Siluetas a su alrededor

Por Garitaonandia
Enviado el 12/11/2013, clasificado en Terror
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No le estaba gustando la película. Es más, llegó a desear que acabara cuanto antes. Interpretaciones mediocres, diálogos vacíos... Cine contemporáneo en modernas salas carentes de encanto y calor. Nada era como antaño, no. Por fin terminó y el hombre se enfundó el abrigo y la bufanda. Era una fría noche de otoño, una más, pensaba él. Antes de que las luces se encendieran, algo le llamó la atención: Ningún alboroto, ningún ruido de gente al levantarse de su butaca y prepararse para salir, tan común esto al final de un film... ¿Habrían quedado sobrecogidos ante la historia plasmada en la pantalla, y de ahí ese silencio sepulcral?

Cuando se iluminó la gran sala, nuestro protagonista se encontró con un lugar vacío. Del gran número de personas que acudieron ese sábado al cine no quedaba nadie, como si hubiesen desaparecido. Es más, los asientos parecían viejos y sucios, al igual que las paredes, marcadas estas por los estragos de la humedad. Por si fuera poco, el suelo presentaba una alfombra de deshechos. Verdaderamente pensaba encontrarse en una sala de cine abandonada años atrás. Cuando llegó a esa conclusión, las luces se apagaron. El vértigo lo invadió, quedó paralizado en medio de aquella situación, situación paranoica capaz de enloquecer a la mente más fuerte y lógica. Cuando logró acostumbrarse a la oscuridad, vio lo que después le haría huir, la imagen que su mente no podría asimilar, el terror que barrería su cerebro de todo raciocinio... De los regueros de humedad que bañaban algunas partes de la pared, comenzaron a dibujarse figuras aparentemente humanas. Parecían querer salir de ella. Delgados brazos abrazaban la oscuridad en una danza lúgubre, como del inframundo. Debido a la falta de iluminación era complicado identificar rostros en ellos. Poco a poco iban floreciendo de la pared, cada vez eran más. De pronto, uno de ellos pareció emitir un gemido, como de dolor o frustración al querer abandonar ese charco. Aquello le hizo huir, dejando atrás a aquellas escuálidas criaturas clavadas en la pared que parecían querer llegar hasta él.

Al llegar a la calle lo primero que hizo fue desabrocharse el abrigo. Estaba bañado en sudor, la sangre ardía en su interior. Tenía ganas de vomitar debido a la imagen anteriormente vista. Había sido testigo de lo absurdo. Y ese sonido, ese gemido que no era de este mundo... ¿Le pedían ayuda? ¿O querían hacerse con él? Algo tenía seguro, no volvería para averiguarlo. Comenzó a caminar por la calle. Sus pasos, acelerados, rompían el silencio. No había rastro de otras personas. Sin señales de vida en toda la vía... Confundido, mirando hacia las ventanas, los portales, buscando alguien en quien apoyarse y desahogarse contándole lo ocurrido. Necesitaba el calor de la presencia de alguien, un semejante, una persona que lo sacara de esa atmósfera incoherente de delirio y temor. Nadie aparecía. Horas caminando, llorando, temblando...

Al final, exhausto, cayó al suelo. Arrodillado, comenzó a gritar, a golpear el suelo, a arrancarse el pelo. Dignidad perdida, como perdido estaba él en océanos de surrealismo y locura. Después yació tumbado sobre el asfalto. En un momento de la noche comenzó a llover, primero de forma tímida y delicada. Después con la fuerza de un titán. Abrió los ojos y vio el desértico horizonte y el asfalto, en el cual se reflejaba la luna. De pronto, de la humedad de la carretera pudo ver como una cabeza afloraba, despacio. Después otra, y otra, y otra... El hombre, ya loco, comenzó a reír y a gritar, en una combinación espeluznante de sentimientos indefinidos y anormales. Tal era su desesperación en aquella soledad, que por un momento llegó a desear ser abrazado por los enfermizos brazos venidos de los más oscuros abismos.


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