría perderse, por lo que decidimos seguirla contraviniendo sus indicaciones, pero era por su seguridad.

Sin darnos cuenta, siguiendo la dirección que había tomado nuestra compañera, nos desviamos hacia el páramo. Lo sé porque el frío se fue haciendo aún más intenso y, tras unos segundos donde el miedo de perderla se iba apoderando de nosotros, nos dimos cuenta de que, definitivamente, se había perdido, por lo que empezamos a llamarla por su nombre. La única respuesta que recibimos fue el ladrido insistente de algunos perros, lo que nos hizo pensar que habíamos vuelto sobre nuestros pasos en dirección al pueblo.

Los ladridos se hicieron más sonoros y, un momento después, lastimeros, con extraños gruñidos envolviéndolos. La niebla no nos dejaba ver absolutamente nada pero aún podíamos oír con claridad un gruñido sordo, entrecortado. Nos miramos, perplejos. Entonces, pudimos entrever una sombra que se acercaba a nosotros, posiblemente el perro que habíamos oído un momento antes. Un perro que habría sido herido por algún otro animal, posiblemente un lobo. Desde luego, era algo que se movía a cuatro patas, que avanzaba lento y que nuestra visión pudo finalmente identificar y, a la vez, dotarnos de pánico por la monstruosidad del animal. Con cercanas proporciones a las de un oso, con las fauces semiabiertas y chorreando sangre, tras un grito simultáneo, giramos y echamos a correr con la falsa esperanza de escapar de aquella bestia, de que nos perdiese de vista con la niebla. Y, también, por ese instinto conservador, nos separamos. Al menos, uno tendría la suerte de salvarse de aquella bestia.

Logré llegar al pueblo y meterme en el local de copas para pedir ayuda. Nos habíamos encontrado con una bestia en el páramo. La gente rió. “Vaya borrachera que ha cogido”. Nadie me prestó atención. Caí rendido en uno de los sofás del local y dormí un rato. Cuando me despertó el dueño para cerrar, salí de nuevo a la calle y me dirigí hacia mi coche. No sabía que habría sido de mi amigo ni de nuestra chica, pero la niebla seguía impertérrita. Pensé que ese era el único lugar seguro y, tras poner la calefacción, bajé el asiento para dormitar un poco más.

Cuando desperté escuché fuera la siguiente conversación:

• ¿Te enteraste?

• ¿Qué pasó?

• Jaime ha muerto, salvajemente atacado por algún lobo. A veces, se han acercado bastante. Lo vieron tomando copas ahí- señaló con el índice el lugar. - Acompañados de una chica, salieron del local bastante bebidos. Nada se sabe de sus acompañantes.

• Qué extraño. A ver lo que puede averiguar la policía. Igual viene hasta la televisión.


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