VERTE OTRA VEZ

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Desde que abrí los ojos esta mañana supe que hoy era el día. Por fin te veré otra vez. Después de tanto tiempo te echo tanto de menos...

No hay forma de saber cuánto puede cambiar tu vida en un solo día, pero yo sé que hoy algo va a pasar. Sé que vas a venir. Y te juro que quiero estar contigo, quiero verte otra vez y recordar lo fantástica que eres, pero también tengo miedo. 

Miedo de que pase lo que creo que pasará, de que todo cambie demasiado.

Al fin y al cabo, hace mucho que no nos vemos. 

He pensado mucho en ti...

Me he preguntado una y mil veces como estarás, si sigues tan guapa como te recuerdo... Si vendrás hoy. 

Parece que últimamente pensar en ti es lo único que hago.

De hecho, es lo que estoy haciendo ahora.

Me dieron de alta hace algunos días en el hospital, ¿sabes? Me alegro. Odiaba ese sitio. Odiaba sentirme encerrado, sin poder moverme apenas. En mis peores días hasta odiaba a los médicos que me tenían allí encerrado. 

Aunque mi casa tampoco es mucho mejor. El médico me dijo que descansara, que procurara no moverme demasiado, que... bueno, esas cosas que dicen los médicos. Y claro, toda la familia se lo ha tomado muy en serio. Demasiado en serio. ¡Dios, si prácticamente no dejan que me levante del sillón!

Eso sí, la casa está ahora mucho más animada. Todos los días vienen a visitarme mis hijos, mis nietos... ¡Dios, tendrías que ver que mayores están todos! ¿Te acuerdas de Sarita? Era solo un bebé cuando te fuiste, y ahora ya va a la escuela y todo! 

Es irónico, siempre me preguntan por cómo estoy. Todos sabemos que estoy fatal, y a veces siento que voy empeorando cada día más... Y aún así yo siempre les respondo que estoy bien, que no deberían preocuparse. 

Creo que hoy es la primera vez en varias semanas que estoy solo... y no sé si me gusta.

Llaman a la puerta.

Vacilo un segundo, sabiendo quién está al otro lado de la puerta...

No puedo evitar que las piernas me tiemblen, o que me falte el aliento al ser plenamente consciente de la realidad. Pero yo sé que hoy te voy a ver. Y eso, tu imagen luminosa, tu sonrisa encantadora, tu mirada penetrante... eso es lo que me da fuerzas para girar lentamente el pomo de la puerta, para enfrentarme al fin cara a cara con quien se esconde detrás. 

Y ahí está. Una túnica negra hasta el suelo, una mirada que refleja el fuego de mil infiernos, una guadaña en la mano. La Muerte llama a mi puerta. Me tiende la mano con una sonrisa espeluznante que hace que un escalofrío recorra absolutamente todo mi cuerpo. Me pregunto por qué está aquí. ¿Realmente llegó mi hora? ¿Tan pronto? No puede ser. No me he despedido de todos los que más quiero. No he hecho todo lo que quise hacer. Más bien no hecho nada de lo que quería hacer. Tiene que haber algún error. Esto no puede ser verdad. 

Tú. Tu llegas a mi mente otra vez, llenando toda esta oscuridad con tu luz. Tu luz que lo abarca todo, pues eres la única capaz de iluminar cada rincón de mi alma con tan solo una mirada.

Y entonces te veo.

Llevas la misma ropa que aquel día, cuando te vi por última vez, durmiendo en ese horrible ataúd. Tu oscuro cabello, que ya comienza a verse blanco en las sienes, está suelto, y cae despreocupadamente sobre tus hombros, enmarcando así tu rostro en un halo de perfección y ternura. 

Me enamoro de ti. Como llevo haciendo todos los días desde el momento en que te conocí.

Me miras y siento mi mundo desvanecerse para centrarme solo en tus ojos. Solo en ellos encuentro la calma y la serenidad que necesito ahora mismo. Sonríes. Mis ojos se inundan cuando me doy cuenta que ya apenas recordaba tu sonrisa. 

No lo soporto más. 

Me acerco a ti y te beso. Te beso como nunca te he besado, sabiendo que te amo, que estoy más que dispuesto a darlo todo por ti una y mi veces. 

He echado de menos el sabor el de tus labios. Te echado de menos. Mucho más de lo que imaginas. 

Despacio, me giro otra vez hacia la Muerte, que espera, pacientemente, a que acabemos el reencuentro. No se muy bien por qué, pero de repente estallo en una sonora carcajada. 

Sin pensarlo más, cojo la mano que ella me ofrece, y tú entrelazas tus dedos con los míos. Me sonríes. Te sonrío. Nos besamos otra vez, brevemente. 

No puedo evitar mirar otra vez hacia atrás. Pienso en todo lo que se queda, en mis hijos, mis nietos, mis amigos... Me hubiera gustado despedirme. 

Con un sentimiento agridulce empezamos a andar, lentamente.

No sé hacia dónde vamos, no sé que pasará ahora. 

Pero sé que contigo aquí nada puede ser malo.


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