Una vida; dos filosofías

Por Andrea López Zanón
Enviado el 18/09/2013, clasificado en Humor
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Andrea López Zanón.-

– Mira, da igual cómo lo hagamos, de verdad. Siempre son facturas, recibos del banco, cartas de tu madre…Siempre malas noticias

–Cariño, deja de amargarte, que tanta negatividad nos va a salir el niño tonto. Si mi madre casi nunca escribe…

–¿Qué casi nunca escribe?–dijo Alba cogiendo una de las cuatro cartas que tenía entre las manos–Ale, señorita, ahí tienes noticias frescas desde el sarcófago

–¿Cómo desde el sarcófago?

–¿No es esta su dirección? Pues eso, que otra vez tenemos noticias de la momia de tu madre.

–Un respeto, ella no tiene la culpa de tener la piel tan reseca…–contestó Débora mientras cogía la carta, la guardaba en su bolsillo sin mirarla y empujaba suavemente por la espalda a Alba cuando subían las escaleras.

– Ay cariño, de verdad, deja  de sobarme, joder, estoy harta de…

–¡Girar como una noria!–la interrumpió Débora, que se había detenido en el rellano del primero, lo había convertido en un escenario y utilizaba su puño como si fuera un micrófono imaginario. Alba la miraba a unos cuatro escalones de distancia con aire indiferente, como quien no sabe si sentir vergüenza, resignación o, sencillamente, desinterés–Vivir así es morir de amor…¡Vamos cariño!

–De verdad…a veces me pregunto cómo he llegado a esto…¡Mala paja no se hubieran hecho tus padres el día que se acostaron!–refunfuñó Alba, que movía la cabeza de un lado para otro y empezaba a subir de nuevo las escaleras, aunque con más fuerza que antes.

–Pero si estás loca por mi…

–Claro que por ti, ¡nos ha jodido! Antes de conocerte era una chica mucho más cuerda… 

Ambas se habían detenido delante de la puerta. Un dos de metal colgaba de la madera, y una‘B’del mismo material luchaba por sobrevivir a la gravedad gracias a la endeble fuerza de un tornillo oxidado. Alba buscaba las llaves en los bolsillos del pantalón. Débora continuaba con su concierto improvisado.

–Podrías ayudarme, ¿no crees Deb?

–A lo que haga falta - dijo con una mueca cálida mientras la abrazaba por detrás y le daba besos por el cuello.

–¡PARA!

–Joder, cuando gritas así pareces mi madre en plena menopausia.

–¿Encima de manosearme me llamas momia arrugada con complejo de pepera?

–¿Y de pepera por qué?

–Pues porque siempre que viene a nuestra casa empieza a privatizar las cosas, a mi ya no me quedan utensilios de cocina.

–¡Pero qué graciosa está hoy mi niña!–contestó Débora, que intentaba cogerla de los mofletes para apretujarlos y fastidiarla un poco.

 Alba giró la cara con su usual ceño fruncido y, tras encontrar las llaves en su sujetador, entró en casa. Olía a incienso de fresa y a primavera. Las ventanas habían estado abiertas durante toda la mañana y el calor de abril se había instalado en todos los recovecos de la casa. Se respiraba una atmósfera agradable. Pero no había que ser un lince para entender que no era el mejor día de Alba.

–Y todavía no hemos hecho la comida…¡Mira como está la cocina de tu genial cena de ayer! ¿No sabes pasar un trapo por el banco y la vitrocerámica cuando terminas de cocinar? O de intentarlo…

–Venga cariño…Ahora lo arreglo, ¡que no se termina el mundo! Y trata de no estresarte tanto, el médico ya te ha dicho que no es recomendable para el bebé.

–¡¿El bebé?!–Alba fue hasta la habitación, se tiró sobre la cama y empezó a llorar–

Deb, ¿cómo vamos a mantener a nuestro hijo si ni siquiera somos capaces de pagar a tiempo los recibos de la luz? Ya no puedo más, solo tengo ganas de llorar y de…

–Sí, y de meterte con mi momia, ya lo sé–contestó Débora mientras se tiraba a su lado e intentaba sacarle una sonrisa.

–No seas tonta…Estoy muy cansada, no sé si ha sido buena idea todo esto…–

 Alba continuaba llorando, ahora con mucha más fuerza.

–Eh, eh, eh…¿Cómo que no ha sido buena idea? Cariño, tenemos mi sueldo, un piso precioso, unas suegras estupendas, y yo tengo a la mujer de mis sueños, y pronto al bebé más hermoso de todos. 

–¿Cómo lo haces? El ser tan optimista, el estar siempre bromeando…¿No ves que vivimos con la soga al cuello?

–Me da igual como vivir si vivo contigo, Alba. Estamos formando una familia, y eso es algo que no se volverá a repetir. Voy a disfrutar de ello, voy a disfrutar de ti, voy a disfrutar de nuestro hijo y me da lo mismo no poder comprarme el mejor vestido, o no poder hacerme el mejor regalo…¿Sabes por qué?

–¿Por qué?–Alba había girado el cuello para mirarse frente a frente con su mujer. Las lágrimas le habían humedecido las mejillas pero, incluso así, se la veía radiante.

–Por que mi mejor regalo eres tú.  

Alba sonrió tiernamente. Por un momento recordó lo que verdaderamente importaba en su vida: que ya no era solo suya, si no de las dos (y pronto de los tres). Acarició el cuello de su mujer y, tras decirle con su mirada lo mucho que la quería empezaron a besarse.

–No sé qué haría sin ti, Deb…

–¡Pues seguramente nada!–contestó mientras reía a carcajadas.

–¡¡Oye!!

Ambas empezaron a pelearse entre las sábanas y pronto se perdieron en una batalla sobre quién le quitaba primero la ropa a quién. A Alba le encantaba hacerse de rogar, insinuarse sensualmente para luego hacer esperar. Débora disfrutaba cuando veía el hermoso cuerpo desnudo de su mujer en esa actitud tan dominante. Cuando estaban en la cama cuadraban a la perfección, aunque resultaba imposible encontrar algún ámbito en el que no lo hicieran. Alba sabía cómo actuar para volver loca a su mujer. Débora sabía dónde entretenerse para vencerla y hacer que cayera rendida a sus pies, sin voluntad, sin poder hacer nada por escapar de sus manos. Los gemidos de placer y los suspiros nerviosos se mezclaron con el aroma a incienso de fresa y subieron la temperatura primaveral de la habitación.

Todo terminó con la dulce imagen de dos almas gemelas abrazadas en la cama. Una olvidándose de todos los problemas. La otra perdiéndose en el vientre de la mujer que la acompañaba.

–Yo tampoco sé qué haría sin ti.–le susurró Débora.

Alba la besó suavemente mientras se ponía de lado y paseaba el dedo índice desde el cuello de su mujer hasta la pelvis. Pasaron un par de minutos hasta que contestó.

–¿Sabes? Tienes razón, mi vida. Tengo que tomarme las cosas de otra manera. He encontrado a la mujer de mis sueños, tengo la vida que siempre he querido, y... ¡vamos a tener un bebé! ¿No te parece precioso?

Ambas empezaron a sonreír. Fue cuando Débora se acordó de la carta de su madre y se preguntó si todo iría bien. Al cabo de unos segundos se dio media vuelta y rebuscó entre sus pantalones, que estaban a los pies de la cama y tan arrugados que parecía que habían sido pisoteados por una estampida de elefantes. Abrió la carta.

–¿Todo bien, cariño?–preguntó Alba con voz extasiada, ensimismada en el perfume de su mujer y contagiada de su optimismo.

–Em…Mi madre quiere ayudarte con el embarazo: viene a pasar unos días a la ciudad.

–¡¡¡¿¿¿ QUÉÉÉÉÉ ???!!!


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