El puchero de garbanzos
Por Victoriano Sanchez
Enviado el 03/03/2016, clasificado en Microrrelatos
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Sacó una caja de fósforos de la repisa. Cogió uno de los mistos y, apoyando la cabeza en el asperón, lo frotó con firmeza. A continuación, lanzó la cerilla ardiendo en la chimenea, sobre unos matojos secos y unos delgados troncos de encina. La ignición fue instantánea.
Puso el puchero al fuego, con el caldo en su interior, y añadió la pelota al cocido de garbanzos. Estaban de suerte: Irene dispuso del jornal de cuatro perras gordas y pudo comprar en el ultramarino medio kilo de garbanzos, un hueso de ternera y algo de embutido para elaborar la pelota. Aunque aquello era la excepción. Generalmente, debido a la escasez de ingredientes, preparaba una comida que era un auténtico aguachirri.
De vez en cuando, Irene atizaba la lumbre, añadiendo leña y arrimando restos retirados del fuego, avivando las ascuas con el fuelle para que ardiera mejor. Aquel día pudieron mitigar el hambre con templanza. Al acabar, lo poco que sobró lo reservó para el día siguiente, guardándolo fuera de la luz en la alacena. Echaría un poco de agua, un chorrito de aceite y añadiría unos pedazos de pan.
Nota de autor
Asperón: Parte rugosa de la caja de fósforos que sirve para encender las cerillas.
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