CUNI...QUE?

Por Ada Suay
Enviado el 29/10/2013, clasificado en Adultos / eróticos
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Sus ojos se posaron discretamente en mi escote a la misma vez que hablaba, oía su voz pero no escuchaba lo que decía, sus labios carnosos me tenían embelesada. Su lengua rozaba sus perfectos dientes superiores con una delicadeza excitante, inocente y a la vez provocadora. Mi naturaleza femenina me obligaba a la prudencia pero mi instinto animal me decía que me dejara llevar…

Todo aquel ruido impedía una buena comunicación entre ambos y nos obligó a acercarnos más. Aquella aproximación física engendró un calor entre nuestros cuerpos invitándolos a mezclarse.

Posó su mano suavemente sobre mi pierna ademando una caricia tierna con intención escondida.

Llenó mi ser de una electricidad espasmódica e hice acopio de valor y me lancé a sus brazos sin sentido, ni cordura por mi parte y sin saber lo que esperar, quizás un rechazo.

Pero no me repudió, al contrario sus manos comenzaron acariciando sobre la ropa el contorno de mi cuerpo.

Nuestras bocas unidas sin reparo, en un beso profundo que nos transportaba a otro lugar.

Durante siglos, quizás segundos, nos perdimos en el reconocimiento de nuestros físicos imperfectos, pero llenos de pasión.

Un grito nos devolvió a la realidad y separó aquella unión incontrolada. Nos miramos a los ojos y sin mediar palabra, cogidos de la mano nos dirigimos al ascensor. Subimos en silencio, sin mirarnos, sin querer romper aquella magia que queríamos continuar en la privacidad de aquella habitación de hotel.

No recuerdo si fue él o fui yo quien abrió con su tarjeta la puerta del teatro de aquella noche. Ya en el escenario, volvimos a comunicarnos con los ojos y como si hubiera sido un lapsus de tiempo retomamos la unión incontrolada, dejándola seguir por los mismos lares.

Las manos de ambos pasaron a retirar la ropa del contrario con premura, dejando unos cuerpos desnudos, calientes y húmedos según qué zonas.

Los besos continuaron siendo hambrientos y primitivos, ya sin censura por la intimidad de la habitación.

Las luces de fondo no nos iluminaban directamente lo que hacía que no tuviéramos inseguridad ante nuestra desnudez.

Nos tumbamos sobre la cama, yo sobre mi espalda y el ladeado sobre mí. Se incorporó poniéndose frente a mí a la altura de mis pies. Con sus manos apoyadas sobre mis muslos se inclinó y abrió más mis piernas, dejando mi sexo expuesto y vulnerable. Lo acarició con sus dedos desde mi botón del amor hasta la puerta de mis entrañas, los introdujo de un solo empujón, mojándoselos en mi esencia de mujer. Los sacó bruscamente ante mi cara sorprendida y los lamió como si de un dulce manjar se tratase.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo, como un fogonazo. Me quise incorporar para besar aquella boca descarada, pero me interrumpió y obligó a quedarme tumbada. Se acercó todavía con aquellos dedos entre sus labios y compartió conmigo mi sabor.

Me dejó saboreando dichos dedos y su boca fue bajando recorriendo mi piel erizada por el deseo.

Mis senos henchidos de placer exigían un poco de atención que les fue procurada por unos dientes fieros y una lengua benevolente.

Al final de aquel largo y angosto camino, su boca encontró lo que tanto ansiaba. Ayudado por sus dedos abrió los pliegues de mi sexo y lo besó, al principio con ternura, suave y delicadamente. Después su lengua salió de aquella cavidad caliente y comenzó a moverse firmemente sobre mi clítoris, la calidez de su aliento y las gotas de saliva que caían sobre mi sexo me hacían creer que fuera su misma esencia la que estuviera salpicando.

Introdujo dos de sus ya famosos dedos sin dejar de chuparme, provocando en mí, oleadas de placer.

El tiempo no pasaba para mí, las sensaciones iban y venían haciéndome correr en su boca que con avidez saboreaba toda mi esencia y sin dejar descanso entre un orgasmo y otro.

O eso creía yo, que eran orgasmos, pero no fue así.

Tras un tiempo incontable comencé a sentir un ardor interno que nunca había sentido en mi vida. Crecía con cada embestida de aquella lengua despiadada sobre mi clítoris. Mi vagina recibía aquellas babas calientes que chorreaban por su barbilla.

Inundada de pasión, me dejé llevar por aquella sensación nueva. Como si todos los orgasmos de mi vida hubieran hecho reunión explotó desde mi sexo algo tan intenso que pensé que me partía en dos. Un líquido acuoso salió directo desde mi clítoris hasta su ya retirada cara, salpicando como una corrida masculina.

De pronto el relax llenó mi cuerpo y oscureció mi mente dejándome inconsciente.

Sin abrir los ojos, mis sentidos comenzaron a recobrarse, me moví perezosamente reconociendo músculos que no sabía que existían. Me hallaba sobre una cama en la habitación vacía de un hotel cualquiera. No recordaba su nombre, sólo tenía la certeza de que había convertido mi vida sexual en un infierno de búsqueda de placer extremo.

 


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