CONFIANDO EN UNO MISMO

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Martín era feliz, no había duda de ello, sus risas lo delataban, junto a su mujer Leonor emprendía el último viaje de su vida, pero antes quedaba por realizar algo, un detalle que no quería que se le escapara, el agradecimiento a su amigo Hector. Su amigo el comisario de policía que prácticamente y gracias a su declaración en el juicio, hicieron que saliera absuelto de aquellos crímenes en serie que le encausaron.

Muy cabizbajo entró en la jefatura, avergonzado por aquellos hechos, las miradas de sus compañeros lo decían todo, muchos de ellos no creían en su inocencia y a medida que él avanzaba caminando despacio, ellos se retiraron a su presencia. Otros como Héctor, le tendían la mano en señal de amistad, despidiendo al compañero acusado injustamente de aquellos crímenes que no tenían nombre. Unos asesinatos que aún no tenían un culpable, cuatro mujeres entre 30 y 40 años habían sido apuñaladas sin piedad por un asesino en serie, un sujeto sin escrúpulos les había arrebatado la vida... Y las remataba con una puñalada certera en el bajo vientre. La confesión de su amigo el comisario Martí niega fue su salvación ante el juez y el jurado que lo dejó libre, pero bajo sospecha hasta que encontrasen al verdadero culpable de aquella sanguinaria barbarie. Aquel y no otro era el motivo que le llevaba a Martín a su oficina, despedirse de su amigo Héctor y comunicar donde viajaría con su esposa para descansar de aquellos dos meses en los que había estado preso...

Ya en la carretera, por cierto desierta, él iba conduciendo, tranquilo y muy feliz por comenzar una nueva etapa de su vida, junto a Leonor. Entre risas le pidió un cigarrillo...

-No pienso que vuelva a fumar, pero ahora me apetece, le dijo a su mujer...

Martín lo encendió, inhalo el humo como si no hubiese un mañana, la sensación de bienestar se notaba en él al soltar por su boca el resto de la calada que había dado...

-¡Genial!... ¡Cómo se agradece!... Después de dos meses sin hacer otra cosa que ver los barrotes de aquella celda y las mismas caras a diario...

Un infierno, fue un infierno se repetía una y otra vez... Cuando de pronto Leonor comenzó a conversar, le decía que no fumase tanto, pues ya llevaba medio paquete gastado, él le sonrió contestando a su consejo...

Tengo que hacer todo lo que no he hecho en todo este tiempo... Entonces sus manos apretaron fuerte el volante, al escuchar la contestación en plan de burla de su esposa...

¿Cómo? ¡Pues por mí como si te mueres! Y soltó una carcajada, cogiendo el tabaco de la guantera y encendiéndose ella un pitillo de modo insinuante...

Aquellos momentos fueron de un silencio sepulcral, la noche había hecho su presencia, Leonor se había dormido, cuando Martín hizo un viraje inesperado... Ella se asustó y despertó sobresaltada preguntando que había ocurrido... Con un rictus de enfado Martín le decía que habían pinchado y que continuase durmiendo... Se bajó del automóvil y pasó a abrir el maletero. Cuando vio que Leonor le había hecho caso, tomó de allí un machete y volvió a entrar en el coche, ella ni se inmutó cuando le asestó más de seis cuchilladas por todo el cuerpo, terminando con la que él creía que acababa con su vida. Acto seguido él mismo se producía en los brazos y las piernas varias de aquellas puñaladas, pero en sitios estratégicos de su anatomía, quedando herido pero no de gravedad. Así con el cuerpo de su mujer cosido a puñaladas, y él sangrando reanudó el viaje, no sin antes quitarse los guantes y enterrarlos junto al arma blanca en el arcén donde más maleza había. Miró a su alrededor y confiado se quedaba, pues aquella carretera no era nada transitada... Quedaban tan solo dos kilómetros para llegar y se decía que aguantaría, y que diría que a la entrada del pueblo alguien les había hecho parar y que así como les contaba habían ocurrido los hechos ya que nadie lo había visto matar a su esposa.

Pero la mente enferma de Martín, su esquizofrenia, sus ganas de matar no le dejaron ver lo que podía ocurrir con aquel hecho, en el que por mucho que dijese que a él también le habían atacado, nadie se lo creería...

 

Continuó conduciendo como pudo, no sentía las piernas y sus brazos perdían movilidad por momentos. Cuando allí en lo alto del cielo estrellado, le pareció ver un ojo gigantesco que lo miraba acusándolo de lo que había hecho. Su mirada se nublaba e intentó fijarse donde quedó el tabaco, alargó su mano y la empapó con la sangre de Leonor, ahí se daría cuenta de lo que había hecho. Pero ya era tarde para rectificar nada, las luces que veía ahora le indicaban que estaba llegando a su destino...

Aunque no era así como él pensó, las luces eran del control policial que le estaba esperando, una barrera humana con la que acordonaron la entrada de aquel pueblo de caza, donde iba a refugiarse para rehabilitarse de su perfil como asesino en serie. En aquel punto se encontraba su amigo el comisario, avisado por los controladores del bosque, al recibir de las cámaras de seguridad su acto criminal...

 

Quién le iba a decir que aquel ojo que le pareció ver en su delirio era el reflejo de uno de aquellos drones que mantenían activas las cámaras que vigilaban los actos vandálicos de los cazadores furtivos... Tomando de aquel modo el bestial acto de asesinato que acabó con la vida de Leonor...

 

Pero no abría nada que aclarar al respecto, ya que el vehículo se empotró en una gran piedra, con un cartel en la que se leía “Zona vigilada por radar” y que él no leía porque estaba ya muerto...

 

©Adelina GN

 


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