Ángeles y demonios.

Por Alma Gecé
Enviado el 02/11/2013, clasificado en Ciencia ficción
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Martha había comenzado a notar un dolor muy agudo en su antebrazo derecho. En un principio, atribuyó el dolor a la mala postura con la que solía estudiar, ya que apoyaba el peso de su cabeza en su mano flexionada. Se levantó de aquella incómoda silla de despacho, y se estiró. Cerró los ojos, paseó por la habitación tratando de relajarse, y miró el reloj. Las seis menos cuarto. "¡Mierda!" pensó. La joven había olvidado por completo sus clases de piano. Tenía que realizar una combinación de autobuses antes de llegar al conservatorio, y sabía perfectamente que no llegaría a la hora exacta. "Mejor tarde que nunca", se dijo a sí misma. Vendó su antebrazo en un intento de cesar el dolor que la aturdía, cepilló rápidamente su ondulada cabellera, cogió su mochila, y salió al descansillo tan rápido como pudo. Llamó al ascensor. Aunque tuviera mucha prisa, ni se le pasaba por la cabeza bajar a pie los once pisos que la separaban de la planta baja. Pocos segundos después, el aparato llegó hasta donde se encontraba la chica. Martha subió, y pulsó el cero. Tic, tac, el tiempo pasaba, y ella contemplaba la pantalla en la que se indicaba la planta por la que descendía. 

La seis. Sexta planta. Allí se detuvo. Martha sintió un fuerte golpe, las luces se apagaron. "Genial. Basta que tenga prisa para que a este cacharro le de por apagarse". Y de repente, oyó un fuerte pitido. Se tapó los oídos en un acto reflejo, y se giró hacia el espejo del ascensor. Fue durante pocos segundos, pero logró vislumbrar una sombra que se encontraba a sus espaldas. Respondía a la silueta de una figura humana, y Martha lo sabía, aunque no podía distinguirla con claridad. Se giró hacia ella, y tan sólo pudo ver dos ojos verdes, dos profundas manchas que incitaban a seguir mirando y a caer en una profunda hipnosis. La chica continuó con la mirada fija, sintiéndose cada vez más y más débil. 

Logró ver un reflejo a lo lejos, como un enfermo cuando ve la cara del cirujano al despertarse de una operación difícil.

-Eh, Martha, mírame. Todo ha acabado, ¿entiendes?-le dijo. 

-¿Qu...quién eres?-Estaba asustada. ¿Qué había pasado? ¿Qué hacía ella allí, en su habitación? Recordaba perfectamente haber salido de casa para dirigirse a su clase de piano, la avería del ascensor, aquella sombra... Y nada más. Eso era todo lo que había en su mente.

-Lo siento. Soy Ash, tu ángel. 

-¿Mi qué?- la chica no pudo evitar reír.-Explícame quién eres, y qué diablos estás haciendo aquí. 

-Ya te he dicho la verdad. Soy Ash, y soy tu ángel, un guardián de la Luz. Antes, en el ascensor, te salvé de Lamak, un demonio oscuro. 

La puerta sonó. 

-Martha, ¿estás ahí?-dijo la voz. Era Joe, el padre de la chica. Llamaba con insistencia. 

-Debo irme, Martha-dijo Ash.-Siento no poder quedarme más tiempo para explicarte todo con claridad. La venda.-Y se fue. 

¿La venda? ¿Qué venda? Martha miró su antebrazo, vendado por el dolor. ¿A qué se refería Ash con "la venda"? La joven la retiró, y pudo ver un tatuaje grabado a fuego en su piel. Correspondía a un símbolo celta. 

Joe entró en la habitación. La chica tapó su brazo tan rápido como pudo. 

-Hola papá, siento no haberte oído llegar, me quedé dormida escuchando música y... 

Estaba claro que Martha no lograba entender nada. 


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