TERATOFOBIA Parte 5

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Las autoridades globales al ver el caos no dudaron en enviar al ejército del mundo a luchar contra los espantosos gigantes para detener la matanza de civiles. Así, el ejército conformado por las antiguas huestes que alguna vez defendieron a cada país por separado, atacó a los monstruos por aire, por tierra y por mar, con aeronaves, tanques y buques de guerra respectivamente. Todos armados con un poder de destrucción nuclear o superior.

 

El choque entre las dos facciones fue tremendo, los haces de luz iban y venían por todos lados, desintegrando cualquier cosa con la que hicieran contacto, incluso, montañas enteras, sin embargo, en el caso específico de los demonios colosales, estos no sufrían ningún daño al recibir el ataque de las armas humanas por más potentes que éstas fueran. Debido a lo antes mencionado, se usó todo lo que se tenía a disposición en ese momento, hasta se levantó la prohibición de materializar armas con la máquina cosificadora con tal de hacerles frente a los despiadados monstruos. Nada sirvió contra los poderosos prodigios, ni siquiera las invenciones de guerra materializadas con la máquina, a pesar de tener la misma naturaleza que ellos.

 

En apenas dos días la resistencia fue aplastada totalmente, dejando al resto de la población a completa merced de los hijos del terror. En cuanto a la máquina, ésta no pudo con el incremento de actividad al que se le sometió y simplemente dejó de funcionar.

 

Los que tuvieron la desdicha de sobrevivir la gran guerra, no les quedó más opción que esconderse donde les fuera posible, por ejemplo, bajo los enormes escombros de las ciudades o dentro de cuevas situadas en las montañas que seguían de pie o, básicamente, en cualquier lugar que sirviera de escondite improvisado; incluidos los enormes drenajes de las urbes de la gente adinerada. En el interior de estos últimos, los humanos se vieron en la penosa necesidad de vivir entre aguas negras y alimentarse de ratas para subsistir. La mayoría enfermó inmediatamente al estar en semejante situación pero no podían hacer otra cosa más que tratar de resistir para ver otro día.

 

En la superficie la situación no era mejor, pues, la comida también era escasa y el aire y el agua habían sido contaminados por las armas atómicas. Algunos de los sobrevivientes entraron en desesperación y comenzaron a matar a sus semejantes, incluso hubo quien se atrevió a practicar el canibalismo con los cadáveres de sus otrora compañeros.

 

La miseria, la enfermedad y el hambre estaban haciendo estragos en la humanidad, o al menos, en lo que quedaba de ella. No obstante, ocurría algo extraño en medio de todo esto; ya habían pasado varias semanas desde que el ejército fue destruido y no se veía a los engendros por ningún lado, como si hubieran desaparecido por completo. Unos se sintieron aliviados y optimistas al darse cuenta de ello, otros de carácter pesimista creyeron que se trataba de una especie de trampa y que, más que nunca, tenían que andar con cuidado y cautela.

 

Con todo y lo antes mencionado, el tiempo siguió su marcha y una noche uno de los humanos que vivía en las cloacas tuvo una pesadilla sumamente desconcertante, quizás propiciada por la fiebre tan alta que padecía en aquel momento. En el mal sueño, el hombre se veía a sí mismo escapando de un aterrador cíclope que intentaba devorarlo a como diera lugar. El hombre corría y corría por diferentes escenarios tratando de salvar su vida pero siempre que estaba a punto de escapar topaba con un obstáculo que de alguna forma u otra siempre le impedía huir satisfactoriamente. Llegó un punto en el sueño en el que ya no le fue posible seguir avanzando y justo cuando el temible cíclope se disponía a darle muerte, el hombre se despertó sobresaltado con la frente empapada en sudor frío. Al darse cuenta de que todo había sido sólo un sueño trató de calmarse para no despertar a los demás, sin embargo, apenas volvió a recostarse algo inexplicable sucedió; una especie de vórtice negro apareció de la nada a varios metros sobre el nivel del suelo, de él surgió una criatura que poseía casi el mismo aspecto que el cíclope que había visto en la pesadilla que tuvo hacía apenas unos momentos atrás, entre otros detalles, la mayor diferencia entre uno y otro era que el monstruo que acababa de aparecer parecía estar hecho de pura energía, con todo y que ostentaba un cuerpo hercúleo y antropomórfico. El esperpento, entonces, procedió a aplastar y a tragarse vivos a los que allí se escondían mientras que él reía a carcajadas debido al gusto que le daba escuchar los lamentos de los humanos cuando les arrancaba un brazo o una pierna, o como guardaban silencio para siempre si les arrancaba la cabeza de una sola mordida.

 

En cuanto a los que se quedaron en la superficie escondidos entre los escombros, hay que decir que hallaron su perdición en el fatídico momento en el que uno de ellos, el más joven, siguió a lo que creyó se trataba de un unicornio como el de los cuentos de hadas. Impresionado por la belleza del mítico animal, el joven se apartó de los demás para ir detrás del equino, mas, la verdadera forma del ser mitológico le fue revelada al ingenuo joven de la manera más cruel y sádica posible, ya que en el instante en el que los dos estuvieron lo suficientemente lejos de los otros, el fantástico corcel se volvió completamente loco y, además, adoptó un aspecto hosco y repulsivo, como si no tuviera huesos en todo el cuerpo. Los terroríficos relinchidos que emitía el monstruoso caballo por poco lograron que el muchacho perdiera la cordura por el solo hecho de oírlos, sin embargo, lo que de verdad destruyó la conciencia del joven fue el horror de darse cuenta que lo que estaba frente a él no era más que una sección de una quimera de proporciones titánicas. La quimera en cuestión, tenía un brazo con la cabeza de un dragón, otro en el que el unicornio se fundió hasta que sólo se pudo ver su cabeza junto a la de otros seres mitológicos, en su pecho tenía una gran boca semejante a la de un demonio, y su cabeza era como una tarántula. Las diferentes partes desmembraron al joven lentamente, hasta que éste no pudo más y murió debido a la agonía a la que fue sometido. Luego, la quimera encontró a quienes habían sido compañeros de su última víctima y los torturó y los asesinó a todos, sin excepción, de modos iguales o peores a los sufridos por el joven.

 

En todos los sitios en los que aún quedaba gente con vida se presentaron casos similares a los anteriormente descritos en los que una o varias atrocidades aparecían de la nada y mataban a quien tuvieran enfrente. Tal fue la masacre que los habitantes de la tierra se redujeron en número hasta que únicamente quedó un pequeño grupo oculto en el interior de unas montañas olvidadas por el tiempo y el hombre.


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