Un castillo en el claro (C.3.1)

Por La Maga
Enviado el 29/05/2013, clasificado en Fantasía
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Capítulo 3. El otro rey

 

Una nívea y espesa barba cubría gran parte del amable rostro de aquel imponente hombre que lo recibía a la puerta del castillo. Aparentaba haber vivido muchos años puesto que su frente y mejillas estaban surcadas por esas arrugas que suele regalar el paso del tiempo, pero aquellos ojos, inteligentes y vivos, parecían contradecir tal conclusión. Klaus no podía creer que fuera el propio amo del castillo, el que acudiera a atender su llamada. Sin embargo, por sus ricos ropajes y elegante porte no le cabía la menor duda de que se trataba de un noble (al que durante más de 4 años había imaginado como el “otro rey”). El joven príncipe pensó que quizá tal recibimiento se debía a que lo había reconocido. Este pensamiento lo inquietó sobre manera al darse cuenta de que podría no ser partidario de la Corona, lo que constituiría un grave problema para Klaus. Sin embargo, tal temor abandonó los pensamientos del chico en cuanto vio la amplia sonrisa que le regalaba el que sería su anfitrión. Se fijó además en un extraño anillo dorado con una piedra negra en el centro que el hombre portaba en el dedo anular de la mano izquierda y al que dirigió una fugaz mirada para a continuación poner los ojos en el propio Klaus.

_Buenas noches joven, ¿Qué hacéis por aquí a horas tan tardías?_ A klaus le sorprendió gratamente la familiaridad con que lo trataba. Al fin alguien que no se inclinaba ante él. Quizá podría tener una conversación distendida y fluida, sería fabuloso.

_ Buenas noches señor, lo cierto es que he huido de unos rufianes que me mantenían cautivo en un habitáculo frío y húmedo a pocas varas de aquí_ Contestó tiritando.

_Estaréis helado y hambriento. Pasad al interior y comeremos algo mientras me lo explicáis todo con detalle_

Klaus siguió al anciano y enseguida lo invadió un bienestar que invocaría a lo largo de toda su vida. Automáticamente entró en calor y empezó a sentir un reconfortante hormigueo que constituía la sensación más placentera que había experimentado hasta entonces.

Entraron en un salón sorprendentemente acogedor a pesar de sus grandes proporciones. Las chimeneas estaban encendidas y una tenue y agradable luz invadía toda la estancia. Las paredes estaban cubiertas de coloridos tapices con dibujos que a Klaus le eran completamente desconocidos y maravillosos cuadros que mostraban los barcos más extraordinarios que el muchacho pudiera imaginar. Encima de una de las chimeneas, habían colgado incluso una colección de nudos marineros. El suelo estaba cubierto por ricas alfombras además de enormes y mullidos cojines. El muchacho no sabría decir si la dulce y relajante melodía que se escuchaba estaba únicamente en su imaginación o si por el contrario había alguien en el castillo tocando algún extraño instrumento.

La desconfianza de Klaus había desaparecido por completo y se vio en la necesidad de explicarle al anciano la situación en la que se encontraba. Por algún extraño motivo, tenía la certeza de que aquel noble podría ayudarle a afrontar su grave problema. Tomaron asiento en aquellos confortables cojines frente a una mesa muy baja, que podían usar cómodamente desde donde estaban sentados y que poseía unos pies forjados con maestría por algún artesano, seguramente extranjero, puesto que jamás había visto nada igual. Durante toda la conversación el anciano lo escuchó atentamente sin apartar la mirada de su rostro, lo que no hizo más que aumentar la confianza de Klaus. No fue hasta que el joven heredero hubo terminado de explicarse, que el anciano se levantó y lo instó a esperar.

_ Klaus, creo que es hora de que comáis algo. Esta jarra de vino no es suficiente para que recuperéis fuerzas_ Aguardad aquí un momento y seguiremos conversando_ le dijo pensativo y con el ceño ligeramente fruncido.

_Por supuesto, estoy muy agradecido por su hospitalidad_ respondió el joven.

Unos instantes después, el noble regresó y le explicó que enseguida les traerían algo de comer. Además había ordenado que preparasen un cuarto para Klaus. Estaría más seguro allí hasta que hubiera pasado el mayor peligro. Era mejor que sus captores bajaran la guardia y entre tanto trazarían un plan. Al príncipe le pareció los más sensato y decidió seguir los consejos del “otro rey”.

Pasados unos minutos, una mujer entró precedida de una extraña mesa con ruedas que portaba exquisitas viandas y un par de jarras de vino. A Klaus le sorprendió la agilidad con la que se movía. Le pareció poco más joven que su señor, de corta estatura, menuda y con ademanes elegantes. Pensó que era la sirvienta más inusual que había visto nunca.

_ Espero que disfruten del refrigerio_ les deseó la extraña mujer. _Joven, su cuarto está preparado para poder usarlo cuando guste_ La mirada cómplice entre los dos ancianos extrañó a Klaus.

Seguramente la mujer llevaba largo tiempo al servicio del noble y era probablemente su sirvienta de confianza. Curiosamente, esta tomó asiento en el otro extremo de la estancia frente a una de las chimeneas y se dipuso a leer un libro con extraños caracteres. ¡Una sirvienta leyendo! Como tal comportamiento no pareció incomodar a su anfitrión, el joven no hizo comentario alguno. Klaus nunca había conocido a ningún noble que se dirigiera a sus sirvientes del modo en que lo hacía el anciano, claro que tampoco nadie había tratado al joven príncipe con aquella naturalidad.(continuará)


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