ACORDES ENCADENADOS

Por Laura Mir
Enviado el 16/07/2013, clasificado en Varios / otros
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Oscurecía tras los cristales.

Y me proponía a trabajar un rato, laboriosidad tediosa de despacho, archivo aburrido de papeles, trasvase de agendas, alguna que otra llamada anónima a anónimos teléfonos, sacados atropelladamente desde Internet, toda una aventura con los auriculares, quizás con la vana y fútil esperanza, debido a estas fechas, de poder concertar una visita con la persona del otro lado del aparato; si pudiera y tuviera ganas, con un poco de suerte podría mostrarle mi pesado, colorido y extenso catálogo.

Marqué el número, pero me equivoqué y contestó una voz masculina, grave y varonil, pero muy armónica; que nada tenía que ver con cuadros, marcos y pinturas, aunque sí tiene que ver y mucho, con el arte, pero el musical.

Profesor de música, retirado a destiempo, de palabra fácil y raciocinio casi perfecto. A mi entender de muy nobles sentimientos. Nos pusimos hablar de nuestras expresiones artísticas, como sustitutivos de nuestras emociones, porque nada alimenta tanto al creador, como vivir dentro de su emotividad, un sinfín de estímulos exteriores, y siendo sincero con su mundo interior, el emotivo, dejar impresa esa  huella personal de sensibilidad que lleva dentro, esa que solo un artista parido con el gen que lo condiciona, desde una ternura infinita y mimo extremo hacia su obra, es capaz de expresar. Porque no olvidemos que el arte en sí, es una expresión mental.

Conversamos telefónicamente durante 79 minutos, 48 segundos, se me pasaron volando. Hablamos del amor, en su más pura esencia, actualmente muy de moda; sí nos sentimos queridos, queremos. El captó al vuelo mis conceptos, más allá de mis palabras. Más allá de las suyas, yo capté la clave de sol en su pentagrama. Porque no importa la condición, la distancia, la edad, ni la altura. Le hablé del amor que siento por otro hombre. Me  entendió. Y ambos renacimos en aquellos momentos de sentimientos expresados, cosas vividas otras veces, en un simple sentir de corazón lento.

Su comprensión me hizo sentir un poco más dichosa, más comprendida y quizás más comprensiva hacia este mundo que me rodea y al que me reconozco ajena muchas veces, me hizo ver como por arte de magia, mucho más lo imperfecto del humano, pero a su vez lo más volátil, lo más divino, en definitiva cierta profundidad etérea de lo que llamamos humanidad. 

Me preguntó mi nombre, le dije:  Elena.

Vislumbré que no hablaban nuestras bocas, eran nuestras aptitudes mentales las que se comunicaban. Hacía tiempo que no se sentía inspirado, como para poder componer una balada. Toda su amena conversación me hizo reaccionar en un acto de amor irreflexivo. Y le dije, que cuando se levantará mañana, compondría una buena tonada. Como si fuera así de sencillo.

Nos despedimos y quedamos en que nos llamaríamos otro día.

 Al día siguiente, cerca de las doce, cuando me disponía a visitar a una clienta, que me había dado esquinazo varias veces, sonó mi teléfono. Descolgué.

-        ¿Si, digame?

-        ¿Elena?

 -        Sí, soy yo. 

-        Soy Joaquín. Escucha.

Supongo que colocaría el teléfono sobre su piano.

Y empezó a sonar una balada bella, bañada en sensibilidad, suave, fresca y ligera de nota fina, pero con un deje triste. Mientas la oía, se erizo mi piel y las lágrimas nublaban mis ojos, me llegó al alma. Me sentí definida en cada acorde, en cada espacio, en cada tecla que el tocaba.

 -        La he compuesto esta mañana.- Me dijo. 

-         Es preciosa.  

-         Todas mis baladas tienen nombre de mujer. – Comentó. 

-        Muy bella!. ¿Qué nombre has decidido que le pondrás?- Le pregunté. 

-        Balada para Elena.

Solo puedo decir que me quedé escasa de palabras, cosa muy rara en mí, nadie en toda mi vida me había hecho un regalo tan maravilloso y tan desinteresado. Y deseé desde mi corazón que siguiera con la inspiración suficiente para seguir componiendo día a día esta música, este envolvente emotivo para abrazar con sensibilidad nuestros sentidos.

El pretende que le ponga mí letra a su música. Y no me queda más que decirle:

-“Tócala otra vez, Quím.”. 


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