Luz roja

Por Frank Mayhem
Enviado el 25/08/2013, clasificado en Adultos / eróticos
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Abrí los ojos. La tenue luz roja inundaba toda la habitación. La escena parecía sacada de una orgia en la mente de Satanás.

 La cama y el único mueble que había estaban destartalados. Una diminuta bombilla recubierta por un pañuelo rojo gobernaba todo aquel minúsculo y asqueroso habitáculo localizado al norte de Tailandia.

Metí la cabeza entre las rodillas y aspiré profundamente. Había un hedor a sudor y vergüenza muy fuerte en el ambiente, toda la habitación estaba envuelta por una atmosfera muy cargada.

Me incorpore de nuevo en aquel sofá lleno de sospechosas manchas. Mire a la chica que estaba bailando frente a mí. Tenía el cuerpo de una niña de dieciséis años aunque era mayor de edad, la pederastia no era uno de mis múltiples defectos. Se contoneaba al ritmo de una música electrónica espesa como toda una profesional fingiendo que le gustaba aquella situación, en su mirada pude ver un desesperado grito de socorro; sus ojos no paraban de mirar hacia la puerta como si estuviera rezando para que su padre y su madre entraran en cualquier momento y la salvaran de aquel lugar infecto, pero ambos sabíamos que eso no iba a pasar.

Me encorvé sobre la mesa y tome en mi mano una vieja tarjeta de supermercado. Inunde uno de sus picos sobre el montoncito de ketamina que había y lo aspire tan profundamente que me tiro hacia el respaldo del sofá con los ojos cerrados. Poco a poco empecé a notar como dejaba de sentir mis piernas, y mi cabeza empezó a flotar yéndose lentamente a un lugar muy lejano, llevándose consigo todos mis problemas, aunque era consciente que cuando todo aquello acabara volverían a estar allí donde los deje.

Volví a abrir los ojos, mire al techo. Estaba cubierto por centenares de pequeñas manchas y desconchones, incluso se podía percibir un montón de huellas de zapato que formaban una parábola un tanto estrambótica. Solo dios sabe cómo llegaron aquellas pisadas allí.

Quería cerrar la boca y abrir un poco más los parpados pero los narcóticos que llevaba consumiendo estos dos últimos días me impedían hacerlo. Un diminuto hilillo de babas se escapaba por el lado derecho de mi boca pero me daba igual, de la misma forma  que lo hacían las miles de gotas de sudor que cubrían mi cuerpo. Era como estar en una sauna.

La joven seguía bailando, la canción había cambiado, pero su horrorizada mirada seguía observándome igual de temblorosa. Intente adivinar por las múltiples cicatrices de su cuerpo las decenas de atrocidades, torturas y vejaciones a las que había sido sometida por monstruos psicóticos y depravados, pero la cabeza me daba demasiadas vueltas.

 Clave la mirada en su culo: pequeño, prieto y sin un gramo de celulitis. Me provoco  una enorme erección. Su bronceada piel invitaba a pensar que probablemente sus campesinos progenitores la habían vendido a la mafia que regentaba el lugar a cambio de una diminuta cantidad de dinero para poder alimentar a sus hijos varones con la esperanza que estos pudieran ponerse a trabajar pronto y llevar dinero a casa. La tragedia de ser mujer pobre en un país como aquel.

No quería hacerle daño, pero mi alma había sido devorada por un demonio lleno de libido insaciable y la droga que gobernaba mi celebro había anulado cualquier sentimiento racional o compasivo.

Creí recordar, al menos quería creerlo, que en algún momento pasado fui una buena persona, honrada y trabajadora, que vivía para cuidar de su familia. Hasta que mi mujer se fugo con un tipo que conoció llamado Erik, junto con todo mi dinero. Evidentemente él luego la abandono a ella. Es curioso, porque cuando estaba ahogando mis penas en un bar, un tipo que se llamaba igual, fue quien me aconsejo que viniera de viaje aquí para olvidarme de todo.

Me prepare otra dosis y la aspire tan hondo que pude notar cómo se incrusto en mi cerebro, entonces mí cabeza acabó de despegar del todo. El diablo gano la batalla y el monstruo pervertido que todos llevamos dentro tomo el control de mi alma. La puerta al sótano de mi cabeza se abrió y mis más escondidas y profundas perversiones tomaron forma corpórea en mi mente, las cuales aquella muchacha iba a hacer realidad. Al fin y al cabo la había alquilado, era mía, solo mía.

-Ven aquí pequeña, se acabaron los bailecitos.- Le dije moviendo el dedo.

Su cara se transformó convirtiéndose en un poema que profetizaba lo que iba a pasar, seguramente ya lo había vivido en otras tantas ocasiones.

Se acerco lenta y tambaleante. Di un puñetazo en la mesa al grito de:

-¡Más rápido!-

Se le escapo un sollozo y cubriéndose con las manos la parte delantera del cuerpo acelero el paso hasta quedar delante de mí.

-Desnúdate y póstrate ante tu amo y señor, vamos, de rodillas.- La chica obedeció.

Le hice una señal con el dedo apuntando a mi pene. Lo entendió a la primera, me bajó el pantalón y empezó a lamerlo una y otra vez. No lo hacía muy bien porque entre lágrimas y gruñidos me clavaba los dientes pero intente cerrar los ojos y relajarme, sentir su lengua húmeda, pero no había manera .Ni siquiera el estado que me había inducido la ketamina me impedía notar como sus dientes se clavaban en mi miembro. Seguramente en el fondo estaba deseando arrancármelo de un bocado.

Arto la quite de una bofetada y enérgicamente la gire poniéndola a cuatro patas estampándole la cara contra la mesa. Empezó a gritar. Le di un sonoro cachete en el culo mientras le gritaba que se callara. Con las dos manos le abrí el culo e introduje mi lengua dentro. Sabía igual que el de la virgen María. Empecé a lamerle su diminuta vagina y su bonito culo mientras la sujetaba por el pelo, ella no paraba de chillar algo en su idioma pero sus lamentos morían en el eco de aquella habitación transformada en cámara de torturas improvisada. Chupe y chupe sus dulces jugos hasta que ya no pude aguantar más. La deje en la misma posición y se la metí. No me puse preservativo, el camino a la autodestrucción no entiende de medias tintas.

En pleno éxtasis cogí un puñado de droga y lo esnife de golpe.

Segundos después me empecé a marear, toda la habitación me daba vueltas y unas tremendas arcadas empezaron a subir por mi estomago. Caí en redondo sobre la mesa de cristal rompiéndola en mil pedazos, casi ahogándome en mis propios vómitos. Cuando estaba a punto de desmayarme note una mano fría que se posaba en mi hombro. Me gire. Por algún extraño motivo vi al tío del bar mirándome y riéndose. Me di la vuelta y allí estaba ella. La chica con los ojos inundados en lágrimas y un trozo de cristal a modo de cuchillo en la mano, sujetándolo con tanta fuerza que unas pocas gotas de sangre empezaron a caerle.

El tacto del trozo de cristal entrando por mi garganta era frio, apenas note nada. Mire mi cuello. Salía sangre a borbotones. Observe a aquella pobre chiquilla, rota, llorando y derrumbada. Me lo merecía después de todo. Cerré los ojos  

 


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