EL LAGO.

Por anamar
Enviado el 14/07/2012, clasificado en Varios / otros
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   Me siento frente al lago, camuflada en esa parte de la orilla donde

ningún ánima puede percibir mi presencia; por el contrario yo, 

puedo advertir cada movimiento, escuchar cada sonido, incluso sentir

la respiración del silencio.

Llevo años profanando aquella apartada orilla, haciéndome sentir la

dueña de aquel recóndito rincón donde el lago me muestra sus secretos

mejor guardados.

El lago es mi Señor y yo le pertenezco desde aquella fría tarde de invierno

que me devolvió de sus entrañas. Nuestro pacto fue sellado y cada día, 

cada atardecer, antes de que el sol muera tras las montañas y la noche 

irrumpa con sus fantasmagóricos encantos, asisto a nuestro encuentro.

Todas las tardes el mismo trecho, todas las tardes recorro el mismo sendero

hasta llegar a él.

Me siento frente al lago, un haz de luz reflejado en sus aguas se inclina ante 

mí abrazando mi figura. Mi sombra le devuelve el gesto haciendo reverencia

en su fino y delicado hontanar.

Se abre ante mí revelándome su magia, compartiendo y haciéndome sentir

partícipe de su misterio y enigma. Conversamos mientras soy testigo de como

la oscuridad se apodera de mi reflejo. Es el momento de hablar lo callado, de

confesar nuestros secretos.

 

Hoy, puedo percibir un peculiar aroma en el lago, un sabor desigual a cada

tarde. El crepúsculo se muestra arrogante, el aire es presuntuoso; mi 

Señor altivo. Hoy no existe el sosiego y placidez que rezuma en el ambiente.

Nada es igual, las ninfas de las aguas husmean mi presencia; hasta la luna se 

deja perder entre el manto de nubes que encapota el cielo, tal vez sea cobardía 

lo que siente, recelo a mi Señor.

 

Surgen voces de las profundidades de sus aguas, el lago me llama. Un impulso

me hace ir hacia él; me despojo de mis ropas y me sumerjo lentamente en su

belleza, sintiendo como mi Señor acaricia cada parte de mi cuerpo, me dejo

adormecer en sus brazos sintiéndome más suya que nunca.

Me empuja y arrastra al corazón de sus entrañas. La delicadeza que se abre ante

mí es propia de la divinidad.

En el núcleo de su ser las ninfas me esperan, ahora soy una más de ellas...

 


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