Un laboratorio delicioso (Parte I)

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Hace varios años decidí hacerme la vasectomía, por razones de lesa humanidad, y en la última consulta le pedí a la médica que me atendió en mi chequeo de rutina que me autorizara para hacer un espermograma, para corroborar que años después la cirugía estuviera cumpliendo con su función y no me fueran a resultar sorpresas no planeadas. Con la orden en mano, pedí la cita para el examen de laboratorio y me la asignaron para esa misma semana.

Me acerqué a la ventanilla para solicitar la realización del exámen y me topé con unos hermosos ojos color entre verde y miel que me miraban sobre un tapabocas de acetato transparente que cubrían además unos labios carnosos y que pertenecían a una auxiliar de laboratorio. Le sonreí, la saludé con mi mejor actitud y fue muy gratificante ver que ella me devolvía una sonrisa amplia y franca.

La sonrisa de los ojos siempre es muy gratificante, a mi parecer. Revisó mi orden y me dijo que siguiera a un pequeño cuarto y que la esperara allí un momento.

Me senté en la silla de plástico que nunca falta en ese tipo de cuartitos, con cierto nerviosismo pues sabía que tendría que masturbarme para dar la muestra a analizar, pero no sabía en qué condiciones tendría que hacerlo. Supuse que habría revistas porno o una pantalla o algo, pero era un cuarto de lo más estéril. Cuando entró la auxiliar, me dijo:

–Don Juan Camilo, este es el frasco en el que tiene que depositar su muestra de esperma para el conteo. Cuando la tenga lista, por favor llévemela a la ventanilla donde lo atendí y le indico cuándo puede reclamar los resultados.

–Perdóname -le dije-, pero no me queda del todo claro. Debo masturbarme y depositar mi semen en este frasquito, eso es obvio. Pero ¿te vas a ir? ¿Cómo vas a verificar que efectivamente es mi muestra y que no traigo otra para cambiarla?

Esto lo dije con una cierta sonrisa, mirándola fijamente a los ojos con mi picardía usual. La verdad, fue un movimiento arriesgado y pensé que, como mínimo, me devolvería una mirada fiera y se iría, si no es que me daba un bofetadón por atrevido. En lugar de eso, ví que entrecerraba los ojos, pero no con ganas de mandarme a la mierda sino con cierta empatía hacia mi mirada picarona.

-Hmmm... tiene lógica su pregunta, don Juan Camilo. Esto es un procedimiento de rutina, pero es la primera vez que me hacen caer en cuenta de esto. Permítame un momento...

Sacó la cabeza fuera del cubículo, miró hacia ambos lados y entró. Y cerró la puerta tras de sí. Con pasador. Allí comencé a sentir un ligero aumento en mi frecuencia cardiaca.

-Bueno, don Juan Camilo. Cuando usted guste -me dijo y percibí un cierto tono de incertidumbre mezclado con algo de picardía, con algo de timidez, con algo de esa risa que nos sale cuando hacemos algo que no es del todo indebido pero que tiene algo de prohibido y algo de divertido. Muchos "algos" en esta frase-. Debo advertirle que no soy enfermera sino auxiliar de laboratorio, pero estoy dispuesta a ayudarle en lo que esté a mi alcance.

-Muchas gracias, ehhh...

-Liliana.

-Gracias, Liliana. Bueno, la verdad es que -dije mientras yo empezaba a abrir la cremallera de mi pantalón- es la primera vez -ya estaba abriendo el botón- que paso por este exámen -levantaba mis nalgas para bajarlo junto con el calzoncillo- y estoy un poco nervioso -se notaba... mi pene estaba fláccido por los nervios. Pero no estaba tan pequeñito como cabría esperar. Y noté que Liliana, la cortés auxiliar, trataba de no mirar mi miembro, pero no podía evitarlo aunque fuera de reojo. Y noté, sobre todo, que no había ningún tipo de rechazo, sino más bien todo lo contrario-, y no sé cómo empezar.

-Don Juan, ¿usted se masturba con frecuencia?

-Ehhh... claro, Liliana, pero en otras circunstancias, jajaja... normalmente, cuando estoy en el baño, o en mi cama. Pienso en mi novia, o en mis amigas. Las recuerdo o las imagino desnudas... -y mientra decía esto, acariciaba mi pene y poco a poco respondía a mis caricias.

-Bueno, don Juanito... ya sabe por dónde empezar. Muéstreme cómo se acaricia pensando en sus amigas. Y en su afortunada novia...

-Jajaja... bien, vale. Mira, entrecierro los ojos y me imagino que, por ejemplo, tú en este momento comienzas a abrirte la bata de laboratorio mientras me miras a los ojos, así como lo has hecho hasta ahora... qué lindos ojos tienes, Lili...

-Gracias, Juan... eh, don Juan. ¿Puedo quitarte el "don"?

-Dale, dale, jajaja... y bueno, te imaginaba abriendo tu bata, pero me temo -mirada pícara- que tal vez no sea suficiente con imaginar. ¿Seré demasiado atrevido si te pido que abras tu blusa a la altura de tu pecho?

(Continúa... click en mi nombre para ver más...)


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