Herencia, silente espera...

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     Recientemente ha fallecido  Don Emeterio Figueredo, mejor conocido como el viejo maldito, claro así le decían a sus espalda. A pesar de tener un aspecto de anciano tierno y bondadoso, era un verdadero miserable con quienes le rodeaban. Tan así  que nadie derramó ni una sola lágrima por su deshumanidad. Él muy bellaco había estipulado que pasado  los quince días de su entierro fuese  leído su testamento, todos saben que hasta eso lo hacía con mala intención para crear expectativas y desesperación entre sus herederos.

     Estámos todos reunidos en un gran salón de una casa tan antigua y derruida como el alma del viejo Emeterio, está casa queda en las afueras de la ciudad a casi cinco hora de carretera en un pueblo tan tétrico como su modo de vivir, de hecho entre sus exigencias estaba que la lectura de su última voluntad fuese en su pueblo natal. 

     -Desgraciado, hacernos viajar hasta este trasnochado pueblo donde el mismísimo diablo perdió los cuernos- expresa fastidiado  Luis Ángel el maraco( hijo menor) del difunto  mientras toma asiento a lado de su hermana Mercedes.

     - No hables así, papá tendría sus razones, él habrá sido muchas cosas pero tonto no era.- decía Mercedes observando con curiosidad lo desgastado del salón.

       Aquella residencia campestre era una casa común y silvestre, era la casa donde se crió Don Emeterio, donde acumuló sus más preciados recuerdos al lado de su mamá Concepción y su hermano Enrique. A pesar de las carencias y de la falta de educación- Emeterio apenas logró sacar el bachillerato-  fueron criados con humildad y respeto hacía las demás personas, su hermano y él se ganaba el pan como mandaderos; entre sus actividades estaban lavar la camioneta del dueño de abastos- único de aquel lugar en aquella época - compraban la comida de los vecinos, recogían las hojas secas entre otras cosas. Así se ganaban la vida y ayudaban a su madre, pero pasado el tiempo fueron escalando posición pues eran hábiles aprendiendo y con el tiempo y confianza obtuvieron la recompensa de sus vidas; hacerse socios del dueño del abasto y con sus ideas y propuestas arriesgadas lograron que Sr. Fonseca ampliará el establecimiento e incluso abriera dos sucursales más en pueblos aledaños.

      Todo iba muy bien para los hermanos. Lamentablemente Doña Concepción falleció de una extraña enfermedad que mermó en un santiamén su vida, Emeterio y Enrique sufrieron mucho tiempo por su ausencia. Con el tiempo y mucho desacuerdo se fueron distanciando.  Para su sorpresa el Sr. Fonseca también murió y los hizo herederos universales de todos sus bienes, pero Emeterio y Enrique seguían sin poder limar sus asperezas. Al no poder establecer una convivencia como socios decidieron separarse y repartir los bienes.

      Al no tener nada más que lo retuviera en aquel pueblo, un día recogió sus pertenencias y se marchó; para aquel entonces ya poseía suficiente dinero para establecer otros abastos en diversos pueblo lo que formó una cadena de supermercados, obteniendo renombre y credibilidad comercial. Años después supo de su hermano que al parecer también había fallecido de la misma extraña enfermedad al igual que su mamá. El pobre lamentó no haberse podido reconciliar con su hermano, sin embargo fue notificado por un bufete de abogados que era el heredero único del patrimonio de Enrique que al igual que él había casi triplicado su fortuna. Como ven él viejo además de su fortuna obtuvo la de su hermano, más suertudo imposible.

       En fin el viejo tuvo años y años de bonanza. Se casó con una buena mujer que le dio todo su amor desinteresadamente y  le dio tres hijos malagradecidos aunque ellos piensa que haberlos hecho ganarse las cosas era un acto de maldad y pichirres de viejo Emeterio. -¡Idiotas avaros no saben la suerte que tuvieron!-. Ya estamos todos reunidos para la lectura del testamento del viejo. Todos me miran, al parecer el sido tan insignificante que nunca fui tomado en cuenta.

      -¡Y esté que pito  toca aquí en la lectura del testamento de mi padre!-. Me observa con una mirada  intimidante Enrique José sin lograr su objetivo, pues sigo sentado esperando que hable el abogado y aclaré mi presencia.

      - El señor está aquí como heredero también de  Don Emeterio.

     -¡¿Queeee?! ¡¿Cómo es eso?! -Protesta iracundo Luis Miguel.

     -Esto no puede ser, desde cuando el empleado de la compañía  tiene derecho a heredar. Escupe Mercedes perdiendo la delicadeza de su postura. 

      El abogado aguarda paciente a que se callen las fieras para proseguir con la herencia.

     -Calma señores, escuchen con atención. Todas sus dudas las voy aclarar pero necesito que se tranquilice.

      A pesar de sí mismos se tranquilizante, pero sus caras demuestran lo contrario.

      El abogado continúa -Él  señor Juan Carlos es él heredó del 60% de los bienes del difunto en cuanto a las acciones, propiedades y demás activos económicos- hace una pausa al sentir las navajas punzantes en las miradas de los hijos del viejo. - el 40% restante será repartido por partes iguales entre sus tres hijos. Está ha sido la última voluntad de su padre.

      Como podrán suponer todo se volvió una algarabía entre gritos, insultos, amenazas y demás improperios de los hermanos; es lógico que no aceptan su suerte. -¡Pobres diablos! - aunque en el fondo me divertía la escena.

      No cabe duda que todo salió como lo esperaba, fui paciente, soporte muchas cosas, aunque la peor fue que me ignoraran  tanto tiempo, pero bueno ahora por fin disfrutaré lo que siempre ha sido mío. Como han escuchado del abogado soy Juan Carlos Fonseca, hijo del viejo del abasto . Mi padre, él  dueño verdadero de la fortuna de Emeterio. Cuando papá murió era un niño y no sabía de dinero ni de herencia. Fui acogido por los hermanos sin embargo nunca me dieron parte de mi herencia. Cuando tuve la madurez suficiente fui excavando pacientemente en los hermanos hasta lograr separarlos debido a intrigas que para mi beneficios nunca aclararon.

      Empecé a doblegar sus almas con la "extraña" muerte de Doña Concepción a causa de una discreta y constante  dosis de veneno para rata, al igual que murió el ingenuo de Enrique que luego de su muerte, fui a vivir con el bondadoso Emeterio. Si tuve mucha paciencia en destruir su relación con sus arrogantes hijos, aunque admito que deshacerme de su esposa fue triste, pues fue la única que me trató bien.

      En fin necesitaba debilitar al viejo que aunque no me negó nada, no merecía migajas pues soy el verdadero heredero de todo lo que forjaron con el dinero de mi padre. Al fin soy el heredero mayoritario. Tuve que superar diversos obstáculos. Asesinar al viejo fue lo más gratificante pues, murió sabiendo que fui el autor silente de todas su desventura familiar. Al fin obtuve lo que siempre me perteneció... Aunque aún queda un 40% por recuperar...


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