Benditos besos

Por Ontanaya
Enviado el 05/11/2013, clasificado en Amor / Románticos
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Debería haber un mecanismo en nuestro organismo que nos prohibiese hacer  promesas y decir “mentiras” cuando estamos ilusionados o desesperados.

Porque la mayoría de esas veces esas promesas no se cumplen.

-          No te voy a dejar escapar.

-          Eres lo mejor que me ha pasado.

-          Sólo tú me haces feliz.

-          Eres muy especial para mí.

-          Quiero pasar contigo el resto de mi vida.

-          Nunca me vas a perder.

-          Eres el amor de mi vida.

-          Te quiero.

Y así con todas sus variantes. ¿Por qué decimos esas cosas? ¿Sólo porque en ese momento somos felices o porque realmente nos creemos esas palabras? ¿Las decimos por “coacción”?

 

No tiene ningún sentido hablar y hablar. Regalar los oídos y no demostrar nada. Deberíamos dejar de hablar y solo demostrar.

Día a día.

El amor no es decir: ¡Estoy enamorado! ¡Le quiero! ¡Le amo!

El amor son gestos, detalles, miradas, actos.

Incluso ese primer beso que dura un segundo lo recordamos toda la vida por lo que nos transmitió.

Esos nervios en la tripa; el calor de su cuerpo acercándose al tuyo; esa mirada cómplice antes de cerrar los ojos y dejarse llevar.

Ése relámpago que recorre todo tu cuerpo al notar sus labios unidos a los tuyos.

Esa sensación de bienestar que se va creando y va relajando tu cuerpo. Esa necesidad imperiosa de su contacto. De más besos. De más actos.

Si al recordarlo, sonríes, es porque fue un buen beso. Por que quien te lo hayas imaginado, es alguien especial para ti.

Benditos besos de un segundo, de un minuto, de unas horas, de unos meses, de unos años, de una vida.

 

¿Qué sería de nosotros sin ese “simple” gesto de demostración de afecto?

¡Ay! Bendito amor que nos hace afortunados y temerosos. Que nos eleva a ese famoso 3 metros sobre el cielo y también nos entierra 3 metros bajo el suelo. Ambas sensaciones son intensas. Asfixiantes.

Creemos incluso que podemos morir de amor. Explotar de felicidad.

Ese amor que hace que notemos como el corazón se nos rompe en mil pedazos. Que pensemos que jamás se podrá arreglar. Ni el mejor costurero lo podrá remendar.

Ese amor que nos deja sin vida, sin aire, sin esperanza.

¡Ay amor! Nos llevas a mundos que creemos conocer. Que creemos poder manejar. Pero qué lejos estamos de la verdad. El amor no se puede controlar. Igual que a veces las palabras no se pueden medir.

Pero shhh… dejemos de hablar. Vamos a apostar por demostrar. 

Gracias por leerlo. Espero que os guste. ;)


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