La Conquista (Parte Uno)

Por EM Rosa
Enviado el 28/03/2012, clasificado en Ciencia ficción
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El esfuerzo y energía que le demandó la simple operación de abrir los ojos aunque más no fuera unos milímetros le planteó una idea del estado de deterioro en que se encontraba. Las difusas, borrosas e incomprensibles imágenes que se presentaban ante su vista, también. Sentía un inmenso y profundo frío, a pesar de que tenía la sensación de estar tendido de espaldas sobre algo tibio y viscoso. Le invadía una parálisis generalizada que abarcaba todo su cuerpo, realizar el movimiento más trivial constituía un imposible absoluto…

No sentía nada…

Toda su conciencia respecto a lo que sucedía en su entorno se reducía a los indescifrables bultos que parecían pasar por sobre él… caóticos, frenéticos, vertiginosos. Lo demás, imposible, no recordaba absolutamente nada de lo que lo había llevado a ese estado, como si su memoria a corto plazo se hubiera desconectado. A su mente solo venían retazos de un pasado algo más remoto…

Pero no sentía nada…

                                        ………………………..

 

Khala se ponía tras la cordillera de Ataharya, la de los altos picos de los hielos eternos. Sus últimos rayos se reflejaban en las nieves lindantes a los montes más altos formando abanicos multicolores, pintando tonalidades en el Valle Este. Del otro lado del imponente macizo montañoso, el Valle Oeste prolongaba su día a resguardo de las sombras de las montañas.

La figura al borde de la saliente del precipicio era ajena a la belleza del paisaje. Sus pensamientos deambulaban por caminos más tortuosos y mundanos. Había nacido en una tribu de labradores, de gente simple de manos ásperas y hábitos sencillos, que olía a tierra y sudor, que pasaba hambre en época de sequía y se alimentaba de granos y pan cuando el gran dios Sila les sonreía pero sin dejar de guardar para cuando no lo hacía. El Valle Del Este era así, vivía de su trabajo, ajeno a lo que pasaba del otro lado de Ataharya.  Shuala no.  Maldecía haber nacido de este lado, deseaba tanto estar del otro, el lugar de las grandes aventuras, cuna de conquistadores y ejércitos sanguinarios. Donde el junk, divino metal precioso, adornaba los cuellos de bellas hembras junto a las gemas de Daseral y Morbia. Allí los niños crecían junto a los soldados, y la guerra, la conquista, eran temas de trato diario y habitual. Allí nadie sembraba ni trabajaba el campo, para eso estaban los esclavos, las decenas de miles de esclavos recolectados en las numerosas y heroicas campañas militares, que morían de a cientos cada día de fatiga y hambre dando la excusa perfecta para otra incursión, otra aventura, otra matanza. Una vez, siendo un muchacho, había cruzado la cordillera en una tortuosa y terrible travesía con el fin de formar parte, de incorporarse a aquellos que tanto admiraba. Se habían reído de él y lo habían echado a golpes.  Nunca sería aceptado porque él era un error. No era ni una cosa ni la otra. Era un guerrero nacido entre campesinos. Pero no se había resignado a su suerte, de alguna manera había corregido en parte ese error. Había viajado mucho, trajinando los más peligrosos caminos, allí donde la vida poco valía y solo moraban marginados y renegados. En ese sub-mundo se encontró en su elemento y tentó a la muerte en todas sus facetas. Pero además tuvo suerte. Un legendario soldado renegado le enseñó las artes de la guerra y la lucha y  Shuala demostró gran interés y talento, hasta convertirse en imbatible. Se batió en todos los terrenos en interminables correrías sangrientas junto a su mentor y su horda de innombrables. La enorme colección de cicatrices que recorrían su cuerpo de punta a punta daba mudo testimonio de su ferocidad y valentía. Su desfigurado rostro, partido al medio en diagonal por un fallido golpe de hacha, solo inspiraba horror y no pasó mucho tiempo hasta que su propio mentor comenzó a temerle. Fadish, así se llamaba, era un guerrero cabal pero Shuala  era un asesino y para cuando terminó de tomar conciencia  lo había matado y quedado con su pequeño pero atroz ato de marginales. Fue así que se embarcó en las más atroces y sangrientas matanzas contra tribus indefensas que apenas si podían ofrecer una débil resistencia.

Y fueron pasando los meses y los años y su nombre se comenzó a pronunciar en todo el valle, susurrado, como evitando una demoníaca invocación. El número de sus adeptos fue creciendo en número y calidad, lo que antes era una horda desorganizada y brutal poco a poco fue tomando cariz militar y pronto se convirtió en un ejército numeroso, disciplinado y letal. Pero, claro, Shuala ya se aburría de masacrar pobres indefensos, quería probar su potencial frente a una milicia verdadera. A veces su mirada a traspasaba la cordillera, hacia el oeste, y pensaba en aquellos que lo rechazaron, que lo despreciaron…pero sabía que estaba lejos aún de hacer siquiera frente al más pequeño de los pelotones del otro lado…Y eso lo deprimía. Y cuando se deprimía solo una cosa lo levantaba: Matar.

 

                                               ……………………..

 

Su visión iba ganando claridad lentamente, ahora veía unos mástiles de madera muy cercanos a él, apenas a unos veinte o treinta centímetros, unos muy perpendiculares, otros más inclinados, unos más cerca, otros algo más alejados. En total creyó contabilizar seis. Poco a poco el bullicio y agitación inicial se iba acallando dando paso a sosegados gritos emitidos en forma de órdenes, aislados, cansinos. Vio figuras de pie caminando lentamente, espadas y lanzas en mano. Eran soldados…tintos en sangre…heridos quizás pero con la postura de la victoria. Entonces recordó…

 

                                         …………………………

 

Los años habían ido pasando y Shuala ya era todo un general, con la diferencia de que no poseía la ética militar imperante en la época. Para él un derrotado y un muerto eran asuntos coincidentes. Sus efectivos ascendían a varios miles y como todo el Valle Este le pertenecía, se veía obligado a vivir una paz forzada ya que no podía pelear contra si mismo. De todas maneras cada tanto organizaba alguna carnicería para romper la monotonía sacrificando unos cuantos cientos de inocentes en masacres tan sangrientas como innecesarias pero recibiendo, con una frecuencia cada vez más alta, reproches y rechazo por parte de su plana mayor quienes no compartían su gusto por la diversión. De todas maneras dichas actividades cada vez lo distraían menos y, en realidad, ya todo lo aburría. 


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