El Tren, Parte 2.

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Ella vivía a cientos de kilómetros, y él debía viajar largas horas  para verla, su familia no era precisamente pobre, pero sus padres no iban a permitirle que perdiera el tiempo, ni menos el dinero en amores imposibles. Ahorraba todo lo que podía y a menudo pasaba hambre, para poder ir a visitarla y comprarle todo lo que pudiera; abrigo, comida y lo que le hiciera falta, aunque a ella sólo le importaba su compañía. Algo en Emma había atado su alma, no podía vivir un día sin pensar en ella, y la felicidad que sentiría el día que fuera a buscarla y por fin pudieran unirse para siempre. Inscribió más ramos en la  universidad, trabajó por las noches,  esforzándose hasta el límite. Ningún sacrificio era demasiado. Por fin tenía un verdadero propósito en su vida: salvarla. Sin saber que ya la había salvado, desde la primera noche en que la vio.

Así pasó más de un año. Hubo noches silenciosas, oscuras y solitarias, donde la duda y la incertidumbre les torturaban hasta el desquicio. Las cartas tardaban siglos en llegar y cada día, él temía más por su seguridad. Un amor adolescente que luchaba por sobrevivir al desgaste del tiempo, las insoportables dudas y la frialdad del silencio.

 

Al fin el tan esperado día llegó. Silvia sabía que ese día su hija partiría a la estación a esperarlo. Emma quería escabullirse sin hacer ruido. Llevaba una mochila llena de recuerdos muy pesados. Cuando iba saliendo su madre la llamó por su nombre, acercándose hasta ella, la miró con una mezcla de profunda tristeza y orgullo, tomando su mano, sus ojos suplicaban perdón. Emma la abrazó fuertemente, como si  llevara siglos esperando ese momento, Silvia lloraba como una niña en su pecho, no hacían falta más palabras, ella, tan sólo quería perdonarla.   Por primera vez Emma sintió ese amor puro y verdadero en el corazón de su madre, recordándole que el alma humana no puede ser sólo obscuridad. Su madre la despidió con una sonrisa, y besó su frente. Estaba feliz de que su hija se fuera a buscar lo que ella no pudo encontrar, y tenía miedo de lo que podía llegar a hacer si ella permanecía ahí. Emma dejó en el piso su mochila, para conservar únicamente ese último recuerdo.

 Víctor aguardaba con ansiedad en la plataforma 7 para partir. Cada dos minutos miraba su reloj, la hora se acercaba cruel y lentamente. Todo estaba preparado. Dicha, felicidad, firmeza, melancolía, agobio, ansiedad, miedo, valor. Su corazón no había rebozado tantas emociones al mismo tiempo, desde el día en que la conoció.

 

 

El vagón parecía teñirse de un metal oxidado y sangre comenzaba a brotar del piso. Su vista se oscurecía cada vez más, y cientos de voces gritaban cada vez más fuerte, por la ventanilla del tren entraba el Abismo, inundando todo de pánico y  desesperación. Cuando la muerte selló sus ojos, sólo podía oír infernales gritos de pavor y el abrumador chirrido del metal.

Así permaneció, paralizado, sus ojos abiertos completamente negros, su alma aguardaba al Seol, que comenzaba a rodearle con su abrazo frío, inconsciente del tiempo. Su mente extraviada sin encontrar nada a que aferrarse.

Cuando en medio de la oscuridad, de su memoria más profunda, una pequeña flama apareció. Emma, su recuerdo nacía de las sombras, y su alma se aferraba a aquella luz. Sintió miedo, miedo de la muerte y el Abismo, pero por sobre todo, miedo de faltar a su promesa, miedo de no volverla a ver.

La oscuridad retrocedió y pudo ver.

 

Sus padres esperaban en el andén, querían conocer a esa que había atado y libertado el corazón de su hijo, enseñándoles a ellos un amor que jamás habían llegado a comprender. Ella bajó del tren, cargando gran pesar, ellos vieron con los ojos de su hijo, vieron en su alma la misma luz que  él pudo ver. Se acercaron sin pensarlo y entre sollozos la abrazaron, desde ese día ella era su hija.

 

Víctor se levantó del piso y asomó su cabeza por la ventanilla, respiró el aire que provenía desde fuera, le pareció la mejor fragancia que hubiese olido. Las montañas ya no estaban, era de noche, pero ya no estaba oscuro, ramas secas florecían y bañaban todo con su luz celeste. El tren cruzaba el puente y se acercaba al fin de la vía. No tuvo miedo, quizás al otro lado, podría esperar por ella. Quizás…

                                                                                 

 

 

 

 

 

 

 

“Dedicado a Nadalia, mi novia de cenizas.

Sin ti estas palabras no tendrían valor…”


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