Vacuo.

Por Lucy Worthington Clav
Enviado el 08/12/2013, clasificado en Fantasía
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A veces, la vida misma hace maravillosas creaciones que saltan a la vista. Son tantos los tipos de belleza y atributos que la conceden, que sería difícil mencionar o recordarlos todos. Quizá sea algún color poco común, o más bien demasiado común, tal vez un rasgo específico, luz o sentimiento. Y es importante resaltar lo subjetiva que es la belleza, además de molesta.

A veces, prefiero el mundo blanco o negro en vez de amarillo, violeta, verde o cualquier otro color que se te venga a la mente. Quizá sería más sencillo tomar elecciones, aunque también se podría tornar monótono. Tal vez ni nos demos cuenta de lo aburrido que resultaría tener tan sólo dos imágenes, cuando en realidad existe millones. Ya que la vida nos dotó de tantas, no puedo hacer más que quejarme silenciosamente. Pienso yo, que tal vez lo escaso de las elecciones sería más práctico, aunque de cierta forma triste ante los ojos de alguien que ha visto el arco iris luego de la tempestad.

Los humanos somos extraordinariamente complejos y caprichosos. Si aparecemos en un cierto escenario preferimos criticarlo antes de analizar lo que existe bajo el subsuelo. La complejidad no está sólo en esa cantidad de nudos existentes en nuestros pensamientos, sino también en todas nuestras estructuras que se complementan una con la otra para realizar alguna función. Nadie puede determinar esa función, así que esperas la muerte sentado mientras el café se enfría.

La complejidad que radica en tan sólo pensar que tú estás leyendo esto. Tienes la brillante capacidad debido a tus ojos, hábiles mecanismos, que en tu caso son funcionales. Además, es alguien el que te ha enseñado este trunco de palabras latinas para que las logres comprender. Lograste recaudar todo este conocimiento gracias a tu alumbramiento, cosa que también es de mucho debate y exhaustivos análisis sicológicos y físicos. La complejidad de todos los sentidos, de su transmisión, del lenguaje, de la percepción, de la memoria, de los procesos que realiza tu cuerpo para continuar. Complejidad pura, a la vez, belleza.

Entonces, a toda esa complejidad ligada que depende de tantas cosas, se le agrega una patética necesidad de ser caprichosos. Porque el cielo se observa azul y tú lo deseas color rojo. Dedicas tu vida a cualquier otra cosa, menos a lo que se supone es tu deber, porque también estás harto y eres caprichoso. Deseas el paraíso en una botella, para abrirlo y embriagarte con el aroma de flores brillantes. Y aún así, algún día el fresco olor logrará repugnarte y romperás la botella en mil pedazos. Aunque igual, tras recoger los fragmetos del suelo y veas tu carne sangrante, te arrepientas. La naturaleza caprichosa sólo agrega mayor complejidad a aquello que ya es complejo.

Entonces, en medio de todo ese desastre organizado, aparece la criatura que de alguna forma es tenebrosa. Abruma verle. Se pasea como difundiendo sensualidad por todo aquello, ni le preocupa o no se da cuenta. La intensidad logra atravesar el frágil modo de seguridad, destruye los sentidos básicos y elimina, aunque sea un par de segundos, tu estabilidad. El paso más sencillo e inconsciente genera un zumbido que devasta el suelo por el que caminas. Luego, el brillo y la divinidad te fulmina con un golpe seco. Caíste al abismo de la perdición.

Retomas el control de tus sentidos, vacilas un poco, pero el insensato escalofrío se adelantó a todo razonamiento. Agudizas el oído. El sonido rítmico de tono desconocido es como la criatura. Terso, tan majestuoso que raya en la perfección. Fue así, como el insignificante ser ha quedado atrapado en aquella imagen. La alegría que alberga su minúsculo ser hace que se eleve recordando y reproduciendo aquel celestial chillido. Se imagina todo tipo de posibilidad. Su admiración, es tan sólo el engaño de una excelente imagen.

Pequeña criatura, eres como roce del agua y el cielo. No advierte el desastre ante el encanto de la primera impresión. Aspiraste del veneno amarillo.

Por senderos desconocidos, caminaste sin descanso tras la huella de la divinidad. Las bestias generaban murmullos, ignorando tu presencia. El ardiente sol del firmamento azul se fue opacando por la radiante energía magnífica de tu adorada criatura. Le seguiste por altas montañas, llanuras, desiertos y mares enteros. 

Hasta que llegó el tan esperado día. La resplandeciente criatura posó su cuerpo sobre una roca. Sus lacios cabellos, largos, su piel tersa y pálida, todo aquello seguía intacto desplegando el aura divina. Se le veía calmado, paseando una mano por la hierba queriendo absorber la esencia de aquel paraíso. En medio del recorrido de su mano se ha encontrado con un poco de tu piel. Sus ojos se abren como las flores en primavera. Mágico resplandor, una vez más, te ha dejado sin aliento. La criatura siempre posee una seriedad e indiferencia que lo hacía aún más interesante, y ahora esboza una sonrisa amigable. Hace una reverencia como queriendo disculparse. En un ligero movimiento, desapareció.

Cada ápice de la pequeña criatura ha quedado encantado, descontrolado y activo. Las emociones suaves han intoxicado su ser. Después, sus pies regresan al suelo tras recordar que no le dijo ni una sola palabra a su divinidad. La timidez había sido la causa de su desilusión. Ahora le había perdido la pista.

Caminando por el desconocido y extraño bosque, creíste ver las hojas danzar al ritmo del viento. Ese aroma conocido, fresco, invade y llena tu pecho. Sus miradas se encuentran por un tercio de segundo.

Las llamas amarillas se alzan con fuerza, por encima de los pinos. Los látigos violeta nacen de su espalda, se mueven sin dirección aparente y dejan una estela por el suelo en que camina. Ahora aún más soberbio que nunca, alza su rostro y extiende sus brazos. La tierra bajo sus pies vibra intensamente.

¿Dónde ir? Demasiado alto, demasiado imponente. Corre cuesta arriba, alcanza el cielo e intenta traspasar los ojos de la divinidad. Cuando por fin está tan cerca, con tus cabellos siendo arrastrados por el viento, clavas la mirada. Ojos violeta con destellos amarillos.

El viento se detuvo. Los látigos detienen su paso. La estela ha desaparecido. Sus ojos se están quemando. El rostro se vuelve negro, con frangas azules y dientes filosos. Una sonrisa terrorífica logra esbozar. Es allí, cuando descubres el engaño. Su mano ya no es tersa. Es rugosa. Es asquerosamente pálida. Introduce la mano en tu pecho, roza con tu corazón y saca el veneno amarillo con forma esférica. Sonríe.

Pero ahora la mano se tiñe de rojo. La esfera, se vuelve negra. Se rompe en mil pedazos y desaparece. La criatura se rompe, expulsa humo de diversos colores y logras identificar once figuras humanas caminando hacia el cielo. No es una divinidad, es tan mortal como la insignificante criatura. Quizás aún más insignificante.

Cuando camina por las montañas, puede ver a la misma divinidad, pero con otros ojos. Una doble sonrisa se hace notar en su rostro. Acaricia el lomo de un venado, la muerde y las gotas amarillas queman el piso. Inicia una nueva colección. Es en realidad, completamente afortunada de conocer el engaño y haber salido de él.


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