SIEMPRE HAY TIEMPO PARA LA VENGANZA

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Aquella mañana Luisa preparaba la cena como cada domingo, aquel guisado al horno estaría sabroso, pensaba, mientras lo elaboraba con todo su cariño, a pesar de que era lo último que quedaba en la nevera. El despido de su marido causado por su mal carácter les estaba haciendo pasar una mala racha, pero el lunes ella y sus hijas adolescentes entraban a trabajar en la fábrica del pueblo y todo sería diferente. Julio y Andres correteaban por el jardín, aquel partido de fútbol tenía los minutos contados y su padre todavía no había llegado de jugar la partida dominical que le tenía entretenido hasta altas horas de la noche. La madre no quiso comer aquel manjar sin que papá estuviera presente, así que con una sonrisa, la que siempre ofrecía a sus hijos, les preparó unos bocadillos que entre risas comieron y disfrutaron. Aquella madre necesitada, les comentaba que siempre había tiempo para todo, cuando los pequeños le preguntaron cuándo comerían aquel suculento guisado, que volvía a meter al horno. Unas horas después Luisa apagaba el televisor y subía a comprobar que dormían, la primera puerta al terminar la escalera, era la de las niñas, estaban charlando y les dijo que se durmieran que ya quedaba poco para su primer día de trabajo. Acto seguido abrió la de los niños, jugaban debajo de las sábanas con una linterna, también les recrimino, pero menos, ellos solo tenían que ir al colegio, aunque de todos modos les advirtió que cuando volviera su padre tenían que estar ya dormidos, o se enfadaría. Sabía que tantas horas en el bar le traía siempre una borrachera, ella podía entenderlo, pero quería evitar que los niños lo vieran en aquel estado. Una vez ya en la habitación se recostó en la cama, cuando escuchó la puerta, cerró los ojos haciéndose la dormida, no tenía ganas de fiesta, pero la espera la hizo dar una cabezada, levantándose horrorizada al escuchar los gritos que venían de la habitación de sus hijas. Salió corriendo y... Sus ojos no daban crédito a tal escena, las niñas estaban acuchilladas, llenas de sangre y sin vida, cuando se acercó a ellas llorando y gritando de desesperación, sintió el acero clavarse en su espalda y cómo un frío de muerte le atravesaba el pulmón. Sin ver al asesino quedó allí sobre sus hijas, muerta como ellas y como ellas, con los ojos abiertos pero sin vida. Los pequeños continuaban debajo de las sábanas con la linterna encendida y presos del pánico al escuchar aquellos gritos y aquel escabroso silencio posterior, que quedó después de oír como alguien huía escaleras abajo. Tan solo unos minutos habían pasado cuando volvieron a escuchar que alguien subía rápidamente y abría la puerta de su habitación, sus caras seguían teniendo plasmado el terror y sus brillantes ojos a causa de las lágrimas miraban aterrorizados a quién entraba entonces en ella...

DIEZ AÑOS DESPUÉS

Las cajas de cartón llenas de sus enseres esperaban para ser desembaladas, cuando recibieron la agradable visita de la asistenta social que se presentaba allí en su nuevo hogar, para darles la bienvenida. La joven había tenido que indagar sobre su vida, para que la organización a la que trabajaba les pudiese conceder las ayudas correspondientes. Eran dos nuevos vecinos del pueblo, dos huérfanos adolescentes, que a la muerte de su padre, solo hacía unos meses, como leía ella, se habían mudado. Julio con su recién estrenada mayoría de edad, se ocupaba de Andres tres años menor, el cual tenía un arraigado trauma desde aquella noche en la que asesinaron a su familia. Los dos, contaba Julio, habían vivido con su padre, desde aquel horrendo día. El asesino jamás fue descubierto, justificando las muertes al encontrarse sin botín después del robo.

Ahora intentamos retomar las riendas de nuestra vida, decía Julio, estirando su brazo y mostrando a la mujer un recorte del periódico, donde se veía a las mujeres de la casa cosidas a puñaladas... Andres se llevó las manos al rostro, arrancando sus lágrimas...

 

No llores hermano mamá decía que, siempre hay tiempo para todo...

La trabajadora de asuntos sociales se despedía de ellos, citándolos para una nueva entrevista... cuando escuchó un ruido que provenía del sótano...

Olvidé deciros que si tenéis mascota tendréis que dar cuenta de ello...

Por supuesto que lo haremos, contestó rápidamente Julio mirando hacia atrás y despidiéndose de la joven...

 

Los dos miraron por la ventana cerciorándose, igual que aquella noche que la persona que había entrado en su casa se iba. Cogió a su hermano Andres por la espalda, pero a diferencia de aquella noche, no volvieron a acostarse...

Abrió la puerta del sótano y encendió la luz, sacó aquella linterna pequeña que les acompaño debajo de las sábanas hasta que su padre llegó aquella noche... bajando despacio le repetía a Andres, como mamá decía siempre hay tiempo para todo...

Enfocando con la luz al fondo de aquel habitáculo donde se veía a un hombre atado de pies y manos a una silla y amordazado a conciencia, con una mesa a su derecha llena de cuchillos de todos los tamaños... Sus ojos forzaban la mirada hacia ellos escuchando decir a Julio esta pregunta...

 

¿Papá cuál prefieres primero?

 

©Adelina GN

 


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