La Advertencia

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Miraba como caía la lluvia tras la ventana. Las gotas de agua golpeaban con fuerza el techo y todo aquello que se cruzaba por su camino.

Aunque Tom no era muy risueño, al ver agua caer del cielo hacía que se preguntara un sinfín de cosas.

¿Cómo es posible que a pesar de que una nube pese miles de toneladas, se mantenga en el cielo? ¿Por qué unas veces las gotas son más grandes que otras? Y sobre todo, cuando caía granizo, ¿Qué fuerza invisible podía luchar contra la gravedad para que la placa de hielo de la que caían las pelotas de hielo no se cayera toda de una vez y se fuera difuminando en pequeños trozos?

Días de tormenta como el de hoy hacía que las calles se quedaran vacías. Los barros llenos de suciedad manchaban y ennegrecían cualquier objeto que osase desafiarlo y acercarse. La chimenea trabajaba a destajo para combatir el frío que se colaba entre las ranuras de la puerta de entrada.

Gracias al calor del hogar y al ruido constante de la lluvia, un agradable sueño le fue envolviendo el cuerpo hasta cerrarle suavemente los párpados.

Tom despertó de un brinco tras oír como alguien llamaba a la puerta. Adormecido y abotargado por el sorbo de vino que había robado a su padre, levantó pesadamente la cabeza para otear la habitación. Al ver que nadie en su casa se inmutaba se acercó el mismo a abrir la puerta.

Con una débil y temerosa voz preguntó:

-¿Holaaa? ¿Quién es?

Nadie respondía. Miró alrededor de las cuatro paredes y vio que todo estaba en su sitio. Su padre y su madre yacían dormitando de cara a la chimenea, sentados en una mecedora cada uno.

Ver a sus padres en la habitación le lleno de valor, así que Tomó aire y volvió a comentar hacía la puerta cerrada:

-Si no me contestas, no abriré. Así que tú sabrás.

Un estruendo más fuerte salió de la puerta de entrada. Tom se quedó paralizado, sin embargo, sus padres parecían no inmutarse. Empezó  a sudar, el calor de la habitación se había hecho insoportable, la lumbre del fuego estaba irradiando luz e incandescencia en su máxima expresión. Parecía que a medida que pasaba el tiempo el fuego en vez de apagarse se intensificaba.

Se quedó mirando hacia donde estaban sus padres, que en ese momento le daban la espalada. Le chocó que su padre no se hubiese levantado de un salto y gritando, lo habitual en él cuando alguien le despertaba de la siesta.

Temía más la ira de su padre que el miedo que le generaba un desconocido en la puerta de su casa. Así que con la mano temblorosa se propuso abrir la puerta levemente para revisar quien perturbaba la paz de su casa y así aprovechar que entrara algo de aire fresco.

Al abrir una ráfaga de viento empujó la puerta haciendo que se abriera de par en par y lanzando a Tom al suelo. El viento chocó contra las llamas de la chimenea y estás se irguieron aún más hasta perderse por el respiradero.

Ahora el bochorno en la habitación era insoportable, aunque no se había percatado debido a que se quedó congelado mirando al umbral de la puerta vacío. Al instante, dejando de lado el ruido que había oído en la entrada, se preguntó cómo era posible que sus padres aún no se hubieran despertado, ni por el viento ni por el calor de la chimenea.

Se acercó con sigilo a su madre.

Al girar y verle la cara quedó horrorizado. El rostro sin vida de su madre estaba enrojecido por el calor y sus ropas ardían hasta tal punto que parecía iban a combustionar en cualquier instante. Tenía una mueca de tranquilidad, pero no respiraba.

Su padre, a diferencia de su madre, tenía una mueca de horror, como si hubiera visto un fantasma. El calor que se desprendía de la combustión había llegado a quemarle los primeros pelos de la barba y el bigote.

Se fue a un rincón de la habitación y se hizo un ovillo.

No comprendía nada, entre lágrimas solo podía repetir una frase mientras se pellizcaba:

-Despierta Tom, esto es una pesadilla. Despierta por favor, esto no es real. Tom despierta, ¡¡despiertaaaaaa!!

Súbitamente abrió los ojos. Las gotas de sudor recorrían toda su piel. Estas se habían vuelto negras debido al humo que impregnaba toda la habitación. Apenas veía dónde estaban sentados sus padres, todo se había convertido en un infierno.

Sin pensarlo, rompió la ventana por la que había estado observando la lluvia y saltó hacía afuera pringándose del suave y fresco barro, que en ese momento era una bendición.

Cuando miró hacia atrás vio cómo su pequeño hogar se convertía en una gran bola de fuego, la cual, había engullido a sus padres.

El desánimo se apoderó de su cuerpo, se vaciaron todas sus fuerzas al pensar que sus padres acababan de perecer. Sin fuerzas, se desplomó en la calle.

Volvió a levantarse en la habitación, ahora el fuego estaba apagado, miró alrededor en busca de su madre, pero el habitáculo estaba completamente vacío. Cuando las lágrimas comenzaron a correrle por sus mejillas de nuevo, alguien volvió a llamar a la puerta.

Un buena sensación el erizó la piel y raudo abrió la puerta.

Su madre permanecía erguida y hermosa bajo el marco.

Ambos, con lágrimas en los ojos, se fundieron en un fuerte abrazo.

-Hijo mío, finalmente conseguí despertarte para que escaparas del fuego. Fuí yo quien llamaba a la puerta. Tu padre y yo no lo conseguimos sobrevivir al fuego, pero al menos, pude salvarte.

-Pero, ¿estás muerta? ¿Y papá?

-Sí, estoy muerta, aunque siempre te acompañaré. Y tu padre, no tuvo tanta suerte como la mía, sus pecados serán pagados con una larga penitencia en el averno. Por eso no ha podido venir a verte.

Tom se quedó desolado, con la cabeza gacha y llorando amargamente.

-Hijo, no sé si nos volveremos a ver. Pero antes de marcharme quiero que sepas, que te querré para siempre, y que al final de tus días, nos reuniremos en el cielo. Desde donde podré observarte y cuidarte eternamente.

Tras las últimas palabras de su madre su figura se desvaneció con una leve brisa.

Tom volvió a despertar tirado sobre el barro, viendo como la nube negra difuminaba todo el agua que contenía golpeando su cara con unas gruesas gotas. Maldijo a la nube por no haber caído sobre su casa, llenándola de agua y apagando el fuego que le había dejado solo hasta el fin de sus días en el mundo real.


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