Cuando veas una cascada

Por François Lapierre
Enviado el 26/06/2013, clasificado en Infantiles / Juveniles
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Juanito tenía mucha ilusión por ir a ver la cascada del río. Para los que no lo sepáis, una cascada es una caída de agua desde una altura variable. El espectáculo es siempre muy bonito. El río se encuentra corriendo por una montaña y la montaña se corta. Entonces el agua cae desde arriba con mucha fuerza, y abajo llegan a formarse grandes agujeros que se rellenan con el agua que sigue cayendo, porque no deja de caer nunca. Es un misterio ¿no? Pero cuando seáis mayores lo comprenderéis.

Como iba diciendo, Juanito quería visitarla. La vio una vez, solo un momento, y hubiera querido quedarse más tiempo, pero no podía. Eso lo dejó un poco triste, pero pronto lo olvidó.

Y entonces, llegó el día en que su padre le prometió que volverían al bosque donde corría aquel río que, por el corte de la montaña, caía formando columnas de espuma blanca, tropezando con grandes piedras mientras caía, y formando un arco iris cuando llegaba abajo. Un arco iris que nacía de una nube que se formaba justo encima de donde volvía a correr el río. Otro misterio que también llegareis a comprender algún día. Quizá alguno de vosotros, los más mayores, ya sepáis el por qué de su formación.

Juanito estaba loco porque llegara el día siguiente, que era cuando iba a ir. Estuvo toda la tarde preparando su mochila. Metió un cuaderno para hacer dibujos. Le encantaba dibujar. También metió una cámara de fotos que le regalaron cuando hizo su primera comunión. Una cámara que ya sabía manejar, y que hacía unas fotos buenísimas. Daba vueltas por su habitación pensando qué más podía llevarse, que no se le olvidara nada. ¡Una cantimplora!, sí. Necesitaba una para llenarla de agua de la cascada, y así tenerla para siempre, como recuerdo.

Él creía que el día siguiente no iba a llegar nunca, pero eso no pasa. Los días que tienen que venir, vienen, y los que han pasado ya no podemos recuperarlos si no es recordando los momentos buenos que hemos vivido. Siempre hay que pensar en los momentos buenos. Los malos, mejor dejarlos olvidados, porque no nos traerán más que las tristezas de cuando ocurrieron. Y eso no lo debemos hacer. Tenemos que vivir siempre con alegría.

Y llegó el día. Juanito, que normalmente tardaba un poco en levantarse, se levantó rápidamente. Se lavó su cara para quitarse esas legañas tan molestas que salen siempre mientras dormimos, y también los dientes. Se vistió y después se peinó. Ya sabía hacerlo él solito, sin ayuda de su padre o de su madre, y se fue a desayunar. No comió mucho porque estaba nervioso por salir, pero su madre le preparó un buen bocadillo para que se lo comiese más tarde, quizá cuando estuviera frente a la cascada.

Su padre tenía un coche buenísimo. Corría mucho y no lo adelantaba nadie. Su padre era el mejor padre. A veces hasta llegó a darle pena que otros niños no pudieran tener a su padre. Pensaba que los otros no serían tan buenos como el suyo. Y en eso se equivocaba, porque cada hijo piensa que su padre (y también su madre) es el mejor. Llegaron muy pronto. Abandonaron la carretera por la que habían llegado y se metieron en el bosque por un camino. Juanito ya podía oír el ruido que hacía el agua del río y se impacientó un poco más.

La cascada estaba un poco más abajo, pero el coche no podía llegar hasta allí. Así que Juanito cogió su mochila y, ¡a caminar!, que también es muy bueno. Si vosotros no lo hacéis pedídselo a vuestros padres para que os acompañen hasta algún sitio donde podáis caminar sin peligro y, si puede ser, junto a ellos. Veréis qué bien lo pasáis, sobre todo si podéis disfrutar como Juanito de estar en plena naturaleza.

El río corría limpio, y no se veían peces en él, quizá porque iba muy rápido y se llevaría los peces a otra parte. Los peces no pueden sujetarse a nada. Entonces el agua se los lleva, como también se lleva las hojas que caen de los árboles, las ramas, las piedrecitas más pequeñas, un papel que caiga... Juanito caminaba junto a su padre sin dejar de mirar el río. 'Pronto estaremos en la cascada' le dijo su padre mientras avanzaban.

Y al fin, allí estaba. 'Qué bonito' 'Estaría todo el día, todos los días, mirándola' Porque el agua no cae siempre de la misma manera aunque lo haga por el mismo sitio. Y la nube, y el arco iris. Juanito decidió que había llegado el momento de tirar algunas fotos y así lo hizo. Después le entró hambre y se acordó del bocadillo tan bueno que le había preparado su madre, y se lo comió mientras seguía observando el agua caer. También bebió agua de la cantimplora para vaciarla y así poder rellenarla con el agua de la cascada, como recuerdo. Después sacó su cuaderno para intentar dibujarla, pero era muy difícil dibujar algo en movimiento ¿no creéis?

Su padre le dijo que se quedase allí un momento, que no se moviera. Solo iba a dar una pequeña vuelta, que no se preocupase porque lo iba a estar vigilando. Juanito no tenía miedo. Sabía que su padre estaría siempre protegiéndolo de cualquier mal, que no le iba a pasar nada, y se concentró en su dibujo.

Entonces vio algo que se movía junto al final del arco iris, algo que, desde donde él estaba, era imposible saber qué era. Se levantó y se acercó un poco más. Su padre lo vio moverse pero, como sabía que estaba dibujando, pensó que iba a hacer otro dibujo desde más cerca y no le dijo nada. Hay que decir que Juanito no tenía gafas, o sea, que veía muy bien. Pero lo que estaba viendo no podía creerlo. Aquello tenía que ser ¡un duende!, pero si no existían.

Una figura humana del tamaño de su dedo meñique, o quizá aún más pequeño, estaba saltando de piedra en piedra sin haberse dado cuenta de la presencia de Juanito, o eso le pareció a él, porque entonces oyó una vocecita, vocecita que costaba trabajo oír por el ruido del agua. Juanito no quería asustarlo pero se acercó un poco más. Hablaba en su idioma.


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