Encuentros de café parte I

Por david gallagher
Enviado el 15/12/2013, clasificado en Reflexiones
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(Aviso al lector que este capítulo puede romper con la dinámica que veníamos siguiendo, pero si tiene el suficiente valor para querer entender y reflexionar adelante, en caso contrario este no es su texto, querido lector.)

El mundo dentro de un vaso de plástico. Por un momento un vaso medio vacío paso a ser la referencia para que una persona de edad avanzada y yo, nos entendiéramos sobre varios conceptos de la vida, el arte y la sociedad. El encuentro se formó de la siguiente manera;

Hay un centro en París, el centro Pompidou, es un edificio que alberga galerías de arte moderno, pero que al mismo tiempo tiene una enorme biblioteca con videos, exposiciones temporales y gentes del mundo que pueden ir a ver la televisión en varios idiomas, e incluso, tomarse un café por ochenta céntimos. Una cifra irrisoria si tomamos en cuenta que el precio medio de un café son de cuatro a cinco euros. Después de acudir a un taller de conversación en francés salí a tomar ese café que tan gustosamente pago a la máquina surtidora. Allí solemos relajarnos, hablar de nuestra situación en la ciudad, contar penas, glorías y reírnos en general.

Es entonces cuando una persona mayor, francés, de figura débil, de silueta encorvada y de ojos vivos, aparece. Son de esa clase de personas que solo por el modo de reír o mirar ya dan un cierto respeto. Y cuál fue mi sorpresa al ver que aquel anciano acudía cada día a estudiar chino, llevaba ya ocho años acudiendo casi diariamente. Destacaba por su edad entre tanta juventud, pero allí, él era querido, respetado, todos tenían unas palabras de afecto para aquel viejo de importancia aún tan desconocida para mí.

Saludó a mi compañero y seguidamente me tendió la mano. Se presentó en un correcto francés y empezamos una conversación que se extendería más de lo que nunca me habría imaginado. Moi je m’apelle Joseph. Continuamos en francés, pero la conversación iría dando saltos del castellano al inglés, pues el chapurreaba bastante bien estos dos últimos. No me acuerdo muy bien cómo empezó la conversación pero los temas nos llevarían por los caminos de la literatura y la teología. Para empezar.

-          ¿Así que usted estudia chino? Le pregunté con cierta admiración.

-          Sí, es muy complicado. –Me contesto dejando un café de plástico medio vacío que nos iba a acompañar parte de la tarde, ahí, encima de la barra-.

Empezó a mover los dedos encima de la mesa dibujando figuras, y, con la preocupación de quien ha estado estudiando me dijo que cada una de las elaboradas figuras que hacia sobre la mesa eran simplemente sonidos, muy difíciles de pronunciar y que podían significar frases enteras para nuestra lengua y sentido occidental.

- Dicen que hace falta diez años para aprender bien el chino, si usted lleva ocho ya, en dos años deberá hablarlo perfectamente. –Le dije en tono de broma-.

Si Dios quiere que aprenda, El me enseñara el camino para que lo hable perfectamente. –Ese tipo de comentario me hizo contener muchos comentarios y preguntas para una persona que podría ser creyente ¿pero qué clase de creyente? Esa era mi gran pregunta. Decidí esperar a ver como seguía la conversación y un silencio por mi parte, cedió, para que el anciano cogiera el rumbo de la conversación.

- Pero antes ya estudiaba, hacía –scripts- ¿Cómo se dice en castellano?

- ¿Guiones? –dije-. ¡Vaya! Un escritor.

- Sí, guiones, guiones para el teatro, para el cine, pero ahora ya ha cambiado todo. –me respondió en castellano con un acento muy divertido pero claro-.

- Es increíble cómo se puede escribir tanto y tener siempre tantas cosas que decir en un libro de… por ejemplo 500 páginas –añadí-.

- La cuestión no es cuantas páginas puedas alcanzar a escribir en un libro, todo depende del contenido que quieras explicar. El contenido. –Me quedé mirando con el semblante fruncido-. Prosiguió –Si sabes lo que quieres contar puede que te des cuenta que has necesitado muchas páginas, pero todo depende de dos cosas; el talento y la necesidad de explicar algo. Obviamente todos tenemos motivos para explicar lo que vemos, pero no tenemos el talento. Dios nos da diferentes talentos y es nuestra obligación preguntarnos para encontrar el nuestro. Todos somos buenos en algo.

- Pero todas esas normas, guiones, maneras de hacer un texto…- Añadí sin saber muy bien que responder, solo quería que el siguiera hablando-.

- Depende de que quieras escribir- Y se rio efusivamente con brillo en los ojos-. Continuó.

- De todos modos Dios hará que escribas lo que debes escribir y si nos tienes el talento para hacerlo, nunca acabaras el texto, y con el tiempo, entenderás que no es lo que debías hacer. Pero todos debemos recorrer un camino antes de encontrar nuestra meta. ¿Y cuál ha sido históricamente la meta del hombre? –Me preguntó a modo de respuesta-. -La inmortalidad- Continuó-, -y eso solo lo consiguió Jesucristo recorriendo su camino. Dios nos quiere enseñar con esto que debemos recorrer el camino que él ha elegido para nosotros, y si nos hacemos las preguntas correctas encontraremos las respuestas en el camino. De esta manera conseguirás la vida eterna.

 

 


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