FARALLONES 2ª Parte

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Una navaja suiza salió del bolsillo del pantalón del uniforme de Samuel Horn y este se
adelantó soltando el timón. Tenía a James a unos dos metros. Sorteó unos aparejos sucios que
apestaban a pescado podrido para llegar a él, y sin darse tiempo a pensar su siguiente movimiento, empezó a asestar pequeños cortes en los pies y tobillos del traidor que le había delatado a la policía.
- Uno por aquí - Decía para sí – Otro por aquí tambien, sangre necesitamos sangre, James, les
gusta la sangre – Se empleó a conciencia con los muslos. Llevaba más de veinte cortes en
diferentes trazos, profundidades, y sentido, vertical, cruces, triángulos. Al llegar a los calzoncillos levantó la mirada con un algo salvaje en los labios – No sé si esto será como la delicatessen final, como la guinda del pastel, no sé… ¿ tú qué harías, Jimbo? ¿ Te dejo esto puesto? Mmm… - La persona que había sido Jimbo hacía un titánico esfuerzo por no mostrar su desesperación y su rabia.
El mundo y toda la culpa y todo lo que le había llevado hasta ese bote hacia las islas Farallones
habían vuelto como una bofetada con el primer corte y el aullido de dolor. - No, tambien te lo quito, maldito desgraciado. Que lo disfruten - Escupió las palabras al tiempo que la navaja volaba hacia la ropa interior, cortándola de un preciso tajo. Dicho esto, levantó la vista hacia el lienzo que se le presentaba ante sus ojos. El estómago blancuzco, mojado por las olas, el pecho. Aquí cabían muchos cortes. - Tenía que haberme hecho artista, mi querido amigo. Lástima que nadie vaya a ver la obra que voy a crear aquí contigo- Le agarró del cuello y admitió – Por que sabes que nunca nadie te va a encontrar, ¿no? Será imposible. No va a quedar un mísero trazo de tu asquerosa existencia despues de esta noche. Quiero que seas consciente de ello – A lo lejos, en las rocas,una cría se removió debajo del ala de su madre. Jim puso todo en intentar fijar su atención en aquellos animales, en el escenario de su última noche. Vio con toda nitidez la bola de basket firme en sus manos, aquel pase a Kevin en quinto, cuando amagó a la derecha, y todo el equipo contrario, de la North West, se escoró, dejándole solo para el triple.
Elevó la vista pesadamente a la gran oscuridad de arriba. Volvía el silencio, volvía a
desmayarse, mientras le zarandeaba el cuerpo alguien, algo. Un pinchazo, y un intento de grito, pareció llevarle a la superficie otra vez. Su asesino le estaba cortando un cuadrado de estómago y conforme la piel se rasgaba, se lo iba acercando a tirones a la cara, para asegurarse que lo viera.
- Te voy a dar de comer a los tiburones, cabrón - Escupió – He pensado mucho en esto, en
tí, en todo lo que me has hecho pasar… Y he llegado a la conclusión de que mereces un final de
película. Y por el buen Dios que lo vas a tener. Quizá incluso la conozcas a ella – Le susurró
agarrándole la cara por las mejillas - ¿Conoces a Keiko?
Casi una pesada bolsa de huesos, sangre y ropas mojadas, Jim abrió los ojos con terror y
girando la cabeza por la borda gritó sin voz «No, no, ¿qué…?». A su lado pasó algo volando hacia el agua que cayó sordo como una piedra, y la onda se abrió silenciosa como una flor negra temblando. Una arcada llegó súbitamente a su garganta cuando notó que aquello había sido un pedazo de su carne, su estómago que ya había dejado de serlo. Solo carnaza ahora. El golpe en la cabeza hizo que fuera consciente del cielo encima suyo otra vez, se debía haber desmayado. Ahora sí gritó con todas sus fuerzas « ¡¡Socorro, que alguien me ayude, por favor!!» al inmenso escenario de la noche desolada en alta mar.


El ahora, el aquí, aparece brutal. Y en la camilla los arneses se tensan mientras el cuerpo es izado. Chocan suavemente las
botas en la borda. El agua sopla suave las vetas de plata debajo. El marino acciona el mando en su mano derecha. El bulto comienza su descenso.
El frío le despierta. El agua le duele por todas partes mientras siente que algo no pega pues
está tumbado, quizá soñába que estaba naufragando. Abre los ojos a derecha e izquierda. Flota en aguas negras al lado de un bote. No comprende nada. Eleva la vista a la borda para intentar averiguar quién es la figura negra que le grita apuntando a no sabe dónde. El bote le golpea la pierna con brusca suavidad. Se incorpora en la camilla de salvamento justo cuando se da cuenta con un latigazo en el corazón de que el bote está a más de un metro de distancia. Al lado de su brazo derecho asoma de la profundidad la inmensa boca de un gigantesco tiburón blanco, que roza su morro con el brazo, casi como acariciándolo, u olisqueandolo como un perro con su hueso favorito. Jim grita con todas sus fuerzas, y patalea como loco intentando zafarse de la manta pegajosa que es saber qué es la soledad y el pánico del mar Pacífico a las cuatro de la mañana. La camilla le hace tambalearse cuando nota cómo el agua alrededor se agita con una o dos aletas de tiburón de casi un metro de altura. El terror le paraliza observando las aguas, y con ellas su muerte.
- ¡¡ Keiko, sí, Keiko, has venido!! - Ruge el hombre arriba señalando la aleta - ¡¡La dama de
Los Farallones, jajajaj !! - Se aparta el pelo empapado de los ojos oscuros , no puede perdérselo.
Justo en el mismo lugar y de la misma manera, suavemente apareciendo al lado de su brazo,
Keiko, un inmenso tiburón blanco de seis metros y medio, surge de las aguas y abre la boca donde unos dientes dan paso a una entrada al Infierno. En una décima de segundo Jim siente un embate en la mitad de su cuerpo que ha mordido el animal, que le zarandea salvajemente esparciendo sangre por el olvido del océano y quedándose con la mitad de su esternón y estómago. El brazo ha caido al agua. El hombre llora puro terror con la terrible certeza de que no está muerto, de que está sintiendo todos y cada uno de esos dientes romperle los huesos, reventarle las venas y arterias, matar sus sueños y la imagen de la sonrisa de sus hijos se desvanece ante el aliento a pescado podrido del animal, que de un segundo bocado ha avanzado hasta su cuello, que ahora destroza de un masivo mordisco que los lleva a ambos dentro de las olas, debajo del muro de silencio, al tiempo que el viento eleva a tres pequeños pájaros que han observado mudos la escena. 


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