SUEÑOS, CAMINANTES Y DESTINOS. (BUSCADORES DE SUEÑOS)

Por Claudia Arbeláez
Enviado el 31/07/2013, clasificado en Fantasía
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A la hora de las tinieblas, el canto de la ocarina devoraba el rugido entrañable del bosque. La fragancia proveniente del pino verde se detenía entre arpas y guitarras.

 

El mantel se posaba sobre la hierba bañada por la nieve y en el centro una canasta llena de fresas y duraznos aguardaba un caluroso ritual.

 

Los hombres revivían los lamentos célticos inundados de notas provenientes de largas trompetas; recordando al poeta que enaltecía la mano del héroe en cada batalla, en años prehistóricos.

 

Toda melodía vertía sus encantos sobre aquella tela, sobre los hilos que se unían para acunar frutas, copas y brazos dispuestos para el encuentro.

 

Para los caminantes era posible tejer pedazos de canciones una y otra vez sin importar su origen, forma o etnia; conjurando así una leve estadía y hacer que la cena fuera menos efímera y quedara tallada en los múltiples vestidos. Era así como la música se deslizaba entre múltiples sensaciones, para pincelar el inalterable brillo del beso jubiloso.

 

Junto al mantel que entapizaba la pradera, el sándalo se esfumaba haciendo alarde de su levedad, la leña crujía y el bálsamo se extendía sobre el granizo que aún se conservaba tímido entre las pequeñas y desvalidas hojas de un naranjo.

 

Alrededor de la mesa se gestaba un baile anunciando el momento para la comunión, las danzas aplacaban el miedo y fortalecían el fuego que ardía como símbolo de pureza y poder.

 

Después de enunciar cantos de alabanza los hombres se despojaban de sus túnicas y sandalias, ungiendo sus cuerpos con el ámbar sagrado, dispuestos a beber el vino. Pero antes entrelazaban sus manos elevando la oración de la unidad a los espíritus protectores para que su bendición cobijara toda la estepa. Nacía el ritual del alimento.

 

Esta vez el elegido tomaba las frutas del canasto y servía el vino en viejas conchas de mar, ofrecía a cada uno el alimento justo, que con las manos limpias los hombres tomaban. Se nutrían de mieles saboreando lentamente la esencia de elementales porciones de naturaleza, incorporándolas a su vida entrañable.

 

Cuando por fin las manos se habían enjuagado con el líquido proveniente de la jarra, se vestían de nuevo atando los lazos a sus cinturas y calzando sus pies. Doblaban el mantel, recogían el canasto vacío, apagaban la hoguera, levantaban la jarra y partían hacia otro lugar. Después de una larga caminata, algún árbol les brindaría de nuevo una sombra para dormir y así seguirían buscando el secreto del buen rey, el mismo que ocultó tras las montañas días antes de partir.

 


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