La última follada antes del fin

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Una parte de mí quería que estuviera en casa y la otra no. Con el corazón desbocado abrí la

puerta de casa y entré. Me quedé parada con el oído avizor para ver si lo oía. Al dejar las lla-

ves en la entradita oí como removía algo en las habitaciones. El psicólogo me recomendó

que tras una ruptura lo mejor era no ver a tu pareja en un tiempo para... no sé para qué, ¿pa-

ra no sufrir?. Avancé hacia el salón con paso vacilante y de este fui a la cocina. No sé si que-

ría verlo o no. Habíamos estado juntos durante seis años y el año que viene de no haber pa-

sado lo que pasó nos habríamos casado. Desde que lo conocí creí que era mi media naranja,

mi príncipe azul. Luego llegó Ernesto y todo se jodió. Tal vez las cosas se hubieran podido

solucionar si Marcos me hubiera perdonado esa pequeña infidelidad con Ernesto porque ni

estoy enamorada ni me gusta Ernesto. Fue un error. Pero Marcos no es de los que perdo-

nan. No puedo culparlo, él a mí nunca me puso los cuernos.

  Mientras yo miraba por la ventana intentado mantener la compostura bebiendo un vaso de

agua salió de la habitación con un macuto cargado con lo que supuse que serían sus cosas.

 

  - Ah. Lo siento. Creí que me daría tiempo a recoger mis cosas antes de que vinieras - dijo y

enseguida pasó de nuevo a la que era nuestra habitación. Yo no le contesté en parte porque

no sabía que contestar, no sabía que decir que no hubiera intentado decir ya.

 

  Lo amaba y lo amo tanto que duele. Un nudo se me formó en el estomago y tuve que hacer

esfuerzos sobrehumanos para contener las lágrimas. Impulsada por la locura de perderlo pa-

ra siempre fui hacia la habitación. Él estaba sacando aún ropa del armario. Lo agarre de la

camisa por detrás y lo empuje contra la pared. Seguidamente me puse de rodillas y le desa-

broché la bragueta.

 

  - ¿¡Pero qué coño haces!? ¿Te has vuelto loca? - dijo tratando de subirse la cremallera. Le

tuve que bajar los pantalones de cuajo. - ¿Y qué pasa con...? - No le dio tiempo a terminar la

frase. Conociéndolo, seguramente iba a preguntarme que qué pasaba con Ernesto aunque sa-

bía de sobra que lo mío con Ernesto solo fue el error de una noche tonta.

 

  Me metí toda su polla en mi boca y empecé a llorar. "Perdóname, por favor, perdóname" le

decía yo en mis pensamientos cuando su semen ya recorría mi garganta. Se la chupé como

solo alguien que intenta redimirse de sus errores la podía chupar: desde los huevos hasta la

punta con el mayor mimo del mundo. A pesar de que oponía resistencia al final su polla se le

desplegó por completo y yo me corrí en las bragas entre lágrimas y recuerdos. Él me miró al

fin y yo le devolví una mirada que decía que no merecía tirar una relación por la borda por un

desliz mal echado. Me agarró la cabeza y me hizo metérmela hasta la campanilla. Me entra-

ron arcadas y tosí, luego volví a metérmela en la boca ante su preocupación; seguí chupándo-

sela hasta que por fin le dio por llevar la voz cantante y, levantándome del suelo, me arrojó a la

cama. Me quitó los vaqueros junto con las bragas en un abrir y cerrar de ojos y antes de com-

prender nada me estaba follando en la cama sobre el colchón que compramos hacía un par

de años cuando compramos el piso. Fue lo primero que compramos antes incluso que la ca-

Yo me puse a pensar en aquella noche en la que cenamos en el suelo con velas porque

ni siquiera teníamos bombillas, en lo felices que éramos porque comprendíamos que solo

con estar juntos no necesitábamos nada más, y entonces lloré con más fuerza. Los ester-

tores de pena se mezclaban con los del placer y yo no sabía si gritar de dolor o de gusto.

Entonces nos miramos y vi que él también estaba llorando. Quise besarle para sentir sus

labios otra vez con los míos, pero él me hizo la cobra y me la clavó con más fuerza y rabia,

como si de alguna manera intentase asesinarme por haberlo traicionado. Je, ¿Sería posible

asesinar con la polla? Me reí ante la idea y él me miró como si estuviera loca, cosa que esta-

Loca por decirle que no se fuera, que me haría el harakiri por él, que si por mí fuera hubie-

ramos vuelto a aquella noche de hacia dos años en la que planeábamos nuestro futuro y los

nombres que pondríamos a nuestros hijos, por pedirle a Dios que me quitara cualquier otra

cosa menos su amor y cariño. Pero era demasiado tarde ya. Al pensarlo en aquel momento

comprendí que me hizo la cobra porque de haberme besado hubiera querido decir que volvia

a quererme, que me perdonaba, pero ambos sabíamos que solo era sexo: la última follada

antes del fin. Me sacó su puñal y éste sangró sobre mi abdomen dándome ha entender que

todo había terminado, que el autentico delito era el haber amado. Él se quedó unos segun-

dos sobre mí apoyándose en sus brazos. Su sudor resbalaba por su piel y quemaba la mía

al caerme. Intenté volver a abrazarlo y él se levantó de la cama. Yo volví la cabeza a un lado

y volví a llorar aunque ya no tenía más lágrimas dentro.

  Sin verlo, oí como se vestía y salía de la habitación diciéndome adiós. Yo me quedé allí

abrazándome con un montón de recuerdos en mi cabeza.


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