LA LLAMADA DEL AMOR

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 Una llamada en medio de aquella aborigen del despacho en la hora punta, le daba las coordenadas para que su encuentro fuera lo más clandestino posible. Debía de ser cauto, le decía la voz al otro lado, debes venir solo, no intentes traerte a tu secretaria, sería peligroso. ¿Cómo? Preguntaba él, Pol despachaba en un segundo los papeles que esperaban para ser revisados en la tarde, comunicando al salir a la auxiliar que a su vez avisara a Tina, de que no volvería hasta el otro día. Con una extrema cavilación, el máximo ejecutivo de aquella empresa salió sorteando las preguntas de sus compañeros, que con ellas lo despedían. Llegó al automóvil y con un excesivo temblor de manos escribía en el guía del coche, aquella misteriosa dirección que la llamada le había pedido que anotase, y que se encontraba a las afueras de Madrid. Fueron tan solo unos pocos minutos los que escuchó la voz distorsionada que le habló, no pude reconocerla, se decía, enfadándose con él mismo, haciendo sonar sus nudillos, con el sonido característico y crispante que se produce al apretarlos con sus manos. Miró un par de veces por el retrovisor, todo le parecía intrigante, cualquier sonido o sombra le hacían sudar, hasta que por fin arranco y salió de aquel garaje, rumbo a la incertidumbre. La fina lluvia que hacía peligroso el trayecto, no dejaba de caer, su respiración empañaba los cristales dándole a aquel momento un aspecto un tanto tétrico, cuando de pronto visualizo al final de aquel camino la casa elegida por su interlocutor misterioso. Subiéndose antes el cuello de su impecable traje, bajó del coche, pero antes sus ojos clavaron la mirada en el móvil, lo tomó en su mano e intento llamar a Tina, desistiendo casi antes de poner su dedo en la pantalla táctil, donde se leía su nombre. Era demasiado ingenua y aunque le contase todo aquello, no lo entendería. Solo unos meses hacía en que su relación, jefe, empleada había cambiado. Y no era que la considerase demasiado buena, si no, que después de las relaciones más tóxicas que había tenido, no podía entender como se ató a ella, si resulto ser un témpano en aquel único encuentro en la cama que habían tenido hacía ya un mes. Todo aquello que iba pensando le apartó por completo de la realidad, metiéndose en la boca del lobo caminando hacia la casa. Estaba rodeada con una valla de cemento por donde la yedra se enredaba a su antojo, sin dejar ver el interior de la parcela por muy cerca que se estuviese de ella. La parte alta de vivienda tenía una ventana de la cual salía una luz que alumbraba entonces la puerta de la cancela. Pol la abrió con cuidado quedando entonces iluminado por el foco. El teléfono sonó de nuevo y la luz oscilaba de arriba abajo señalando ahora el bolsillo. Cuando contestó la voz disfrazada le aconsejaba que entrase en la casa, la verdad que por muy acongojado que se encontraba le haría caso, seguía lloviendo y se estaba calando hasta los huesos. Pol tenía miedo, pero aún tenía más ganas de saber que se escondía detrás de toda aquella amenaza, aún sin haberle dicho nada, temía que le robasen o peor aún que se vengasen de él por algún caso en el que su trato como abogado, no hubiese sido del todo aceptado por el cliente. Apenas tocó la puerta y esta se abrió sin más, indicándole aquel individuo, que vestido de aquel modo parecía un sicario, que subiese aquella escalera. Pol tragó saliva y respirando hondo se acercó al primer peldaño, viendo una nota en el pasamanos de la escalera y que le habían advertido que leyese. Tenía que dejar todas sus pertenencias en aquella mesa y luego subir despacio. Cada escalón era para Pol un mal pensamiento, ahora saldrían y le pegarían un tiro. Pero eso era demasiado rápido, no podían matarlo sin saber para que lo habían llevado hasta allí. Lo secuestrarían, estaba claro que harían aquello, era lo más lógico y normal, pedirían dinero por su libertad. ¿Pero quién lo donaría? Sus padres no tenían capital, ¿En el despacho? En aquel eran muchos socios y tardarían mucho en decidirse, así que se veía abandonado y muerto en un zulo.

Ya que con Tina no podía contar, su ingenuidad y poca sangre unido todo a ninguna predisposición violenta la dejaba al margen de aquella historia. Ya había llegado arriba y su cabeza no dejaba de pensar en lo que se encontraría, cuando de nuevo la voz le pedía que entrase. La alcoba estaba a oscuras, entró sin distinguir nada en su interior y entonces unas manos jalaron de él, la voz esta vez más natural, pero a la vez forzada, le pidió que se desvistiera... ¡Por favor, no me mate! Suplicaba Pol casi muerto de miedo y con lágrimas en los ojos. -No te voy a matar, te voy a hacer morir de amor. Era Tina que con aquella broma macabra le quería decir que no todo es como nos parece, que ella no era ni tan ingenua, ni tan recatada y que estaba enamorada de él. Demostrándole a la vez que se puede sucumbir a la llamada del amor por muy conquistador que uno se crea.

©Adelina GN

 


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