Mi vecina (1ª parte)

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Era el primer día de temporada en la piscina y pese a que el verano apenas había empezado el calor apretaba, así que decidí darme un baño. Al llegar allí solamente estaba ella. Impresionante, realmente bella, tomando el sol boca abajo. Me sorprendió el moreno intenso de su piel para tratarse del principio de estación, pero más me llamó la atención el brillo de la crema bronceadora sobre su piel. Contemplar su brillante culito respingón enmarcado en su minúsculo bikini me hizo sentir una erección casi instantánea.

Ya me había cruzado con ella en alguna ocasión en el portal, pero vista así parecía sacada de un sueño.

Nos saludamos tímidamente, dejé mi toalla y mis gafas de sol sobre una tumbona no lejos de la suya, me quité la camiseta y me lancé al agua con rapidez, me preocupaba que pudiera advertir el bulto que ya se marcaba bajo mi bañador. Mientras recorría la piscina de una parte a otra, miré disimuladamente hacia ella y advertí que se había volteado sobre la tumbona y que se extendía crema sobre su cuerpo. Lo hacía despacio y me pareció notar que lo hacía sin quitarme el ojo de encima. Primero lo hizo por su pecho, deslizando en ocasiones su mano por debajo de la tela del bikini, lo que hacía que sus tetas se agitarán de un lado a otro. Sus pechos no eran muy grandes, pero parecían turgentes y bajo la tela se perfilaban con claridad dos hermosos y prominentes pezones.

Como no disimulaba sus miradas, pensé que yo tampoco tenía por qué hacerlo, así que seguí nadando, pero con mi atención puesta en ella.

Continuó extendiendo la crema por su barriga, ajustándose en ocasiones la braguita del bikini. Ufffffff, a esas alturas contemplar como la palma de su mano acariciaba su piel y la sonrisa pícara que me dirigía, hizo que mi erección, que apenas se había calmadocon el agua, volviera a ser considerable. Ella siguió dándose crema, ahora en sus torneadas piernas, con especial detenimiento en la parte interior de sus muslos, donde en más de una ocasión  las yemas de sus dedos se deslizaban bajo la tela, rozando su sexo que imaginaba sonrosado y húmedo.

Semejante visión tuvo como inmediata consecuencia que mi erección fuera a más. Pese a ello, y viendo que en la piscina solo estábamos ella y yo, decidí salir del agua. Subí las escalerillas y al hacerlo me percaté de qué efectivamente, mi erección era ya tremenda. Me dirijí a la ducha a paso ligero confiando en que el agua fría calmara el ímpetu de mi entrepierna. Abrí el grifo y dejé que el agua hiciera su trabajo, no sin dirigir una mirada de reojo a la causante de mis apuros. Como me temía, ella me miraba sin disimulo, poniendo especial atención, como por otra parte era inevitable, en el enorme bulto que se marcaba bajo la fina tela de mi bañador.

Entendí que la única manera de reconducir la sonrojante situación sería tumbarme y distraer mi mente con pensamientos diferentes a los que los que me asaltaban. Y así hice, mientras comprobaba de reojo que mi vecinita no me quitaba ojo en ningún momento. Me acomodé en la tumbona y busqué distraerme con un libro, esperando que todo volviera a su sitio, aunque eso no impidió que tuviera que mirar hacia ella más de una vez.

Poco tiempo después vi como se levantaba y se dirigía hacia el borde de la piscina, contoneando su espectacular cuerpo justo delante de mi, lanzándose al agua. Nadó un rato de lado a lado de la piscina y poco después vi como salía del agua, dejando que su negra melena cayera empapada sobre su espalda. Dios, que linda era, pensé, y me pregunté cómo no me había fijado con más detenimiento en esa belleza, teniéndola tan cerca. Seguí con la vista su recorrido hasta la tumbona, donde se tumbó relajada a tomar el sol.

Tan abstraído en mis pensamientos estaba que ni me dí cuenta de lo tarde que era. Decidí marchar a casa a tomar una cerveza fresquita y preparar algo de comer, así que emprendí el camino hacia mi apartamento.

Al pasar a su lado, me despedí educadamente.

-Hasta luego, dije.

-Adiós vecino, me contestó ella con una linda sonrisa.

Ya en casa y tras una comida ligera, mi mente seguía  aún en la piscina y en el excitante recuerdo del espectacular cuerpo de mi vecina, cuando de repente sonó el timbre. No esperaba a nadie, así que me extrañó.

Abrí la puerta y allí estaba ella de nuevo, como en un sueño. Se disculpó por molestar y me indicó que se le había caído el bikini del tendedero y que si sería tan amable de dárselo. Sonrojado por lo inesperado de la situación, la invité a pasar con voz titubeante. Con su melena aún mojada, vestía tan sólo una camiseta fina sin mangas hasta medio muslo en las que se marcaban sus tremendos pezones. La dejé pasar delante mía y mientras la acompañaba al salón, mi mirada se dirigió hacia su trasero, que se silueteaba perfecto bajo la tela de la camiseta.

- ¿Quieres algo de beber mientras recojo tu bikini?, le ofrecí educadamente.

- Sólo un poquito de agua fresquita, si tienes, contestó.

- Enseguida. Ponte cómoda, le indiqué.

Me dirigí al patio donde efectivamente había caído la braguita del bikini que lucía un rato antes en la piscina. Miré hacia arriba y allí, tendida, estaba la parte de arriba. Me pregunté entonces, vendrá sin nada puesto abajo?. Tal pensamiento me hizo recordar mis apuros de antes y volví corriendo hacia el salón con el agua que me había pedido, intentando no pensar.

-Toma. El agua, y las braguitas de tu bikini.

- Oh. Muchas gracias vecino, soy un poco torpe, contestó con timidez.

Conversamos un rato sobre las pocas veces que nos habíamos visto pese a ser vecinos y me preguntó si me apetecería acompañarla al día siguiente a una pequeña cala que conocía. La proposición me sorprendió por inesperada, pero pensar en la posibilidad que se me ofrecía de estar todo un día a solas con ella, provocó de nuevo en mi una gran excitación. Le contesté que  sí y quedamos que prepararíamos cada uno algo de comer y de beber y que nos veríamos al día siguiente.

- Bueno, vecino, perfecto entonces, no? Nos vemos mañana. Ah, y gracias por ser tan amable.

- No tienes por qué darlas, le contesté. Aquí me tienes para lo que necesites.

La acompañé hasta la puerta y fue entonces cuando comprobé que efectivamente no llevaba nada debajo pues la camiseta se ajustaba perfectamente a la sinuosa silueta de su imponente trasero. Ya en la puerta, se giró y me dio un fugaz beso en la mejilla que me dejó petrificado por su dulzura. Ella sonrió con picardía, me dio las gracias nuevamente y se marchó. Yo me quedé sin habla en la puerta con mi herramienta de nuevo apuntando al cielo.


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