EL TRIPI, LA RUSA Y EL PIE DE LA RUSA (parte 1)

Por Pervertida Degenerada
Enviado el 28/09/2012, clasificado en Adultos / eróticos
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La historia que me dispongo a contar trata sobre una de las situaciones más morbosas que me han sucedido...
Supongo que he normalizado tanto el sexo en mi vida que a veces olvido que, en el placer humano, el cerebro es, posiblemente, más importante que cualquier otro órgano interviniente.  Las fantasías, el erotismo, lo que no se ve pero se intuye, ser consciente de lo que se está haciendo o imaginar lo que va a suceder son estimulantes más potentes que el mejor fármaco; así mismo, el estrés, la hipócrita moral religiosa, la baja autoestima y cualquier otro problema o preocupación pueden provocarnos todo tipo de disfunciones y sumirnos en la más horrible impotencia sexual.  Por eso, como para mí es normal -y preferible- el sexo con dos hombres que con uno, considero un revolcón la forma lógica de terminar una noche de fiesta, no necesito saber el nombre de un tío que me calienta para acostarme con él y nunca dejo de chupar una polla que a continuación pienso meterme, en ocasiones se me pasa disfrutar de cosas tan sencillas como un intercambio de miradas en el súper (sin tener que ir a pedirle el teléfono) o un buen beso (sin la necesidad de acabar con la boca llena de leche) -pero qué desperdicio, jajaja-.
En aquella época vivía yo en La Barceloneta, antiguo barrio pesquero de Barcelona que guardo en mi memoria con mucho cariño.  Tiempo atrás había entablado amistad con L., un bombonazo argentino que resultó ser yo, pero sin tetas y con polla.  Desde el día que nos conocimos follábamos como locos, aquí y allá, bebíamos hasta perder el sentido, deambulábamos los fines de semana por la ciudad -causando problemas alguna que otra vez-...  Nos contábamos nuestras aventuras, nuestros garches (así se refería a nuestros ligues sexuales), extrañábamos juntos a nuestras familias y amigos (él también estaba solo)...  Ninguno de los dos dábamos importancia a cosas superficiales como la estética o las pertenencias y, si la fiesta se prolongaba o se trasladaba a cien kilómetros, no sufríamos por tirarnos dos días sin ducharnos o sin cambiarnos la ropa.  En definitiva, éramos como hermanos, pero al estilo Calígula.
Muchas mañanas de domingo me despertaba con un mensaje de texto (nunca tocaba al portero por si yo estaba acompañada), casi siempre pidiéndome asilo para descansar después de haber huído sigilosamente de la casa de alguna chica con la que hubiera pasado la noche.  Otras, me proponía un plan que solía incluir algún tipo de autoagresión física (alcohol, drogas, sexo, mar y sol, excursión... cualquiera de estas opciones, pero en exceso).  Pues eso, que sonó el móvil sobre las once y esto fue lo que leí: "Rubia, tengo una pepa, ¿vamos a flashear por ahí?  Estoy en la playa".  Pepa quiere decir tripi; flashear, flipar y la Rubia soy yo.  Me bautizó así la noche que nos conocimos, alegando que no se podía acordar del nombre de todas las tías con las que se acostaba.  -Te entiendo, yo ni me acuerdo de la cara de un montón de pibes que me trinché, jajaja- respondí alegre porque, al fin, había dado con alguien que, no sólo no me juzbaba y me comprendía, sino que le pasaba lo mismo que a mí.  Y, desde entonces, "la Rubia" me quedé para L. y para muchísima otra gente que conocí después, si es que él era quien nos presentaba.
"Ok.  Tengo que vestirme.  Sube si quieres mear o comer algo".  Así lo hizo.  Se lavó los dientes utilizando el dedo a modo de cepillo, picamos pan con queso para preparar el estómago y abrimos dos cervezas.  Extrajo de la cartera un papel de fumar doblado, lo abrió y cogió un cartoncito muy pequeño. -Sólo tengo media, pero con un cuarto para cada uno estará bien.  Lo dividió en dos, se metió en la boca el trozo que había resultado más grande (al fin y al cabo, él era mucho más alto y pesado que yo) y me dio mi parte.  Yo también me lo metí en la boca, lo humedecí y luego me lo coloqué dentro del párpado inferior del ojo derecho.  L. me explicó una vez que esa era la forma más yonki de consumir el tripi, pero a mí me resulta considerablemente más cómodo.  Si me lo dejo en la boca, al estilo tradicinal, entre la mejilla y la encía, corro el riesgo de tragármelo al beber cerveza.  Lo bueno de ponérmelo en el ojo es que puedo alargar el proceso de absorción; lo malo, que con la borrachera (lo que el pan -y su ingrediente básico, el trigo- es a la dieta meditérránea, lo es la cerveza -y su ingrediente básico, la cebada- a la mía: la tomo con todo) y el efecto del propio ácido, muchas veces me quedo dormida sin quitármelo y, al otro día, tengo el globo ocular rrrrrrrrrrressssssseco y con unos derrames que asusta.
-¿A dónde podemos ir?  A algún sitio loco... -No sé...  ¿Al Parque Güel?- propuse mientras nos dirigíamos a la parada de metro. -Uh, buenísimo.  Espero que no haya muchos turistas, como es domingo...
Cogimos la línea cuatro (la amarilla) y fuimos hasta la parada Paseo de Gracia; ahí, cambiamos a la línea tres (la verde) y seguimos hasta Vallcarca.  El día era ideal para flipar al aire libre: estaba despejado, la atmósfera limpia y la temperatura era suave.  En el parque se mezclaban los aromas, los colores, el canto de los pájaros, la brisa silbando entre los árboles...  Bueno, a lo mejor es sólo que el tripi estaba buenísimo, jajaja.  Íbamos mirando todo como dos niños chicos, quedándonos embobados con cada detalle, agachándonos para observar a las hormigas transportando alimento (aunque daban un poco de miedo con esa organización tan infalible), fijándonos en lo bien hechas que estaban las flores y sorprendidos por lo rara que era toda la gente que paseaba por allí -sí, definitivamente, el tripi estaba haciendo efecto, porque no podía ser coincidencia que todas las personas con cara Leslie Nielsen se hubieran puesto de acuerdo para ir ese día al Parque Güell, jajaja-.  Pasamos delante de una señora china que tocaba un instrumento de cuerda que no conocíamos.  Nos paramos para permitir que la música nos invadiera.  Cerré los ojos y lo demás vino solo: sentía los acordes rebotando en mi piel, penetrando mis oídos, colocándose en mi torrente sanguíneo para recorrer todo mi cuerpo.  Las melodías se hinchaban en colores en mi cerebro, colores que crecían y se encogían, que parpadeaban y danzaban.  El corazón había abandonado su ritmo natural para dejarse marcar por los nuevos sonidos.  Volví a abrir los ojos y vi cómo los dedos de la señora china se alargaban hasta llegar a mí, se pegaban en las partes descubiertas de mis brazos y mis muslos como electrodos y, al  empezar a mover las manos como una directora de orquesta, mi carne interpretó la pieza más hermosa que jamás había escuchado, o pensado, o sentido...

www.confesionesdeunapervertida.com


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