"Me llamaba luna"... quinto capítulo

Por Hipnótico-Hipnosis
Enviado el 05/02/2014, clasificado en Terror
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Pasaron más de cinco horas y no había ni un atisbo de vida humana a mi alrededor, solo ratas buscando alimento como yo. De nuevo, de la esquina del restaurante, apareció el hombre corpulento, con una gran cabeza de ciervo en sus manos, llenando más de sangre donde me encontraba. Me miró y la puso cerca de mí, mientras las moscas llenaban las cuencas del animal por completo. Acercó sus dedos al mentón del ciervo y arrancó un pedazo de carne ofreciéndomelo. No lo dude y me lo lleve a la boca: eran ya más de 3 días sin comer nada, y mucho menos sin beber. Me pareció el bocado más rico que me he llevado a la boca. Increíblemente, el sabor de la carne cruda, estaba sumamente deliciosa. El hombre, mientras tanto, quitó la cadena de mi cuello y con el dedo índice, me indico un lugar, donde de nuevo, vi los hombres que le acompañaban en la noche anterior. Me agarró del hombro y me miró de nuevo como me miró ayer: con sutil delicadeza y dándome su confianza. Miré a su pecho y, en su camisa desgarrada, aún se percibía un nombre: Yian. Miré más fijamente y pude observar que, eran los mismos colores, que rodeaban las paredes a fuera del restaurante. Supongo que él es, o era, un trabajador de ese restaurante, pero, ¿qué le había pasado?. No entendía su rostro, sus marcas de pelea y sus ojos perdidos, casi sin color, que asomaban en la palidez de su piel. Parecía de esas películas de terror que veía en mi infancia, sobre monstruos o muertos vivientes, que, venían a la vida, por algún tipo de material radioactivo.

De verdad, daba pánico ese rostro, pero, algo en él me hacía sentir protegida. Seguí comiendo por un rato más, con unas ansias increíbles: en poco tiempo, ya estaba viendo el cráneo del animal que, antes, solo estaba lleno de cartílagos y carne jugosa. Me levanté y mis piernas no podían casi ni moverse, no había dolor, solo lentitud en mis pasos. Llegué, casi arrastrando mis piernas, hacia donde estaban los demás. Me miraron con compasión también. Como, si la noche anterior, algo les hubiera obligado a robarme el alma. Me senté con ellos y me dieron agua y algo más de alimento crudo. Cuando por fin, había recobrado el aliento, me levante con más vigor y me fui hasta la playa para asear mi cuerpo lleno de heridas y sangre, acompañado por esos extraños compañeros silenciosos.

Me quité toda la ropa y me iba a meter entre las olas cuando, vi algo que salía de mi pantalón y de lo que no me había percatado, en varios días: mi móvil estaba ahí, con muchísimas llamadas y más de veinte mensajes, todos de él. En todos decía lo mismo: ¡¡¡ ¿dónde estás?, ¿por qué no contestas mis llamadas?!!! Hasta que uno me llamó la atención, casualmente el último de ellos: ¡¡¡ volveré a casa y espero que podamos hablar!!!  ¡¡¡ ¿Se marchado y no me había esperado?, ¿me encontraba sola en ese lugar sin nadie conocido?!!!: así era. Sola, olvidada por el que me destrozó la vida y con la certeza que algo bueno no me depararía el destino. Me metí al mar, como dije. Pero, mis lágrimas cubrían más partes de mi cuerpo, que el agua salada. Estaba sumamente desesperada. La esperanza se estaba desvaneciendo a cada minuto que pasaba.

Pasaron días, y la misma rutina: comer y esconderse. Aunque un día, fue diferente, por mi desgracia. Ese día, fuimos a donde empezó todo. Donde vi esa cosa caer desde el cielo y, donde, todas las casas estaban derruidas. Nos ocultábamos entre maderas dobladas por la humedad y clavos oxidados. De nuevo, era de noche, y, de nuevo, había gente mirando entre los escombros entre llantos. Notaba, que Yian, se escondía y miraba a las personas, de forma diferente, como un depredador esperando atacar entre la confusión. De la nada, saltó entre los escombros y solo se escuchó un grito sordo, casi efímero, porque acabo en breve. Y al rato otro, y otro, mientras más compañeros se le iban sumando a su recorrido. Yo no sabía qué hacer, o que estaba pasando, hasta que divisé entre unas ramas, lo que estaba aconteciendo. De hecho si era una cacería, una cacería mortal. Estaban matando a las personas que moraban los restos de sus familiares, con tal crueldad que no podía observar ni dejar de hacerlo. Yian, se acercó a donde yo estaba, con dos cuerpos humanos en sus hombros. Uno de ellos todavía tenía espasmos por el gran mordisco que tenía en la cabeza y su respiración aún era evidente. Los tiró cerca de mí, como antes había hecho con la cabeza de ciervo y me gruñó como dándome una orden específica: come. Yo lo miré y arrastré los cuerpos con mis piernas mientras lloraba. El humano que aún seguía vivo, no dejaba de mirarme e imploraba una salida de ese tormento.


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