En la piscina

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Abandonó el bar y dio una vuelta por las calles de Es Grau.. Eran màs de las doce de la noche y todavía se veían algunas luces encendidas, detrás de las ventanas. Tenía la llave metida en la cerradura cuando las última frase que pronunció la enigmática mujer hizo eco en su calenturienta mente.

-Estaré dándome un refrescante baño en mi piscina.

En menos de lo previsto divisó la casa. Debía ser cauteloso para no ser pillado. Escondido tras unos setos que daban al jardín, observó cómo la mujer se despojaba del albornoz y subía la escalera que conducía al trampolín.

Semioculto entre los arbustos, pudo admirarla, verla acariciándose la piel satinada. Se entretuvo un buen rato en la zona de sus pechos, primero uno y luego otro, para acabar pellizcándose los pezones. A él le apuró ser testigo de un acto tan íntimo, pero sus piernas parecían estar pegadas al suelo con pegamento. ¿Qué problema suponía ver a una bella mujer masturbarse?

En ese instante las manos de ella estaban puestas en las caderas. Tenía los ojos cerrados y la boca muy abierta, gesto que demostraba estar disfrutando del momento. Él tuvo que desabrocharse el pantalón, evitando así que los botones saliesen despedidos por los aires. La mujer jadeaba, a la vez que relamía sus carnosos labios. Sin más preámbulos, abrió las piernas con decisión e introdujo un par de dedos en su interior. No pudo reprimir dar un grito de placer. Él tenía el rostro desencajado por ver la escena que tenía delante. Sin perder un segundo, metió la mano en el pantalón con la intención de aliviar la tensión contenida. Ella seguía a lo suyo, contoneando las caderas con descaro, al compás de los dedos invasores, que entraban y salían de su chorreante sexo. A él le costaba respirar, estaba al borde del orgasmo. Ella lo alcanzó, emitiendo un grito desgarrador que se escuchó en todo el jardín. Un par de minutos más tarde fue su turno; se metió dos dedos en la boca y los mordió para no gritar. Una vez terminó se subió los pantalones a la velocidad del rayo. Ella salió del agua y se cubrió con el mullido albornoz. Antes de entrar en la casa se dio la vuelta y clavó sus pupilas en el lugar donde él se hallaba escondido. Acto seguido, cruzó la puerta y cerró la cristalera...


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