Pasión Ilícita

Por Tarrega Silos
Enviado el 15/07/2013, clasificado en Drama
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Pasión Ilícita

En el jardín de una iglesia, un consumido hombre me habló de su más profunda turbación: el recuerdo de su exesposa, a quien vio por última vez hacía 25 años. Como tantos peregrinos del espíritu a mitad de su viaje, refugiados en los evangelios, aquel hombre poseía esa extraña mirada consumida en su rostro tallado por la tristeza. Aquel viejo, se me aproximó después de notar cuan aprensivo quedé ante el paso de una hermosísima mujer que salía de la Iglesia. Con el tono sobrio y acompasado me dijo refiriéndose a ella: "Una mujer especial sin duda, y casada además". La declaración del viejo me dejó desarmado y culpable, pero imprudentemente dejé que mis palabras salieran:
"Nadie sabe lo que alberga el misterioso corazón de una mujer". A lo que el viejo contestó: "Tenga usted cuidado con lo que desea, porque puede hacerse realidad". Entonces sentándose en mi banca me compartió, en palabras sollozantes, esta bizarra historia.
Una tarde inadvertida la amada esposa de un hombre joven, no regresó a casa. Ahogado en la angustia, él infructuosamente la buscó entre parientes, amistades y hospitales. La mañana del cuarto día de la desaparición, recibió junto con una marea de confusión, una llamada de la policía con la solicitud para asistir a la morgue municipal.
En ese momento, el viejo guaro silencio y quebrado en lágrimas, me estiró un recorte viejo de diario que llevaba en la cartera. Después de leer el encabezado, me fui sumergiendo en el estupor. Cito el texto de memoria:

“Pacto sangriento
"La noche del lunes 14 de junio, en una dramática escena, un hombre y una mujer fueron encontrados muertos en un hotel de la localidad. En la cama de una habitación sin lujos, yacía una mujer de 30 años, semidesnuda, con dos impactos de bala en el pecho. Frente a ella, permanecía sentado aún con un arma entre las piernas un varón con un disparo auto infligido en la cabeza. Sin oreos rastros de violencia alrededor de la pareja, la policía cree que lo sucedido fue consensuado, como el fin abominable de un romance ilícito. Asesinato y suicidio.
El encargado del hotel informó que la pareja occisa, había permanecido todo el fin de semana en la habitación, a la cual acudió, cuando escuchó las detonaciones. La policía pudo localizar a un individuo cuyo nombre aparecía en la agendilla de la fallecida. Aquel hombre era el marido, quien pudo identificar el cadáver de la mujer, que en vida fue madre de dos niños. El marido declaró que la mujer faltó a su casa, sin aviso alguno. Durante el interrogatorio confesó haber detectado meses antes, un comportamiento inusual en su esposa, que lo llevó sospechar de alguna infidelidad. Sin embargo el pobre hombre no pudo dar crédito cuando reconoció en el anfiteatro al varón fallecido, su rival..."  Entonces el viejo que seguía mis expresiones, interrumpió mi lectura. Sí mi esposa simplemente me hubiese sido infiel, los años, al fin, me habrían resignado y tal vez la habría perdonado. Entender las razones que llevan a una pareja a renunciar a todo y entregarse a la muerte, con tantos agravantes, como el de la maternidad negada rebasa mi comprensión. Pero lo que me alejó definitivamente del perdón fue algo más:
Cuando se me pidió identificar en la morgue al varón fallecido junto a mi esposa, y el rostro de aquel occiso tumbado en la grosera mesa de concreto, quedó descubierto frente a mí y sus facciones fueron tomando familiaridad, el personal de la morgue debió sacarme a la fuerza, pues la ira se había apoderado de mí, precipitándome a golpear salvajemente aquel cadáver, bautizado en mil maldiciones. Casi me negué a confirmarle a la policía que el fallecido era mi propio cuñado. Si, el hermano de mi esposa. Mientras la furia me inundaba de nuevo cada noche, recordaba las innumerables noches que los recibí a ambos muy tarde después del trabajo, siempre agradeciendo con él por traer a mi esposa de regreso a casa. También las muchas tardes que la vi salir de compras, cuidadosamente acicalada, pero quedando tranquilo sabiendo que su hermano y la acompañaba. Fue una doble traición.
 Ni aún mucho después de saber la identidad del hombre con quien yacía mi esposa, logré entender, me negué a imaginar, como ellos, pudieron contemplarse mutuamente como hombre y mujer, como pudieron amarse hasta lo prohibido.
No volví a encontrar a aquel viejo, creo que por fortuna. Pero aún me queda el estupor al recordar aquella inverosímil relación. Pero aún más incomodidad y temor me quedó de la profunda oscuridad en la que aquel viejo sobreviviente, se había hundido.


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