Alucinación onírica

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Aquí estoy esperando sentada en un edificio gris y burócrata.

Tengo un papel con un número en mi mano que me indica que ya es mi turno. La verdad, no sé a qué he venido, además he perdido la noción del tiempo.

Por fin me atiende el prototípico funcionario, que parco en palabras, sólo me indica que preste atención a una pantalla donde aparecerán mi nombre y apellidos.

Ya está fundido en rojo sobre negro mi nombre y me percato que debo seguir a otros usuarios que me anteceden en la lista. Subimos todos en fila india por una escalera de caracol larguísima y estrecha.

Por fin llego al último peldaño intrigada porque no sé a dónde me conduce y aturdida porque sigo sin saber el motivo de estar en este lugar desconocido y tan extraño.

Al final de la escalinata otro frío funcionario me dice que tengo derecho a una última llamada antes de partir. Observo atónita una vista panorámica: es el cementerio de mi ciudad. Ya entiendo por dónde van los tiros y obedezco sin rechistar al numerario. Llamo a un amigo, no sé porqué  lo he elegido a él y no a otra persona más cercana para despedirme... No recuerdo qué le digo, sólo sé que siento mucho alivio.

Los demás, en cambio, lloran, gritan, patalean como niños ante su inminente destino.

Ya no puedo ni quiero mirar atrás, salto al vacío por esa ventana sin miedo ni aflicción.

 

¿ Qué dirían Freud o Carl Jung si leyeran esta crónica de un sueño?


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