Triple Play

Por
Enviado el , clasificado en Adultos / eróticos
10601 visitas

Marcar como relato favorito

Con el paso de los años, la pasión que una vez incendió nuestra relación se había convertido en la rutina gris que atrapa a tantas parejas. La monotonía diaria, el cansancio acumulado… todo eso había ido apagando el fuego en nuestra cama. Para escapar de ese letargo, mi pareja y yo nos aficionamos a Triple Play, un reality de Playboy TV donde parejas reales exploran la posibilidad de sumar a una tercera persona a sus encuentros íntimos. Nos fascinaba observar cómo seleccionaban a esa mujer especial, la tensión de la búsqueda, las dudas y, sobre todo, la entrega final.

Una noche, con esa mirada ardiente que cambia el aire, él soltó sin aviso:

—Pame, ¿alguna vez pensaste en hacer algo así? ¿En probarlo?

Me quedé en silencio, jugué con mis pensamientos cerrando los ojos, fingiendo indiferencia.

—No sé… —respondí, encogiéndome de hombros—. No me parece para nosotros. Siempre desconfío de lo que muestran estos programas; no sé qué es real y qué solo un espectáculo.

Él no cedió.

—¿Y si fuera distinto? ¿Si nos diera un nuevo impulso? Podría ser excitante, liberador…

Sentí el calor subirme por la piel, un cosquilleo que me hizo mirar de reojo.

—Puede ser peligroso —murmuré.

Pero él sonrió con esa seguridad inquebrantable que tienen los hombres cuando tienen una idea fija.

—Apuesto a que nos encantará, y que querrás repetirlo —dijo con voz ronca, cargada de deseo.

—¿Qué apuestas? —desafié, jugando.

—Solo por dinero, eso es lo auténtico —me respondió—. ¿Qué te parecen 1.000 euros?

Solo escuchar esa cifra hizo que mi cuerpo respondiera sin control. El deseo se encendió en mí, quebrando las cadenas de la rutina.

—De acuerdo, pero con una condición —dije, atrevida.

—Lo que quieras, amor —aceptó sin dudar—. Yo elegiré a la tercera persona, y para ti será sorpresa hasta el día del encuentro. ¿Trato?

—Perfecto, tú la eliges —concedí—, pero pongo otra condición para que sea justo.

—Todo vale, sin límites. Si quiero hacerle el amor o que me chupe la polla, será aceptado —declaró, con esa chispa salvaje en los ojos.

Me mordí el labio, dudando un instante. La regla parecía pensada para su placer, pero ya había despertado esa parte de mí que disfruta el juego y el poder.

—Trato hecho —sentencié, sellando el acuerdo con un apretón de manos.

Los días se deslizaron lentos y llenos de expectativa. Me preguntaba si ya habría encontrado a alguien, si tendría varias opciones en mente… Pero yo estaba ocupada, y no podía concentrarme en eso.

Hasta que la vi. Su cuerpo era un imán imposible de ignorar, una mezcla de curvas y fuerza que me encendió el deseo. Sin pensarlo, me acerqué, y le conté todo. Tuve que insistir para que aceptara; al principio, la idea la incomodaba.

—¿De verdad son pareja? —preguntó, incrédula—. ¿Y por qué querría verte con otra persona?

Le expliqué que hasta entonces no había estado segura, pero solo imaginarme su cuerpo me había hecho perder la razón.

—Está bien, acepto —dijo finalmente.

Quedamos en un hotel discreto para el fin de semana siguiente. Tenía tiempo para prepararme, comprar lencería que hiciera justicia a la ocasión.

Al contárselo a mi pareja, su excitación fue inmediata.

—¡Perfecto, ya tenemos a la indicada! —exclamó, con el calor en la voz.

Acordamos no tocarnos hasta ese día, para aumentar la tensión, para que cada segundo fuera una anticipación cargada de deseo.

Llegó el momento. Entramos a la habitación y esperamos.

Cuando llamaron a la puerta, le susurré:

—Cierra los ojos y recuerda las reglas: “1.000 euros si no lo repetimos, y todo vale, ¿hecho?”

—Hecho —respondió, y añadió—: vale hacerle el amor y todo lo demás.

Abrí la puerta. Ella entró, exactamente como la había imaginado: segura, atractiva, con una mirada que prometía secretos oscuros. Le dije a mi pareja:

—Abre los ojos.

Su expresión fue un poema de sorpresa y deseo. La persona que había elegido entró directo a saludarlo: era obviamente un macho alfa alto, atlético, con un cuerpo que exudaba hormonas y sensualidad.

—¿Me engañaste? —me cuestionó, desconcertado.

—De ninguna manera —contesté—. Elegí a la tercera persona, y todo se rige por tus reglas.

Se pusieron a discutir, pero yo, totalmente encendida comienzo a desvestirme lentamente, dejando que la lencería apenas cubriera mis curvas. Mis manos comienzan a acarizar mi cuerpo, provocando, jugando.
Si no dejaban de pelear, les advertí los dos podían perderme.

Ambos entendieron. El instinto animal prevaleció.

Sería su ama esa noche. Ellos obedecerían para disfrutar y complacerme.
Con un gesto, ordené que se desnudaran. Al desconocido le pedí que se acercara y empezara a acariciar muy suavemente mi vulva, mientras yo comencé a excitar a mi pareja un sexo oral largo y dedicado, el mejor que había dado en mucho tiempo. Se lo merecía, después de todo lo que vendría.

Su manos habia dejado paso a su lenga que era un instrumento de placer, cada movimiento medido para llevarme al límite sin dejarme acabar. Cegada por el deseo, le pedí que también acercara su polla a mi boca, para sentirlas juntas: dos cuerpos, dos deseos, una sola boca.

Me dediqué a ambas con igual devoción.

Cuando sentí que estaban cerca, le ordené a mi pareja que se acostara boca arriba. Tomé su polla y la guié hacia mi vulva, hundiéndola lentamente. En esa posición, él me jaló la cabeza y susurró con una sonrisa traviesa:

—Finalmente, tu amiguito se quedará sin su agujerito.

Contesté con picardía:

—¿Quién te dijo eso? Guardé para él mi mejor parte.

Abrí bien mis nalgas con ambas manos y le hice una señal inequívoca al hombre, que esperaba paciente su turno para penetrarme, que lo hiciera por el culo. 

Por fin, la doble penetración que tanto había soñado se hizo realidad. Él se dedico a dilatarme el culo con paciencia, primero con su lengua, mojándolo con su saliva, antes de introducirse lentamente, primero un dedo, luego dos, luego mi mas humeda fantasía. Sentí cómo esa segunda polla también se perdía dentro de mí. 

Los tuve a ambos durante un largo rato, penetrándome, sincronizando sus embestidas. Mi cuerpo se elevaba en el placer, en el vértigo de sentirlos dentro al mismo tiempo.

Habíamos elegido esa habitacion porque tenía un gran espejo frente a la cama, que me entrego una vista increíble de mi cuerpo totalmente abusado, manoseado, penetrado por cada orificio y que hasta el día de hoy aun me humedece. 

Cuando ya no pude más, les pedí que me dieran todo su placer con fuerza. Sin dudarlo, me regalaron sus mejores embestidas, y los tres acabamos al unísono, llenandome de sus leches tibias.

Fue el sexo más intenso que había tenido en mucho tiempo.

Y lo mejor: gané 1.000 euros, porque aunque él disfrutó, no quiso repetir la experiencia.

Una vez más, me rompí el culo para ganar dinero bien merecido.


¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

ElevoPress - Servicio de mantenimiento WordPress Zapatos para bebés, niños y niñas con grandes descuentos

Síguenos en:

Facebook Twitter RSS feed