ORBALLO

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 Otro año mis amigos y yo organizamos la reunión de los colegas, una fiesta de maduritos hombres y mujeres, reunidos en mi apartamento de la playa, y contar entre risas nuestras propias anécdotas. Cerrábamos puntos respecto a aquel fin de semana, al que la climatología del mar le jugaría una mala pasada, puesto que cuando las bravías olas alcanzarán aquel edificio, todo plan sería perjudicado. Entre los seis decidimos cambiar en aquella ocasión de ubicación y trasladar la kedada a una casa rural, mejor dicho a la casa del pueblo. La casa de mi abuela sería esta vez el escenario para festejar que seguíamos siendo una piña, que en lugar de separarnos e ir cada uno por nuestro lado, estábamos unidos como hacía treinta años atrás. Todos habíamos formado una familia fuera de aquel grupo respectivamente, seguíamos conservando a aquellas seis parejas que en su día se unieron a nuestras vidas. Fui la primera en llegar, como dueña de la casa mis amigos decidieron muy amablemente que fuese yo quien se ocupase de habilitar aquel lugar, encendiendo la chimenea y aclimatando la fría casa, para cuando los cinco llegasen. También llueve aquí, me dije... Pero por suerte era de otro modo, con menos intensidad el orballo caía sin parar sobre el suelo más antiguo de la contornada, y un miedo a la soledad me embargó por un instante. La ausencia de gente por las calles del pueblo me predispusieron a quedarme allí hasta que mis amigos llegasen, hubiese podido escuchar música, pero no, mi gran amor sobre los libros de magia y conjuros, ha los que mi abuela me había aficionado, me atraparon una vez más. Abrí aquel centenario manuscrito por la página de los deseos y recorrí sus líneas hasta llegar a las misteriosas letras que leímos mi novio entonces, y yo, en el que deseamos estar siempre juntos y en soledad para disfrutar cada momento en nuestras vidas. Aquel hechizo parecía que había surtido efecto, pues desde aquella noche en el que bebimos el brebaje preparado con la lluvia de orballo, unas gotas de sangre y un poco de barro recogido de la puerta de la casa donde los amantes vivirían su primera soledad juntos, ni la presencia de unos hijos nos habían hecho compañía. De pronto el sonido del móvil me traía de regreso a la actualidad, contesté, era Juan, mi marido, su plan se había deshecho y me dijo, que estaba en camino para pasar esos días con nosotros. Me alegré mucho, y no sé por qué razón me puse nerviosa, tanto que fui a la cocina a prepararme algo de comer. Ahora tendría que explicar la presencia de Juan en nuestra reunión, pero no creí que les importara, y ya estaban tardando mucho, cuando pensé que ojalá no viniesen, después de recordar aquella primera noche solos, me apetecía tanto...
¡Me corté! ¡Qué estúpida soy!
Envolví mi herida con una servilleta de papel y cogí un vaso para servirme un refresco, en aquel momento llamaron a la puerta y una nueva llamada sonaba en el móvil, como pude fui a contestar pero dejó de a hacerlo, por lo que atendí la puerta, como pude la abrí con el vaso en la mano, me entretuve por un momento, la llave no giraba y jalé fuerte de ella cayendo sin remedio al suelo...
¡Qué torpeza la mía!
No tengo remedio
La recogía ensuciando de barro el apósito que me había puesto en la herida sangrando y salí hasta la calle pues no veía a nadie, varias gotas de orballo se llegaron a introducir en el vaso, mezclando la sangre que con el barro al recoger la llave se habían mezclado. Haciendo de aquel modo la brujería de la soledad... No veía a nadie, ni entendía quién podía haber llamado, la calle estaba desierta y un escalofrío recorrió mi cuerpo, escuchando desde allí como el móvil volvía a sonar. Pero me paralice, me quedé estática, aquel sonido se eclipsaba con aquel otro que ahora escuchaba. Un gruñido de lamento salió del suelo acompañado de aquellas cinco luces extrañas. Me asuste de tal manera que sin saber como lo hacía me llevé el vaso a la boca bebiendo aquel trago de magia...

No sé las horas que habían pasado, pero por fin Juan llegó, me encontró llorando y desquiciada de los nervios, me abracé a él enloquecida, mientras le intentaba decir algo...

¡Tranquila querida!
¡No llores!
¿Quién te aviso?

Para cuando pude articular palabra no hacían falta explicaciones, mi marido había sido testigo del trágico accidente que mis cinco amigos habían sufrido y por el cual los cinco habían perecido a consecuencia del orballo...

©Adelina GN


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