CUANDO CRUCE EL RIO

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Aquel día de primavera, cuando el deshielo comienza en las altas montañas y el agua le va erosionando su manto blanco, el río va aglutinando sus aguas, es tanto su caudal que parece un pequeño océano en calma. Sus aguas parecen correr lentas, pero su corriente es rápida, va buscando ese lugar donde todos los ríos terminan, mueren, y donde depositan todo lo que sus aguas arrastran, y los minerales y sales que en su trayecto va erosionando dando ese sabor salitrero a las aguas de los mares. La parte del rio que conozco transcurre por un fértil valle rodeado de altas montañas, que en invierno se visten de blanco, y se comportan como esponjas cuando la primavera va desplegando sus alas. No sé dónde nace este río, pero sé que un día estuve allí,  mi memoria no alcanza ese día, se queda corta, pero me enorgullece contemplar el río. Sé que nace en las altas montañas, dónde la respiración se va debilitando y hace lento el caminar. Sé que nace en una pequeña fuente entre la maleza, un lugar de frondosa vegetación y donde sus aguas cristalinas van bajando lenta por su falda desde su nacimiento y dando comienzo a su vida. Su cauce transcurre por montañas, pueblos y valles, y va  incorporando a sus aguas, por erosión y por fenómenos atmosféricos, objetos raros y extraños, así como sedimentos que arrastran sus aguas depositándolos en su tumba, en la mar. Todo río, largo o corto, caudaloso o no, nace y muere en la mar, como la vida, y su cauce va incorporando todos aquellos elementos que sus aguas arrastran en su trayecto, o todo aquello que la acción de la lluvia va erosionando por montañas y valles hasta su tumba. Todo río tiene dos orillas, como la vida misma, y todos estamos en una de ellas, y yo estoy con mi mochila al hombro cargada de aflicción y alegría, de odio y pasión, repleta de sentimientos que han marcado mi vida, camino por un sendero serpenteante de una estrecha vereda de su orilla entre delgados y altivos chopos que marcan su rivera buscando un puente inexistente para pasar a la otra orilla. Estoy viejo y cansado de tanto caminar por su larga y estrecha vereda, y, a veces, me siento en la maleza de su extensa chopera dejando pasar el tiempo, ese tiempo que se hace eterno cuando uno espera. No sé lo que me espera en la otra orilla, ojalá sea empezar una  nueva vida, una  vida donde el aburrimiento, el odio, la malversación, y todo aquello que hace a la persona rufián, no tenga cabida.

Hoy las aguas del río bajan revueltas, sucias, pestilentes, y parecen correr lentas, yo las contemplo apoyado en un robusto chopo con mi mochila al hombro con mí mirada fija en el correr de sus aguas y con mi mente en la otra orilla. Me muero por por empezar a vivir, por cambiar de orilla, y que mis fobias y mis miedos se queden dónde están, y que   mi memoria deje atrás mi mísera existencia, que se rompan las páginas de mi libro, que se quemen en el fuego del infierno y así comenzar una nueva vida sin sufrimientos ni enfermedades, pero lleno de compromisos y solidaridad. Pensativo, cabizbajo, con mi mochila al hombro, y entre chopos, sigo en espera para pasar a la otra orilla, y seguiré esperando hasta que aparezca ese carpintero de rivera que me construya una barca para cruzar el río y pasar a la otra orilla.

 

 

 

 


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