VECINDARIOS. PARTE 1

Por Claudia Arbeláez
Enviado el 17/07/2013, clasificado en Reflexiones
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VECINDARIOS                               

 

 

Nací en un valle inmenso y aparentemente proporcional a mis pasos, qué más podría pedir. Ahora sé que tengo dos grandes alas, tal vez ya no tengo la edad precisa o no preciso en mi edad; pero los días parecen nuevos y busco desvanecerme en las cosas sencillas y realmente plácidas de la vida.

 

Me complazco en decir que a pesar de los días grises, no he perdido la capacidad de jugar, de imaginar lo que no está al alcance de mis manos, puedo crear y creer y lo más importante, no he perdido la devoción; todo lo contrario, empiezo a sumergirme en mi propia esencia y a beberme la ajena en la medida de mis deseos. Espero no fallar en los nuevos intentos y si lo hago, entenderé que el error es uno de esos pasos para llegar a la cima última, donde habitan el perdón, la locura y los principios universales.

 

Este despeje sorpresivo me dice que “el punto de llegada siempre es el punto de partida”, de lo contrario vivir tendría el mismo sentido que la búsqueda en el vacío. 

 

Ahora entiendo que la vida es algo más profundo, no sé si menos o más perfecto de como se nos ha dibujado, pero digno de muchas alabanzas y nunca es tarde para acatar su enigma. La existencia es una honda presencia de las cosas y los seres, aunque florezca en campos elementales y primarios y si el dolor viene a ser parte del fuego que agota cualquier posibilidad de frescura, bienvenido porque también es un camino. Y es preciso hoy cuando quiero hablarte de esas cosas que nos aquejan y a veces nos debilitan haciéndonos sentir intrusos y desvalidos; amenazas de la vida que no son fáciles de asumir como comprender al verdugo y sus causas, tolerar este ardor del alma y decirle que no se inquiete tanto.

 

A veces pienso que es difícil acoplarse a esta tierra, a las experiencias que nos conmueven, al dolor que en muchas oportunidades nos circunda, infortunios ajenos, derrotas y todo aquello que nos sorprende cada día. Pero la tierra parece soportarlo todo, quién sabe hasta cuando; sigue aceptándonos y abriendo sus campos con el mismo brillo.

 

Hoy es uno de esos días en los cuales abro los ojos y veo un mundo bordado en la indiferencia, decadente y frío; un mundo donde las mejores obras parecen agotarse, habitado por seres subordinados que abrazan sin remedio la posibilidad de otra tierra donde puedan ser acogidos. He aquí el origen de toda desesperación, el afán por surgir si es que se ha limitado la existencia al desconocimiento de lo sublime, nos sorprende este gran llamado sueño de volar hacia otros muros. Creo entonces que no habrá otra tierra, otro valle como este si no logramos conservar esa rara manía de extender los brazos por encima de toda incertidumbre.

 

Entiendo ahora que es posible nacer de nuevo a la vida, teniendo en cuenta que también se nace después del caos, de un largo período de ahogo, de interminables vuelos, noches de suplicios, irremediables pérdidas y caídas. Después de todo“la vida se puede nombrar desde la locura y la sensatez, ambas una misma daga y una misma flor”.

 

Sé que parece una contradicciónhablar de algo profundo y elemental a la vez, pero en eso se va resumiendo el acto de vivir y vive quien es capaz de disiparse y abrirse al universo en toda su extensión, quien puede proferir discursos de ensueños lo suficientemente sencillos e inalcanzables desde cualquier costa; sin importar el espacio que nos rodea. Cualquier experiencia basta si podemos rendirnos ante el acto más diminuto que implica la existencia y es eso lo que me trae hasta aquí.

 

Comprendo que para muchos el paso por el mundo se hace irremediable, por fortuna, nacen seres que no sucumben a esta insostenible realidad y prefieren derrocar todo mandato, levantan sus alas y se dejan llevar por las nubes, sin que exista el menor deseo de regresar aunque las raíces amarren.

 

Entre tanto ir y venir se comienza a reconocer el peso de la libertad, el amor como presencia del otro hasta en su más mínima expresión, la lentitud, el esparcimiento por el pequeño mundo, la vaguedad, el disfrute de lo certero aunque no tenga medida y porqué no, el despliegue total de nuestras emociones sin causa que las pueda justificar. Estos actos de fe que se van quebrantando en algunos seres conforme al paso de los años, hacen que en otros no mueran las ganas ni el deseo por la vida. Se está ahí sólo si podemos derrumbar todo horizonte que nos separa de las cosas a veces oscuras, hasta descubrir su brillo, porque en el fondo se construyen de luces.

 

La vida es precisamente fuente de toda experiencia humana, tantas veces escuchando: Juan se lanzó desde el puente, el amante de María mató a Mario, Pedro salió desnudo corriendo por la calle, hay un hombre que predica siempre en al atrio de la iglesia, Roxana repite poemas de Neruda, Silvio canta, Luis cocina, Isabela se debate entre la vida y la muerte por una sobredosis delocura, Roberto riega las flores y Damián hubiera sido el nombre perfecto de haber sido hombre. Son estas andanzas las que parecen tan inverosímiles y precisamente son las que construyen a plenitud nuestros senderos.

 TOMADO DE: VECINDARIOS


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